El enemigo era mi esposo

4. Colapso.

ADIRA

Sintiendo un ahogo que poco a poco me quitaba las pocas fuerzas que me quedaban, mis pasos cansados me obligaron a detenerme y tomar como fuera un poco de aire. Un repentino mareo me sorprendió y tuve que cerrar los ojos durante unos segundos para intentar recuperar el equilibrio.

—Hija, Adira —escuché la voz de mamá detrás de mí y, cuando abrí los ojos, la vi corriendo hacia donde me encontraba—. ¿Qué sucedió? ¿Por qué dijiste eso de tu hermana?

—Porque es la verdad —intenté gritar, pero la voz se me apagó antes de salir de mi garganta—, esa maldita, malagradecida se estaba acostando con mi marido, mamá.

—Hija, eso no puede ser. Estás mal. Tu hermana no...

—Sí, ella sí y por eso me voy.

—Adira, no puedes irte y dejar a tu marido a la buena de Dios. Es tu esposo y el padre de tus dos hijos.

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas mientras la miraba sin poder comprender cómo podía decirme aquello después de lo que acababa de contar.

—Exacto, es mi esposo y mi hermana no tuvo ningún recelo ni vergüenza en meterse con él. Y él es un hijo de...

—¡Adira! No puedes expresarte así —me interrumpió mientras tomaba mis manos—. Mi amor, mírame. Leonardo...

—¡Suéltame! ¿Qué me vas a decir? ¿Vas a salir en su defensa? —pregunté mientras intentaba apartarme de ella—. Mamá, me mataron a mí —me golpeé el pecho con una mano—. Mi marido y mi hermana me mataron.

—Ya, ya, mi amor. No repitas eso. Lo vamos a solucionar, ¿sí? Tu deber es estar aquí con él.

Quité mis manos de las suyas con rapidez y la miré con incredulidad. Ella elevó las cejas, sorprendida por mi reacción.

—Yo aquí sobro. Se queda ella.

—¡Adira! ¡Adira! —la escuché gritar detrás de mí.

No quise regresar. Si lo hacía, seguramente terminaría derrumbándome otra vez delante de ella y no quería que nadie me viera así. Solo quería salir de aquel lugar, alejarme de todos y encontrar un sitio donde pudiera respirar sin sentir que cada vez que alguien pronunciaba el nombre de Leonardo algo dentro de mí volvía a romperse.

Me escabullí entre las personas que se encontraban en el pasillo y, al levantar la mirada, distinguí a un reportero que caminaba hacia la entrada del hospital con otro hombre que tenía una cámara en la mano.

No quería responder preguntas, no quería explicar nada, no quería que nadie me mirara y mucho menos que alguien descubriera lo que estaba ocurriendo dentro de mi matrimonio.

Aceleré el paso, llegué hasta mi auto, abrí la puerta y me senté. Cerré la puerta con tanta fuerza que el sonido retumbó dentro del vehículo.

Y ahí me rompí.

El llanto que tenía atorado en la garganta salió de golpe, desgarrándome por dentro. Apoyé las manos sobre el volante y dejé caer la cabeza mientras intentaba entender cómo mi vida se rompió en cuestión de unas pocas horas.

—¿Por qué a mí? —pregunté entre sollozos—. ¿Qué hice para merecer esto? —Levanté la cabeza y golpeé el volante con ambas manos varias veces. —Es mi hermana. ¿Por qué? ¿Por qué ella?

Las lágrimas me nublaban la vista, pero aun así encendí el auto. Necesitaba marcharme. Necesitaba llegar a mi casa, cerrar la puerta y desaparecer del mundo, aunque solo fuera durante unas horas.

Apreté con fuerza el volante y aceleré como nunca lo había hecho. Conducía por inercia. La rabia me ardía en el pecho y el dolor me hacía actuar sin pensar.

Las calles pasaban frente a mis ojos mientras mi mente repetía una y otra vez las mismas imágenes: Leonardo besándome aquella mañana, Nadia despidiéndose de nosotros, las palabras que yo misma había pronunciado cuando le dije a mi esposo que la llevara porque iba a encontrarse con un amigo.

Esas palabras volvieron a aparecer en mi cabeza y sentí que algo dentro de mí volvía a estallar.

—¡Malditos los dos! —grité entre lágrimas mientras aumentaba la velocidad.

No sabía hacia dónde estaba conduciendo. Solo quería alejarme de todo aquello, alejarme de ellos, alejarme de la mujer en la que me había convertido después de descubrir que las dos personas en las que más había confiado habían sido capaces de destruirme.

Cerré los ojos por unos breves segundos. Cuando los abrí, apenas tuve tiempo de reaccionar. Unos contenedores de basura aparecieron frente a mí.

Pisé el freno con todas mis fuerzas, pero ya era demasiado tarde. El auto se desvió y terminó chocando contra los contenedores. El impacto fue tan repentino que mi cuerpo salió impulsado hacia adelante y, antes de que pudiera reaccionar, mi frente golpeó contra el volante.

El golpe me hizo cerrar los ojos y solté un grito. Durante unos segundos permanecí inmóvil, aferrada al volante, sin entender qué acababa de suceder.

El auto se había detenido de golpe y el silencio que quedó después del estruendo hizo que mi respiración se volviera todavía más agitada.

Abrí los ojos lentamente y miré hacia el parabrisas. Los contenedores habían quedado frente al vehículo, algunos se habían movido por el impacto y uno de ellos estaba tirado de lado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.