
LEONARDO
La llamé dos veces y ella no regresó. Intenté levantarme para hacerla volver, pero mi cuerpo no respondió; me obligó a volver a la cama. Tenía conectados unos cables a mi cuerpo y a mis manos.
El sonido incesante de un monitor hizo que me sintiera más cansado de lo normal. Abrí la boca buscando aire. No entendía qué me estaba pasando. Me estaba quedando sin oxígeno. Los ojos se me abrieron en demasía y, con ellos, sentía que mi caja torácica se me inflaba y me iba a explotar.
Entró a mi auxilio un enfermero.
—Por favor, quédese quieto —ordenó mientras revisaba los números que marcaban uno de los monitores—. Respire despacio —me indicó.
El enfermero revisaba los cables que estaban conectados a mi pecho. Sentí que el aire empezaba a entrar nuevamente en mis pulmones, aunque cada respiración seguía siendo pesada y dolorosa.
Intenté obedecerlo. Cerré los ojos y respiré varias veces, tratando de controlar el miedo que comenzaba a apoderarse de mí.
—¿Qué me está pasando? —pregunté con dificultad.
—Tuvo una alteración en el ritmo cardíaco. Necesitamos mantenerlo monitorizado.
Abrí los ojos y miré hacia el monitor. Los números cambiaban constantemente frente a mí.
—¿Qué me pasó? ¿Voy a morir?
El enfermero me miró por unos segundos antes de responder.
—Le dio un infarto, pero no se preocupe. Quédese tranquilo. Ahora mismo está estable, pero debe mantenerse tranquilo. En un momento ya llega la doctora Carolina Yépez. Ella le pondrá al tanto de su salud.
¿Tranquilo? ¿Cómo demonios quería que estuviera tranquilo después de lo que acababa de suceder?
Mi esposa había estado aquí. La recordé de pie frente a mi cama, con los ojos llenos de rabia y las manos temblándole. Recordé cada una de sus palabras y sentí un peso en el pecho que nada tenía que ver con mi corazón.
—Nadia —murmuré y cerré los ojos.
No podía creer que Adira lo supiera. Empecé a desear que fuera producto de mi imaginación. Un mal sueño, producto de mi condición, pero… no, claramente la vi. Estaba aquí y… me amenazó.
—No, no —dije.
Empecé a mover mi cabeza hacia todos lados en busca de mis pertenencias. Tenía que hablar con ella a como diera lugar. Aunque siempre la he controlado, esta vez la vi muy enojada. Pero no, ella no se atrevería a hacerme nada.
Dijo que me heriría como lo hicimos nosotros, pero… no, ella sería incapaz de hacerlo. Sin mí no es nadie. Le faltan agallas.
¿Qué podría hacerme? Tal vez intentar dañar mi reputación para afectarme con mi candidatura. No… ella no sería capaz.
—¿Dónde está mi teléfono? —pregunté.
El enfermero frunció el ceño.
—No puede preocuparse por eso ahora.
—Necesito hacer una llamada.
—Señor Dahik, acaba de tener una alteración cardíaca. Lo que necesita es descansar —habló, cambiando el tono de su voz.
No respondí. Miré nuevamente el monitor y apreté los dientes.
—Por favor, llamen a mi esposa. Quiero que venga.
—Señor…
—¡Es una orden! —exclamé, exigente. El enfermero me miró mal, pero reemplazó su mal gesto con una sonrisa fingida.
Se fue y me dejó solo.
—¿Por qué me pasó esto a mí? Si todo lo tenía controlado. ¡Carajo!
Al poco tiempo entró una doctora, muy bonita, acompañada de otro doctor. Los dos tenían mal semblante.
—Buenas noches, señor Leonardo Dahik —saludó el doctor y tomó una carpeta que había estado en una mesita al pie de mi cama.
—Buenas noches —dije, fijándome en la mujer que se quedó unos pasos detrás de él. Achiqué los ojos, analizándola. Su cara se me hacía conocida, pero en ese momento no recordaba dónde la había visto.
—Señor Dahik, soy el cardiólogo Roberto Zambrano. Ya revisé el informe de urgencias y los resultados de sus primeros exámenes.
—¿Qué me pasó?
—Usted sufrió un infarto agudo de miocardio. Cuando ingresó presentaba una alteración importante en el ritmo cardíaco y cifras de presión arterial bastante elevadas.
—¿Por qué?
El doctor bajó la mirada hacia la carpeta antes de responder.
—Tenemos varios factores que pudieron contribuir. Sabemos que padece hipertensión y también nos informaron que había tomado sildenafil poco antes del episodio.
Sentí que el estómago se me revolvía. Abrí la boca para tomar aire.
—¿Quién les dijo eso? —pregunté mientras escondía la mirada.
—La persona que lo acompañaba cuando llegó a urgencias.
Y entonces el rostro de Nadia se me vino a la mente junto con un recuerdo.
—¿Te gusta cómo me veo? —preguntó modelando la lencería que regalé el día de su cumpleaños. Se acercó a mí, empezó con besos por mi cuello, caricias atrevidas—. Te deseo tanto y te voy a extrañar tanto ahora que te vayas de viaje con tu esposita. Chocó su copa contra la mía.
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Editado: 11.09.2026