El encanto de Magnolia

Capitulo V Entre el incienso y las avellanas

Me gustaría decir que mis problemas se han disipado, pero siguen vivos y latiendo fuerte en mi corazón. Mientras estos pensamientos impuros son tejidos en mi mente, me adornan como una muñeca de porcelana; un vestido blanco con apenas unas salpicaduras de encaje cae por mi cuerpo, mi cabello va en un recogido austero y en mi cuello ya hace un antiguo cristal en el que siglos de historia son representados en algo tan frágil. Había olvidado el festival de renovación, ese evento donde el pueblo agradece a los dioses y sería la primera vez que participamos...

—Su Alteza, ya es hora de que se reúna con su familia —las palabras de la doncella me sacaron de mi burbuja.

La noche se estaba arrastrando hacia nosotros. Miro mi muñeca y contemplo esa marca que condenó mi destino: las líneas paralelas se funden en mi piel como un río que encuentra su final en mi dedo anular. Mientras caminaba por los pasillos, en mis manos habitaba un temblor que no sabía si era de miedo o emoción.

Ya estábamos en posición: mi padre al frente, mi hermano y yo atrás de él, y nuestra madre atrás de nosotros. Las puertas se abren y el reino nos recibe en tinieblas, solo iluminado por los cristales de los ciudadanos. Mi padre, que encabeza la marcha, lleva en sus manos el Firial, un cristal que devora la oscuridad para traer la prosperidad y que, como cada año, tiene que ser recargado.

Antonio busca mi mano. Su tacto es frío. Ojalá las mariposas que siento en mi vientre fueran los anunciantes de mi amor verdadero, pero eran larvas hambrientas que me devoran sin piedad. Quiero vomitar. Al llegar al templo, la voz de mi padre se eleva por el pueblo como un fuerte trueno:

—Mis queridos súbditos, hoy celebramos un nuevo año en el que nuestro reino fue fundado, en el que los dioses nos bendijeron. Este año es especial: mis queridos hijos participarán, ofrecerán esa luz.

Sus manos nos hacen una señal para que nos acerquemos y todo el mundo nos vea. Antonio no me soltó. El rostro de todo el mundo es bañado por los cristales que descansan en sus cuellos. En sus miradas puedo apreciar ¿esperanza? Cómo es posible que le dejen su mañana a dos adolescentes que apenas comprenden su presente. Entramos al templo, dejando a mi madre atrás, cuya sangre no tiene ese linaje real; es excluida en esa fría entrada.

El templo es muy diferente a como lo suelo ver de día. El aire pesaba; el incienso nos nublaba la vista y las estatuas de los dioses, con sus rostros perfectos y distorsionados por la danza de las velas, parecían juzgarme. Cantos gregorianos cubren como un suave manto.

—¡Hermanos! —estalla el patriarca Tiwl—. Hoy celebramos un año más desde que nuestro amado reino fuera otorgado por los dioses gracias a la intervención de nuestra amada familia real.

Unas dagas nos esperan. Firial exige la fuerza de personas que nacieron con un don que permite ver más allá del velo. Mi padre comienza: la cuchilla roza su palma, el carmesí comienza a brotar. Él no pestañea, no hace ningún gesto; tal vez ya está acostumbrado a pasar por esto cada año. Esta ofrenda provocó que tomara un brillo peculiar, casi como los colores que tiene el cielo cuando el sol se esconde.

Antonio le sigue. Inspirado por la iniciativa de nuestro padre, él hace lo mismo, solo que su rostro se contrae en dolor. Si fuera en otro momento me resultaría algo cómico. "Qué estás pensando Magnolia, concéntrate". Mis movimientos son lentos, pero decididos.

Un quejido de dolor se atora en mi interior cuando esa daga decide morderme. Mi mano tiembla. Mi mano era la última que faltaba y, al tocarlo, las visiones no fluyeron como pasó la última vez en el bosque: comienzan a dispararse como rayos. Sangre, el llanto del pueblo, los rostros de mi familia se desvanecen y... la tormenta para ante unos ojos. Nunca los había visto antes; me transmitían una calma desconocida. Eran bellos y gentiles y, extrañamente, me miraban desde la oscuridad.

Solo bastó un parpadeo para que volviera a estar frente al espejo. El incienso sigue impregnado en mí como una segunda piel; ni siquiera el baño de lavanda y agua tibia pudo arrancarlo. Los bullicios del festival se colaban por mi habitación; la granada y el vino dulce ahogaban mi tristeza. Me miro al espejo: en él solo está una joven adornada con joyas.

—Su Majestad —murmura una de las doncellas mientras me colocaba una peineta de plata en mi cabello—. Sonría, es muy bella para que tenga una cara larga.

Camino hacia el balcón. Abajo aparece un mar de colores vibrantes. El aire se siente tan diferente; ayer estaba gélido, pero ahora ardía por todas esas almas entusiasmadas. La gente baila y ríe; se divierten tanto que ni siquiera me notan. Antonio me espera en las escaleras luciendo su traje de gala, adornado con la banda real: una cinta de terciopelo rojo que cuelga de los hombros y, al centro, el escudo de la familia.

—Te hice esperar —mi voz resuena como una brisa gentil por los pasillos.

Antonio se gira. Sus ojos, abiertos como una sorpresa desnuda, me dan a entender que se asustó por mi repentina llegada.

—No tengo mucho que llegué —responde. El bullicio del festival se escucha como zumbidos de abejas a nuestras espaldas.

Él esconde algo en su bolsillo con una rapidez felina, acompañado de un suspiro pesado y diferente. Se acerca a mí y, con una delicadeza, acomoda un mechón rebelde de mi peinado.

—¿Cómo te sientes? Ya sabes... por el ritual —mi voz sale en un susurro y casi suplicante.

Antonio no se molesta en mirarme. —Extraño —su voz se escucha casi metálica; carecía de esa calidez que suele tener. Observo su rostro bajo la luz dorada del sol: está pálido.

Tan rápido como un rayo, toma mis manos. —Bien, no estamos para estar melancólicos. Vamos a comernos este día, Magnolia.

Sin previo aviso, soy jalada al bullicio del festival. El aroma que se llegó a colar por mi ventana es más intenso: la granada, el sudor de los caballos, el dulzor de las hogueras y el tostado de las avellanas. Los puestos florecían en cada esquina como flores primaverales y la música se sentía como un cálido abrazo que envolvió mi corazón.




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