ADIRA
Mi celular empezó a vibrar sobre la mesa del comedor. Volví la mirada y sonreí al pensar que era Leonardo. Pero fruncí el ceño al ver que el número era desconocido.
—Hola.
—Buenas tardes. ¿Es usted la señora Adira Dahik?
—Sí, soy yo —respondí. La voz me tembló—. ¿Por qué? —pregunté extrañada.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—Necesito que venga al hospital Central.
Dos horas antes.
—Señora, ¿dónde pongo las flores? —preguntó la empleada. Miré a mi alrededor con una enorme sonrisa. Todo estaba quedando perfecto.
—Ponlas en ese jarrón —señalé—, bien acomodadas, por favor.
Me encogí de hombros, satisfecha, observando todo con mucha ilusión. No era un almuerzo cualquiera. Era nuestro almuerzo de aniversario.
—Quince años juntos... —susurré.
—Ya deja de sonreír así. Y date prisa —dijo mamá mientras acomodaba los cubiertos.
—Mamá, ¿verdad que todo está quedando hermoso?
—Sí, tienes buen gusto —me abrazó—. Leonardo va a estar contento.
—Eso es lo que quiero. Hemos tenido meses complicados. Entre el partido y la candidatura, está lleno de estrés. Por eso quiero que, por un momento, se olvide de todo.
—Haces bien. Porque después habrá mucho ajetreo cuando empiece la campaña.
—Lo sé —bajé la mirada y, sin saber por qué, se me ocurrió llamar a su oficina.
—Hola, Carmita. ¿Cómo estás?
—Señora Adira, buenas tardes. Estoy bien, gracias.
—Te noto nerviosa. ¿Qué tienes?
—No... es que hace mucho que no llama y... me sorprendió.
—Sí, es que llamé a Leonardo a su celular hace unos minutos y no me contestó. ¿Está por ahí?
—Sí, señora. Bueno... en realidad, quiero decir que está en una reunión y... Si gusta, le paso la llamada.
—No, no. Déjalo así. Si está en una reunión, no vale la pena que lo moleste. Gracias, Carmita. Cuídate mucho.
Miré a mi mamá y alcé los hombros.
—Espero que no me deje con la mesa servida —comenté, pensando en todo lo que me había costado preparar el almuerzo. Además, tenía listo el viaje al Caribe que quería regalarle para que tuviéramos un momento solo para los dos.
Hice una mueca.
—Hija, tu marido es un hombre importante —se acercó a mí y me tomó de los hombros—. No es cualquier pelafustán —añadió, elevando las cejas. Entendí su ironía. —Tu deber es entenderlo.
—Lo sé —respondí, fingiendo una sonrisa.
Dos horas después.
Con el corazón en la boca, llegué al hospital. Corrí por los pasillos buscando información. En realidad, no sé cómo lograba caminar si mi mente no razonaba con claridad. Solo podía pensar en la salud de mi marido.
Llegué a una estación de enfermería.
—Buenas tardes. ¿Dónde tienen al señor Leonardo Dahik? —pregunté con la voz entrecortada.
—Un momento, por favor...
—Yo atiendo a la señora —escuché a mis espaldas.
Moví los ojos de un lado a otro al reconocer aquella voz. Me volteé lentamente y ahí estaba ella: Carolina Yépez, mi ex amiga, vestida con una bata blanca.
«No puede ser ella» pensé.
—Hola, Adira —saludó mientras caminaba hacia mí. No pude sostenerle la mirada. Creí que nunca más volvería a verla.
—Soy la jefa de urgencias y fui yo quien atendió a tu esposo.
—¿Cómo está? ¿Qué le pasó? —pregunté mientras me frotaba las manos.
—Acompáñame. —Señaló hacia un pasillo donde nos esperaba otro médico. —Adira, tu esposo llegó con un infarto —reveló.
Sentí que las piernas me flaqueaban.
—¿Está estable?
—En este momento el equipo de cardiología está con él.
—¿Por qué le dio el infarto?
Carolina bajó la mirada por un instante.
—Todavía estamos tratando de determinar qué lo desencadenó. Necesitamos conocer sus antecedentes y saber qué tomó antes de presentar los síntomas.
—Leonardo tiene hipertensión. Toma medicamentos para controlarla, pero, hasta donde sé, nunca ha tenido problemas del corazón.
—¿Sabes si tomó algún otro medicamento hoy?
Negué con la cabeza.
—No. Yo no estaba con él.
El médico que estaba junto a Carolina intervino.
—Tenemos información de que tomó sildenafil poco antes de comenzar a sentirse mal.
Me quedé inmóvil al oírlo.
—¿Sildenafil? —repetí juntando las cejas.
—Sí.
—Sildenafil —volví a repetir, No necesitaba que nadie me explicara qué significaba aquella palabra. La conocía demasiado bien: era Viagra.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones y entonces una pregunta empezó a martillarme la cabeza.
¿Por qué Leonardo había tomado Viagra?
Bajé la mirada, intentando encontrar una explicación que no me hiciera daño. Pero ninguna llegó. Todo estaba demasiado claro.
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Editado: 22.08.2026