El enemigo era mi esposo

11. Planificar golpes.

ADIRA

Después del desagradable encuentro con mi… con esa mujer el timbre volvió a sonar y, antes de que pudiera reaccionar, mis piernas me llevaron casi corriendo hacia la puerta. Al abrirla y verla a ella, sentí que las fuerzas me volvían de golpe.

Me lancé a sus brazos y Susana me recibió de inmediato, rodeándome con esa calidez que solo ella sabía dar. Hundí el rostro en su hombro y, por primera vez en horas, sentí que el pecho se me aliviaba un poco. Me aferré a ella con desesperación, su abrazo me reconfortó como jamás creí posible. Quizá, en el fondo, mi corazón anhelaba que fuera mi madre quien me abrazara así.

—No te pregunto cómo estás, porque es evidente que eres un volcán —susurró ella contra mi cabello.

Nos quedamos así, abrazadas, durante minutos. Y en su compañía, me permití romperme en llanto sabiendo con absoluta certeza que ella no me fallaría.

—Para serte sincera… no sé cómo me siento —respondí cuando por fin nos separamos, y me calmé un poco. Caminamos hacia la sala. Le ofrecí algo de tomar, pero ella negó con la cabeza hasta que, de pronto, se detuvo y me miró con una media sonrisa—. Pensándolo bien, sí quiero algo.

Caminó hasta el bar y tomó una botella que no logré distinguir desde donde estaba.

—Leonardo, rata de dos patas, ven a quitarme tu whisky —gritó y se largó a reír.

La vi servir en dos vasos y, con ellos en las manos, caminó hacia mí.

—Lo necesitas.

—Susana, sabes que no tomo.

—Yo tampoco, pero es el whisky del despreciable y lo necesitas.

Me senté sosteniendo el vaso entre las manos, sintiendo el peso de su mirada sobre mí. Susana alzó el suyo, hizo una mueca de auténtico desagrado y bebió. La imité; el líquido me quemó la garganta y me hizo toser.

—Se siente increíble estar aquí y no sentir la presencia de tu madre rondando —dijo ella, recostándose ligeramente sobre el respaldo del sofá. Me miró a los ojos, con ternura y firmeza a la vez—. ¿Cómo puedes respirar bajo el mismo techo que esa mujer?

—Uno se acostumbra —respondí. —Gracias por venir —le dije, sintiendo que se me llenaban los ojos—. Gracias por estar aquí, en el momento en que me siento más sola.

—Sabes que siempre puedes contar conmigo. Para eso somos amigas.

Realicé una mueca al oír eso. Siempre decíamos lo mismo cuando estábamos en el colegio y la universidad. En aquel entonces lo decíamos sin pensar demasiado en el significado de esas palabras. Ahora, después de todo lo que había sucedido, comprendía lo mucho que podían significar.

—No todas son como tú —murmuré con la voz quebrada.

—¿Lo dices por Carolina, ¿verdad? —buscó mis ojos—. Cometió un error.

—Ella también me falló. Me dio la puñalada por la espalda —dije, y sentí que el dolor me atravesaba otra vez.

—Pero no se compara. Samuel no era tu esposo ni el padre de tus hijos.

—Es igual, no te hagas la tonta —respondí, y las lágrimas me quisieron ganar—. Son traiciones que duelen porque vienen de personas que amas.

—Éramos tan unidas… —murmuró ella, moviendo ligeramente la cabeza—. Esa parte nunca me quedó clara.

—Qué más da. Se casó con él y yo descubrí que no era el amor de mi vida como creí.

—Llegó a tu vida Leonardo Dahik, quien te deslumbró, te enamoraste… Por cierto, ¿quién te presentó a esa rata?

Me quedé mirando al vacío. Recordé aquel día, aquella presentación, aquella sonrisa que me deslumbró.

—Fue Raúl, mi cuñado. Estaba en su cumpleaños y Leonardo era su amigo. Nos presentó y… el resto de la historia ya la conoces.

—Él fue el culpable de poner a esa rata en tu camino —se quedó callada. —Cambiando de tema, oye —sonrió levemente—, lanzaste una bomba. Debo reconocer que me sorprendí al verte en televisión nacional hablar así.

—No sé qué me pasó, Susana —confesé, y me temblaron las manos—. Cuando los periodistas empezaron a preguntarme, todo lo ocurrido pasó por mi mente de golpe y sentí que ya no podía seguir guardándome todo lo que estaba pasando.

—Y aun así no dijiste quién era la mujer —se bebió todo el contenido de su vaso. La miré en silencio unos segundos.

—No podía hacerlo.

—¿Por qué? —preguntó sorprendida—. Si ya habías decidido contarle al país que Leonardo te fue infiel, ¿qué te detuvo?

Bajé la mirada al vaso. Y entonces lo dije, con satisfacción.

—Que supieran quién era la amante no iba a cambiar lo que me hicieron. Pero saber que todos la están buscando sí puede hacerla sufrir. Ahora mismo debe estar aterrada. Todos quieren saber quién es esa mujer y ella tiene que vivir con la incertidumbre de no saber cuándo alguien va a descubrirla. Si yo hubiera dicho su nombre, todo habría terminado de golpe. La habrían señalado, la prensa habría ido detrás de ella y no tendría que vivir con esa angustia de esperar que la descubran.

Susana frunció el ceño.




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