
ADIRA
Las llamas seguían creciendo, al igual que mis lágrimas. Devoraban la ropa, el olor, todo rastro de ellos. Mi voz se había roto, pero no me moví. No aparté la vista del fuego. Entonces escuché nuevamente la voz de mi madre.
—¡Adira, para! —gritó, horrorizada—. ¿Te das cuenta de lo que estás haciendo? ¡Perdiste la razón! —Se volvió hacia las empleadas y ordenó, con su tono mandón: —¡Apaguen eso! ¡De inmediato!
Gonzalo y Erika corrieron a instalar la manguera, pero cuando vi al jardinero acercarse con ella dispuesto a apagar las llamas, me interpuse entre él y el fuego. Lo miré con furia.
—¡Nadie lo toca! —les advertí a todos con voz tajante—. ¡Que se queme todo! Porque esto, al igual que ellos, es ¡basura!
Los empleados se detuvieron, indecisos. Mi madre se quedó congelada, sorprendida de mi firmeza. No esperaba que yo me opusiera que desobedeciera su orden. Que ya no fuera la hija que obedece y calla.
—Adira… —susurró ella, perpleja—. Escúchame —pidió con voz calmada.
Solo la escuché, no respondí, porque no tenía nada que decirle mientras me quedaba mirando cómo el fuego consumía aquella basura.
Cuando el fuego empezó a apagarse, y solo quedaron cenizas y humo gris que subía despacio, mi madre habló de nuevo, más tranquila.
—Escúchame, hija. Tienes que entrar en razón. Esto no se puede arreglar quemando todo. Somos familia. La familia se perdona, se sostiene, se mantiene unida pase lo que pase.
La miré como si fuera una desconocida. Fruncí el ceño.
—¿Familia? —repetí, y el dolor me atravesó de nuevo—. ¿La familia hace esto, mamá? ¿La familia se acuesta con el esposo de su hermana y le ríe en la cara? ¿Eso es lo que me pides que perdone?
—Una mujer sabia debe edificar su hogar —respondió, volviendo a elevar la voz.
La observé indignada.
—Por supuesto, pero eso no significa que lo voy a edificar a base de cimientos de mentiras.
—Más la necia la destruye —continuó—. Adira. No destruyas tu hogar.
—¿Qué se supone que debo hacer, mamá? —clavé mis ojos en ella, como si fuera una extraña.
Irguió la espalda y miró las cenizas que dejó lo que quemé.
—Sé que es difícil, mi amor, pero... —miró al cielo—. Hablé con tu hermana y me dijo que no llegó a pasar nada.
Asentí con ironía y me mordí los labios con fuerza. Ahora, al pensar en Nadia, me llenaba de coraje y me daban unas terribles ganas de acabar con ella.
—Claro, porque al impotente ese le dio el infarto; de lo contrario, quién sabe qué habría pasado. Me da igual si pasó o no. Lo que sé es que mi hermana —me golpeé el pecho con fuerza—, mi hermana traicionó mi confianza, mamá. Porque hombres se consiguen en cualquier lado, pero una hermana no. Nadia es mi sangre —se me cortó la voz.
Intentó tomarme de la cara, pero de inmediato me aparté de ella.
—Adira, tu hermana cometió un error, es cierto, pero todos nos equivocamos y hay que perdonar.
Mi pecho empezó a subir y bajar con rapidez.
—¡Nunca lo entiendes, nunca! Esos dos ahora no forman parte de mi vida.
—Te pido que pienses —dijo ella, severa—. Piensa en tus hijos. Piensa en lo que dirán. En la posición de Leonardo, en su candidatura. Si te separas ahora, todo se viene abajo. La prensa, el escándalo… les cambiarán la vida a tus hijos para siempre. ¿Quieres que crezcan con eso? ¿Quieres que todo el mundo hable de ustedes?
—Que hablen lo que quieran —respondí, firme, aunque me temblaba la voz—. Prefiero eso a vivir mintiendo cada día. Ya no más, mamá.
Bajó la mirada y prosiguió.
—Yo también perdoné —soltó ella de golpe—. Tu padre… yo también supe cosas. Y me quedé. Perdoné. Por ustedes. Por el bien de mis hijas. Pensé en el futuro, no en el orgullo.
La miré, dolida hasta lo más hondo.
—¿Entonces debo hacer lo mismo? ¿Aceptar que me destruyan y callarme? Mamá, no. Yo no soy tú. Y ellos no merecen que yo los tenga en mi vida —sentencié y salí corriendo al interior de la casa.
Subí las gradas de dos en dos y entré a mi habitación. Miré la cama y de inmediato pensé en cuántas veces se habrían revolcado en ella o en cualquier otra cama de esta casa.
Me llené de asco y escupí al piso y, en un arranque de ira, deshice la cama con rabia y fuerza.
—Adira, ¡cálmate! —chilló, tomándome de los hombros.
—¡Cállate! No quiero escucharte —grité, arrodillada en el piso mientras sostenía fuertemente las sábanas.
—Piénsalo bien…
—No hay nada que pensar —la interrumpí, y mi voz no dejó lugar a dudas—. Lo tengo decidido. Nadia se va de esta casa hoy mismo. Y yo me divorcio de Leonardo. No hay marcha atrás.
—¿Estás segura de lo que dices? —preguntó ella, con voz fría dando un paso atrás.
—Completamente. Y si no estás conmigo en esto… entonces estás con ellos. Y eso significa que estás contra mí.
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Editado: 11.09.2026