El enemigo era mi esposo

10. El verdadero terror.

NADIA

—¡Leonardo! ¡Leonardo! —grité desesperada. Vi que mi madre se acercaba.

—Las indias estas no nos van a dejar entrar porque la señora les dio órdenes de no hacerlo y que, si entramos, van a llamar a la policía. Hazme el favor… —la escuchaba de fondo. En ese momento no me interesaba oír su drama; me importaba la salud de Leonardo.

Llevé las manos hasta el nacimiento de mi cabello. Abrí los ojos en demasía mientras miraba el piso y apretaba el celular.

—¿Se murió? —musité, repitiéndolo varias veces. Sentí los pasos de mi madre acercarse.

—¿Se murió quién? —preguntó. No respondí. —Nadia… —me tomó de los hombros y me obligó a mirarla—. ¡Carajo! Habla.

—Leonardo, mamá —contesté con un hilo de voz, mientras sentía que, de a poco, el aire me iba faltando.

Ella quitó sus manos de mi cuerpo lentamente. También la noticia la sorprendió.

—¿Quién te dijo eso? —volvió a mirarme.

—Es que… Adira, mamá, Adira es la culpable —chillé, aguantando el llanto que luchaba por salirme—. Esa tonta le dijo a la prensa que a Leonardo le dio un infarto por infiel.

—¡¿Qué?! —gritó mamá. Pude ver cómo sus ojos se le salieron de las cuencas y, de inmediato, se llevó una mano al pecho.

—Mami, ¿te sientes bien? —quise sostenerla para ayudarla a tomar asiento, aunque fuera en una de las gradas.

—Me van a matar… —la oí musitar.

—Adira es una estúpida. Le pides que arreglemos esto puertas adentro y la muy tonta va y se lo cuenta a la prensa. Todo el mundo está hablando de nosotros… de él.

—No puede ser. Eso no puede ser.

—Y eso no es todo. Ahora que quise salir, vi que la prensa está afuera esperando sacar alguna nota con lo que podamos decir. Adira nos hundió a todos. Leonardo me llamó y le conté lo que había pasado. Después escuché que algo ocurría y la llamada se cortó. No sé si Leonardo está vivo.

Ella levantó la vista hacia mí y, de repente, como una desquiciada, empezó a golpearme.

—Todo esto es tu culpa. Tú eres la culpable de esta tragedia.

—¡Ya basta! Deja de golpearme —expresé mientras me cubría de sus ataques.

—¿Te has puesto a pensar en lo que va a suceder ahora? Estás en la calle, no tienes nada. No estás en posición de nada y ahora nuestra familia está acabada —se le fue el aire.

—Yo no salí corriendo a contarle a la prensa nada.

—Con esto Adira se posiciona como la mártir y quien queda como la otra. De viuda respetable serás la mujer más repudiada de este país. Porque una cosa te digo: nadie quiere ni perdona a las amantes.

—Mamá…

—Yo no te eduqué para que seas la otra. Pero te pudo más la calentura que no te importó ser amante y, sobre todo, meterte con el esposo de tu hermana. En parte le doy la razón a Adira.

—¿Estás de mi lado o del de ella?

—Estoy de parte de mis intereses. No te das cuenta, si Leonardo se murió como dices, ¿quién queda como la dueña y señora de todo el patrimonio de los Dahik? —me miró indignada—. A mi edad no me puedo permitir dejar la vida tranquila y decorosa que llevo desde hace quince años por una estupidez tuya. Desde hace tiempo te dije que no continuaras con eso.

—Y lo hice, pero Leonardo terminaba buscándome y después creí que él y yo…

—Estás perdida, Nadia, perdida.

No dije nada, bajé la mirada y tomé aire intentando organizar mis ideas.

Si Leonardo realmente había muerto, mi vida acababa de cambiar por completo. Ya no importaba si Adira nos había destruido frente a la prensa, si todos iban a señalarme o si mi familia me daba la espalda. Había algo mucho peor: no sabía qué iba a ser de mí y de mi hijo.

Había imaginado muchas veces una vida junto a Leonardo, pero nunca había pensado en lo que ocurriría si él desaparecía de un momento a otro.

Mamá tenía razón, yo no tenía nada. Dependía económicamente de él. Los bienes que me dejó mi marido no fueron gran cosa y a Leonardo nunca le acepté nada, porque siempre creí que me quedaría con él.

Había dado por sentado que, tarde o temprano, tendría un lugar a su lado y que todo lo que ahora parecía estar a punto de perder se convertiría en mi vida.

—Mamá… ¿y si está vivo? —pregunté finalmente. Ella me miró sin responder.

—¿Y si solo perdió el conocimiento? —insistí—. ¿Debemos ir al hospital?

No me respondió porque su celular empezó a sonar sin parar. Miró la pantalla.

—Ya empezaron —farfulló.

—¿Quién es? —pregunté angustiada.

—Sarita de la Mora —mencionó, ladeando la boca—. ¿Y cómo paramos esto? Nuestras amistades van a empezar a hacernos leña. Estamos acabados —se frotó la frente con los dedos.

Después de eso, mi celular también empezó a sonar. Eran mis amigas. No contesté. Decidí apagar el celular, pero antes de hacerlo, alcancé a mirar algunas de las notificaciones que habían llegado.




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