
Horas antes.
NADIA
Me quedé sentada en una de las sillas del pasillo del hospital, con las manos entrelazadas y la mirada fija en el piso. No podía dejar de pensar en lo que acababa de suceder.
Cada vez que cerraba los ojos volvía a verlo, a él y a mi hermana reclamándome. Sentía miedo; ese nudo que tenía en el pecho parecía hacerse cada vez más grande.
Jamás en la vida había visto a Adira expresarse así. Quizá lo que sucedió fue lo mejor, quizá era preferible que la bomba explotara de una vez por todas. Ahora sí Leonardo iba a tener que elegir.
Empecé a caminar de un lado a otro, a la espera de noticias, con una mano puesta sobre la nuca.
No sé cómo me percaté de la presencia de un periodista. El corazón me dio un salto. Me escondí detrás de una columna y empecé a observarlo desde lejos. Estaba buscando información.
Pegué la cabeza contra la pared y cerré los ojos. De repente, un fuerte agarrón de mi cabello me hizo soltar un quejido.
—Ven acá, grandísima estúpida —mi madre me jaló del cabello y, sin soltarme, me llevó hasta las escaleras que daban al subsuelo del hospital.
Me soltó de golpe y me empujó contra la pared. Me llevé una mano a la cabeza, tratando de acomodarme el cabello mientras sentía las lágrimas acumularse en mis ojos.
—¿Qué demonios estabas pensando? —preguntó apretando los dientes.
—Mamá, yo…
—¡No quiero escucharte! —me interrumpió con una expresión de furia que hizo que bajara la mirada—. ¿Sabes lo que acabas de provocar? Adira se enteró de todo, Leonardo está hospitalizado y los periodistas ya están aquí. ¿Eso era lo que querías?
—No —respondí apenas.
—Pues lo conseguiste.
Sentí que las lágrimas comenzaban a recorrer mis mejillas.
—Yo no sabía que a Leonardo le pasaría esto. Te lo juro, mamá —dije completamente nerviosa.
—Aparte de tonta eres pendeja. Más de una vez te lo dije —espetó—. ¿Acaso creías que podías meterte con el esposo de tu hermana y nadie iba a enterarse?
—No me hables así.
—¿Cómo quieres que te hable? ¿Como si hubieras hecho algo correcto?
Levanté la mirada y, aunque sabía que no debía decirlo, las palabras escaparon de mi boca.
—Yo amo a Leonardo y tú lo sabes.
Mi madre se quedó observándome durante unos segundos, como si intentara comprender cómo podía seguir defendiendo aquello después de todo lo que acababa de suceder.
—¿Y él te ama a ti? —preguntó con seriedad.
La pregunta me dejó sin respuesta. Aparté la mirada y sentí cómo la seguridad que intentaba mantener comenzaba a resquebrajarse.
—Yo sé que sí —respondí con un hilo de voz.
—Cuando hay un matrimonio de años, hijos de por medio, una vida construida y toda una familia, las amantes salen sobrando. Se quedan en el anonimato o simplemente desaparecen —dijo y soltó una risa cargada de sarcasmo.
—Tú crees que él se va a quedar contigo.
—Eso es lo que él tiene que decidir —murmuré.
Mi madre negó con la cabeza.
—¿No me estás escuchando? Nadia, escucha bien lo que voy a decirte. Leonardo no es el único que puede perder algo en todo esto, pero tiene una ventaja: es más fácil que a él lo perdonen antes que a ti.
—¿Qué quieres decir?
—Que acabas de perder a tu hermana y todo lo que eso conlleva —espetó.
Sentí un nudo en la garganta. Por supuesto que cuando me metí con Leonardo sabía lo que podía perder, pero siempre había creído en sus palabras y sabía que él me daría el lugar que me correspondía.
—Leonardo no me va a dejar sola —hablé convencida. Entonces mi madre me agarró de la mandíbula con fuerza.
—Entiende algo, tonta —dijo mientras empezaba a darme pequeños golpes en la sien—. El hombre que es atrapado en una infidelidad siempre termina complaciendo a su mujer para que lo perdone. Y en este momento, ¿qué crees que quiere tu hermana? ¡Ah! Respóndeme —elevó la voz con una frialdad que me hizo sentir un escalofrío.
—Pero todavía puedo arreglarlo.
—No puedes arreglar una traición como esta con unas cuantas lágrimas y una disculpa.
Me quedé callada. Sus palabras dolían porque, en el fondo, sabía que tenía razón.
—Ya perdiste a tu hermana, Nadia. Y, por lo que veo, tu futuro también es incierto.
—Mamá…
—Entiende algo, Nadia: uno no puede comer y cagar en el mismo plato. Te lo dije más de una vez y tú me aseguraste que esa relación se había terminado.
—Pues no —chillé y la miré a los ojos—. Él me volvía a buscar y yo cedía. No podemos vivir separados el uno del otro, mamá. Leonardo me ama.
Se pasó una mano por la boca.
—No voy a permitir que arruines la vida de todos, en especial la mía.
#186 en Novela romántica
#80 en Chick lit
amor del pasado traición, celos familia hermanos, romance matrimonio roto
Editado: 11.09.2026