El enemigo de mi corazón

Capítulo 27: El Enemigo en la Sombra

theron

Me movía por la frontera como un depredador que vigila su territorio. El viento traía consigo el olor de la tierra húmeda y de la nieve de las montañas cercanas, mezclado con algo más… intrusión.

No tardé en verlo. Entre los árboles, un destello de tela oscura y una figura que creía que podía pasar inadvertida.

—Rowan… —mi voz cortó el silencio, grave y cargada de advertencia.

Su mano se movió de forma instintiva hacia la empuñadura de la espada, pero al verme, la bajó lentamente.

No le devolví el gesto. Confiar a ciegas en cualquiera, incluso en el hermano de Aveline, era un lujo que yo no me permitía.

—Vengo solo —dijo, avanzando con paso medido.

Yo no me moví de mi sitio. Lo observé como un halcón que calcula si el intruso que pisa su territorio es presa o amenaza.

Quería escuchar antes de decidir si merecía seguir respirando en mis tierras.

—Extraño modo de llegar para un príncipe —dije con frialdad—. Se supone que ahora somos aliados, y, sin embargo, entras en mis tierras de incógnito como un enemigo.

Rowan se detuvo a unos metros, clavando sus ojos en los míos.

—No podía llegar de otra forma.

—¿Y por qué no? —di un paso hacia él, dejando que mi sombra cubriera parte de su rostro—. Podrías haberte presentado con escolta, con estandartes, con el respeto que exige tu rango. Pero apareces solo, sin anunciarte, sin insignias. Eso me dice que o me estás mintiendo o traes problemas tan grandes que temes que el viento mismo los escuche.

Su mandíbula se tensó.

—Porque si hubiera entrado como príncipe, no estaría vivo para hablar contigo ahora.

Mis cejas se fruncieron.

—Explícate.

Rowan respiró hondo, mirando un instante hacia el bosque como si temiera que las sombras fueran oídos.

Me habló rápido, como si las palabras le pesaran y necesitara sacarlas.

El tratado. Un maldito tratado hallado en los aposentos donde mi padre, Varian, se hospedó en el castillo.

Una alianza con los clanes del norte… a cambio de destruir Avaloria, siempre y cuando yo me casara con Aveline.

Un calor furioso me recorrió la sangre. No solo por lo que decía, sino por lo que significaba.

—¿Crees que ese pedazo de pergamino es la verdad? —di un paso hacia él, y vi cómo sus hombros se tensaban—. Escucha bien, Rowan. ¿Sabes qué es eso que encontraste? Una trampa. Un anzuelo para que tú, tu rey y todo Avaloria me vean como el enemigo. Si realmente hubiera querido destruir Avaloria, no estaría aquí en la frontera esperando que tu hermana viviera para gobernar. Estaría cruzando estas tierras con fuego y acero.

Su respiración se agitó, pero no apartó la mirada. Bien. Tenía valor.

—Ese “tratado” no lleva mi mano, y si mi firma aparece en él, como dices, es una trampa cuidadosamente puesta para romper cualquier confianza entre nosotros. ¿Lo entiendes? —mi voz era un filo, pero no mentía. Nunca mentiría en esto.

Di un paso más, reduciendo la distancia entre ambos.

—Escúchame bien, Rowan. Lo último que haría sería usar a Aveline como pieza en un juego de guerra. No la necesito para ganar una batalla, pero sí para algo mucho más grande. Ella no es un estandarte que colgar en mis muros, ni un trofeo que exhibir. Es —mis palabras se oscurecieron, cargadas de una verdad que no podía callar—. Es la mujer que me quita el sueño y me enciende la sangre. La única por la que he perdido el control que me forjé durante toda una vida.

Su ceño se frunció, pero no hablé para complacerlo.

—Cuando la miro, Rowan, no pienso en política ni en coronas. Pienso en su boca, en cómo se estremecería al sentir mis manos recorriéndola, en cómo se rompería su voz al decir mi nombre. Pienso en arrancarle cada maldito miedo hasta dejarla solo con el deseo. Y…

—Ya basta —me cortó bruscamente, alzando una mano, el rostro tensándose en una mezcla de incomodidad y advertencia—. No necesito escuchar cómo ves a mi hermana… en esos términos.

Sonreí de lado, apenas ladeando la cabeza.

—No las dije para que las escucharas tú —repuse con calma—. Las dije para que entendieras que nunca la usaría por una estupidez como esa.

Rowan apartó la mirada un instante, como si quisiera huir de mis palabras, pero cuando volvió a mirarme, lo hizo con seriedad absoluta.

—Sé que hablas en serio —respondió, clavándome la mirada, más serio que antes—. Y, maldita sea, te creo.

Yo mantuve el silencio unos segundos, pero mi voz terminó quebrando esa distancia helada entre nosotros.

—Aveline —murmuré, más para mí que para él—. Es la única razón por la que todavía respiro. Es mi faro en medio de la tormenta, la única que logra que mi corazón siga latiendo… y si alguna vez la pierdo, que el mundo arda conmigo.

Rowan me observó largo rato, como si buscara la grieta en mis palabras. No la encontraría.




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