El encanto de Magnolia

Capitulo VI Cenizas

Me tambaleaba como un barco en alta mar en ese día tan maravilloso, embriagada por tantas voces llenas de felicidad. El festival había sido todo un éxito.

Ach... —un leve empujón reventó mi burbuja.

—Ma... madre. —Las palabras se deshicieron como ceniza en mi garganta. No la esperaba; pensaba que estaba dormida.

—Te estaba buscando para hablar. —Su mirada no tenía matices; era como un cruel invierno a punto de llevárselo todo sin piedad.

—Si es por el festival, Antonio y yo asistimos como nos lo ordenaron. Estoy segura de que el pueblo está feliz. —Mi seguridad se elevó con la fuerza de un gáiser; todo había salido perfecto.

—No es por el festival. Acompáñame.

Sus pasos eran rígidos y distantes. Me arrastró hasta la galería familiar y, al cruzar el umbral, nos recibió el gran lienzo. Allí estaba yo, congelada a los diez años, con una sonrisa limpia que la pintura se había encargado de preservar.

—Magnolia, Antonio y tú están creciendo muy rápido. Pronto cumplirás dieciséis años y creemos que es un buen momento para que... tengas un acompañante. Una pareja.

—¿Qué quieres decir? —El aire se volvió espeso. Las paredes parecían ponerse en mi contra, asfixiándome.

—Que es momento de buscar esposo.

—Oh, comprendo. Ofreciéndome como si fuera ganado. —Mis manos golpearon fuertemente la mesa cuidadosamente tallada; el dolor quedó ahogado, al igual que mis lágrimas.

—Nadie te está vendiendo...

—¡Claro que sí! —la interrumpí—. Soy ganado. El consejo lo piensa, ustedes lo piensan... Esto es solo un maldito arreglo político, solo somos piezas en todo esto.

—¿Desde cuándo lo sabes? — hablé de más.

—Lo sé desde que volvimos del viaje con el rey Montil. Pero el punto no es desde cuándo lo sabemos, ¡el punto es por qué nos traicionaron de esta manera!

—Nadie los traicionó...

—¡Claro que nos traicionaron! ¿No te das cuenta de todo lo que tenemos que soportar? Y aparte, tenemos que casarnos con unos completos desconocidos.

—No serás ni la primera ni la última princesa que se case de este modo.

—Mi padre me prometió que esto no pasaría, que seríamos libres de elegir esta única cosa. ¿Cómo pudieron vendernos de este modo a mi hermano y a mí? Nos ven igual que a todos, como algo que se intercambia. Somos un vil y estúpido ganado.

—¡Cállate, Magnolia! ¿Cómo te atreves a esta insolencia en mi presencia?

—¿Ahora sí me tengo que comportar? ¿Pero tú qué sabrás? A mi padre no lo obligaron, él pudo vivir. ¡Y tú ni siquiera eres noble!

El aire se partió con el silbido de un látigo. Una bofetada certera estalló contra mi mejilla, haciéndola arder.

—¿Cómo te atreves a hablarme de este modo, a juzgar los cimientos de esta familia? —siseó—. ¿Acaso sabes lo que vivió tu padre, lo que tuvo que soportar? Tu abuelo falleció cuando él solo tenía doce años. Doce, Magnolia. Lo poco de libertad que tuvo lo pagó con la muerte de tu abuelo. Y, los dioses no lo quieran, pero todo esto, el arduo entrenamiento, las clases, este matrimonio, es para prepararlos, para que no caigan en el mismo abismo que él.

Se alisó los pliegues de la falda, volviendo a su postura de piedra.

—La próxima semana partirás con tu padre a Atenor.

Estoy sola. El silencio me ahoga mientras mis dedos se deslizan gentilmente sobre la piel herida. Si no fuera por esta sensación ardiente, diría que fue un sueño. ¿De verdad había ocurrido? ¿Mi madre me había golpeado?

En la oscuridad, el crujido de la chimenea era mi única compañía. El fuego consumía los troncos, recordándome que mi vida se consume y que, muy pronto, se transformará en cenizas.

Mis cosas ya estaban guardadas; al igual que mi alma, estaba lista para partir. Recorría los pasillos por última vez cuando una voz familiar detuvo mi marcha:

—Magnolia, hola.

Era Morgan.

—Por los dioses, ¿qué te trae por aquí?

—Vine a traerles ungüentos a la guardia real. Al parecer, el festival los dejó con una buena resaca; están bastante lastimados —dijo mientras guardaba en su bolsa de terciopelo verde unas cuantas monedas. El tintineo metálico resonó por el pasillo—. Lamento no haber estado en el festival, mi padre y yo estuvimos sepultados en trabajo, no nos dio tiempo de festejar con ustedes.

—No te preocupes —respondí, clavando los ojos en una baldosa—. Nosotros también pasamos por una semana difícil…

Parecía que mis palabras le incomodaban.

—Escuché los rumores sobre el viaje... —Dio un gran paso hacia mí, clavando su mirada en la mía—. ¿Tiene que ver con tu compromiso? Morgan parece un espectro. ¿Cómo puedes dejar que te traten de esta manera? ¿Y Antonio qué dijo?

Por la ventana, una pareja de gorriones jugueteaba entre sí, ajenos por completo a lo que ocurría adentro.

—El festival nos dio tiempo para reflexionar —mentí, tragándome ese nudo de sentimentalismo—. Estos matrimonios le traerán prosperidad al reino, habrá tranquilidad en las fronteras. —Lo miré a los ojos—. Nunca se trató de ser felices; un reino depende de nosotros.

—¿Te estás escuchando? —Su voz se tiñó de dolor—. Magnolia, por los dioses, ¿tú crees que ellos quieren esto para ustedes, que sus protectores sufran y sean infelices?

—Quizás... pero no tengo tiempo de averiguarlo. —Los ojos que alguna vez albergaban felicidad se apagaron por completo. Tenía que ser fuerte.




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