El enemigo era mi esposo

7. Romper.

ADIRA

Al verla parada frente a mí pude sentir cómo la sangre me empezaba a hervir, porque tener su cara de hipócrita frente a mí me llenaba de rabia y, al mismo tiempo, me daba el valor que necesitaba para hacer lo que llevaba dentro desde que había descubierto la verdad.

—Adira, tienes que escucharme...

Di tres zancadas hasta ella y, sin darle tiempo de decir una palabra más, cerré la mano y le lancé un golpe directo al rostro con todas las fuerzas que tenía. No medí dónde impactaría ni pensé en las consecuencias; simplemente necesitaba descargar toda la rabia, todo el dolor y toda la humillación que llevaba acumulados.

El golpe fue tan fuerte que hasta yo misma perdí el equilibrio y trastabillé hacia atrás. Cuando volví a mirarla, comprendí que la había golpeado en la boca al verla llevarse una mano a los labios y limpiarse la sangre que comenzaba a brotar de ellos.

—¿Cómo te atreves a venir y presentarte en mi casa frente a mí como si nada? —le hablé con odio, como si fuera una desconocida más.

—Perdóname, por favor, perdóname —empezó a suplicar con las manos juntas.

Entonces le lancé un par de golpes, primero en su cara y luego en su asqueroso cuerpo. Ella gritaba, se cubría, pero no se atrevió a devolverme un solo golpe.

—Quiero que te largues de mi casa. No quiero volver a saber nada de ti. ¡Nada! ¿Entendiste?

La agarré del cabello que horas antes había alabado y, sin soltarla, comencé a arrastrarla por el pasillo. Ella gritaba, suplicaba que la soltara, pero no le hice caso. No la solté.

Al llegar a las escaleras, hundí más mis dedos en su cabello, lo sujeté con fuerza y, sin importarme más nada, empecé a bajar.

Los gritos de ayuda no se hicieron esperar. No entendía de dónde sacaba tanta fuerza. Empecé a bajar el primer escalón, pero me costó. Ella tampoco me lo puso fácil; se resistió, pero, con trabas y todo, la arrastré por las escaleras.

—Señora Adira —intervino Erika. Puse la mirada en ella por breves segundos—. ¿Qué sucede? La va a matar —dijo asustada e intentó acercarse.

—No te metas —le grité al leer sus intenciones.

—¡Ayuda, mamá! —gritaba Nadia.

—Ahora sí pides ayuda, pero nadie te va a ayudar.

—Solo hablemos como personas normales, por favor —suplicó con voz ahogada.

Me incliné hacia ella.

—Tú no eres normal, maldita perra. Lo que me hiciste no es normal —la solté con fuerza y le di un puntapié en la espalda.

Rápidamente se incorporó y corrió hacia una esquina de la sala, sin dejar de pedirle ayuda a mamá.

—Te vas a largar de mi casa sin nada, porque los trapos que tenías los quemé.

—¿Qué? ¿Qué hiciste?

—Lo que escuchaste. Eran basura y, si a ti no te quemo, es por tu hijo, porque él te va a necesitar ahora que estás en la calle.

—Adira, no puedes hablar en serio. Reconozco que cometí un error, pero no se consumó. No llegué a acostarme con tu marido, te lo juro —empezó a hablar desesperada y con angustia. Me estaba mintiendo. Lo sabía.

—¿Y eso cambia las cosas? ¿Eso borra lo que estuviste a punto de hacer? Me vale si pasó o no. Me importa que tú, mi hermana, mi sangre, siquiera lo hayas pensado. Te metiste con él, aceptaste acostarte con él. Eso para mí tiene más peso y eso es algo que nunca te voy a perdonar.

—No, hermanita —intentó acercarse a mí. Se limpió la boca, que aún le sangraba—. Te lo pido, por favor, perdóname —se arrodilló.

—¡Nunca, nunca lo voy a hacer! —contesté con un chillido mientras el pecho me subía y bajaba—. Estás muerta para mí.

La volví a abofetear y entonces llegó quien faltaba.

—¡Adira, ya basta! —chilló mamá y se interpuso entre las dos—. ¿Cómo es posible que grites estos temas delante de los empleados? ¿Qué te pasa? ¡Reacciona!

—¿Que qué me pasa? ¿Te parece poco lo que esta desgraciada malagradecida me hizo? ¿Te parece poco, mamá? —la miré con desprecio—. Y por los empleados no te preocupes. Ellos siempre terminan sabiendo las miserias de sus patrones y estoy segura de que lo que estos dos traicioneros me estaban haciendo, ellos ya lo saben.

—¡Hija!

—Adira, yo te juro que solo pasó esta vez. Tienes que creerme, hermana. Por favor.

—¡Cállate! —ordené, fuera de mí—. Yo, ya no soy tu hermana y, por lo mismo, te largas de mi casa ahora mismo.

La agarré de un brazo.

—Sé que me equivoqué y me merezco tu rabia, pero... no tengo a nadie y lo sabes. ¿Qué va a ser de mí? se soltó.

—Eso debiste pensar antes de meterte en la cama de mi marido —se me fue la voz—. Yo te traje a esta casa, te di mi confianza, te conté mis problemas, te pedí consejos, le di educación de calidad a tu hijo. Y así es como me pagas.

—Por favor... Adira —habló agachando la cabeza.

—Lárgate y, cuando tu hijo venga, tampoco lo quiero aquí. Él ya no es mi problema.




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