
ADIRA
Los sonidos en la puerta y las súplicas por parte de mi madre no se hicieron esperar. Pero me volví sorda. Agarré el teléfono que me entregó Erika con el corazón dándome brincos. Me acomodé el cabello detrás de la oreja, respiré profundo y contesté.
—Hola.
—¿Adira? —reconocí la voz y me encrespé.
—¿Qué quieres? —dije altanera.
—Te estuve buscando para darte noticias sobre la salud de tu esposo. Tu hermana quiso que le dijera a ella, pero…
—¿Qué? —expresé frunciendo la frente.
—No se la di, te busqué, pero no te encontré. Supuse que no querías… no era correcto… y…
—Carolina, al grano. Ya se murió ese infeliz.
Hubo silencio del otro lado.
—No —respondió dejando en evidencia su asombro—. Lo que quería decirte es que ya lo sacamos de urgencias y lo llevamos a la Unidad Coronaria.
—¿Y qué quieres que yo haga? —respondí después de escuchar su reporte médico.
—Estoy cumpliendo con mi trabajo y también porque es necesario que un familiar esté aquí presente —me respondió.
—¿Y qué te hace pensar a ti que yo voy a ir a estar pendiente de él?
—Adira…
—Avísame si se muere, para ir a recoger sus restos, dárselos a los perros. —Cerré la llamada.
Cerré los ojos y sin esfuerzo las lágrimas me recorrieron las mejillas. Allá afuera seguían insistiendo en querer entrar, para hacerme cambiar de opinión. Me quedé sola en una casa que con demasiada ilusión hice mi hogar, mi refugio.
Miré cada rincón del primer piso con los ojos llenos. Pasé la mano por el respaldo del viejo sofá, por la mesa donde tantas noches nos quedamos hasta tarde. Todo seguía igual. Y, sin embargo, ya no era mi hogar.
—Aquí nacieron mis hijos —murmuré. Sentí cómo el aire me faltaba—. Esta es su casa y quiero que sean felices, pero ya no seremos una familia de cuatro —gimoteé al decir ese número. Me dolió.
Caminé hasta la sala, me senté a peso en un sofá, cerré los ojos y nuevamente la palabra sildenafil y las emociones sentidas en ese momento volvieron de golpe, y con ellas la ira.
—Esto no puede quedarse así —mencioné y me puse de pie enseguida, dispuesta a enfrentar a la persona que debió respetarme desde el primer momento.
Tomé las llaves del auto y antes de salir me dirigí a Erika.
—Escúchame, tanto mi madre como Nadia no pueden poner un pie dentro de esta casa.
—Señora, pero es que… usted sabe cómo es la señora Isabel y…
—Erika, tú trabajas para mí. Si intentan entrar a la fuerza, llaman a la policía; luego me hablan a mí. Y después ustedes y yo vamos a hablar —sentencié.
Abrí la puerta principal y las encontré sentadas en las gradas del ingreso. Mi madre apenas me vio se puso de pie, lo hizo tan rápido que yo misma me sorprendí por su agilidad. En otra ocasión se habría tomado su tiempo en ponerse de pie. Nadia, en cambio, escondió la mirada, no habló.
—Hija, qué bueno que abriste. Dime que reaccionaste y que vamos a hablar y solucionar esto como la familia que somos —habló mientras venía detrás de mí. No respondí.
Abrí la puerta del auto y solo le puse atención cuando me detuvo del brazo.
—Suéltame, por favor.
—Te estoy hablando, Adira —buscó mi mirada.
—¡Quítate! —ordené elevando mis cejas, armándome de paciencia.
La vi mover los ojos de un lado a otro. Como adivinando lo que ocurría.
—¿Pasó algo con Leonardo? —dijo, pude sentir en sus palabras preocupación.
—Nada que a ti te importe —contesté.
—Adira, basta. Jamás en la vida te habías comportado así conmigo. Estás siendo injusta.
—Quizá, siempre agaché la cabeza y ya no más. Además, ya nada es como antes. La Adira a la que todos le veían la cara, la que siempre ponía a los demás por encima de mis propios deseos, se acabó. Me subí al auto.
—¿Vas al hospital? —preguntó, pero no le contesté, encendí el auto y aceleré.
La vi por el retrovisor. Se quedó renegando. Conociéndola, estaba segura de que vendría detrás de mí.
Llegué al hospital y al bajarme del auto un reportero junto con su camarógrafo me abordó.
—Señora, Adira, unas palabras para Telecentro, por favor. Queremos saber qué le pasó al abogado Dahik.
Miré fijamente el lente de la cámara, que esperaba que emitiera algunas palabras.
—No voy a hablar. Espero me sepan comprender.
—Pero ¿por qué? Usted sabe que el abogado es candidato a la alcaldía de la ciudad y todos sus simpatizantes quieren saber sobre su estado de salud.
Clavé mis ojos en el chico.
—Permiso —dije y seguí avanzando. Sin embargo, no me imaginé que en la entrada del hospital me esperaba una horda de cámaras, periodistas esperando declaraciones acerca de la salud de Leonardo.
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Editado: 11.09.2026