
ADIRA
Al terminar la llamada, me quedé con el teléfono en la mano y respiré hondo, muy hondo. Juan Carlos vendría. Iba a hablar. Iba a defender mi voz. Susana se puso frente a mí y me sostuvo la mirada.
—¿Estás segura de lo que vas a hacer?
Asentí, tomando aire hasta llenar los pulmones.
—¿No escuchaste? Me están dejando como loca. Mi propia madre —dije, golpeándome el pecho con el puño cerrado, sintiendo que el dolor me ahogaba—. ¿Cómo puede hacerme esto después de todo lo que ha sucedido? ¿Cómo puede ponerse del lado de él en lugar del mío?
—Porque está protegiendo a Leonardo —respondió Susana con voz serena.
—Y también está protegiendo todo lo que viene con él: su dinero, su posición, su candidatura… —negué con la cabeza, sintiendo rabia y tristeza mezcladas—. Pero se equivocaron si creen que me voy a quedar callada. Conmigo se equivocaron.
—Adira, te lo pido: no actúes solamente por rabia.
—No lo haré por rabia, Susana —respondí con firmeza—. Lo hago porque ya entendí que, si me callo, ellos contarán la historia que les conviene y yo terminaré siendo la mujer desequilibrada que perdió el control tras descubrir una supuesta infidelidad. No voy a permitirlo.
—Entonces piensa bien qué vas a decir —me advirtió, elevando una ceja.
—Lo haré.
—Ten claro algo: esto no se trata solo de desahogarte.
La miré fijamente. Sabía exactamente a qué se refería. Y tenía razón.
—No. Se trata de que, por una vez, mi voz sea escuchada. No como la esposa del candidato, como ha sido siempre… sino como la mujer que soy. Como la madre de sus hijos. Como la persona que también fue traicionada.
Susana sonrió levemente y me hizo un gesto hacia las escaleras.
—Entonces vete a arreglar. Ponte hermosa. Que te vean radiante y, sobre todo, lúcida.
Subí a mi habitación. Tenía una hora. Me acerqué al armario y elegí un vestido negro de corte recto, sin escote exagerado, de tela suave que caía hasta por debajo de la rodilla; sencillo, elegante, que no llamaba la atención por adornos sino por la postura con la que se llevaba.
Me maquillé con discreción: un tono parejo en la piel, un toque de rubor en las mejillas para no parecer pálida, y un brillo natural en los labios.
Recogí el cabello en un moño bajo, limpio, sin mechones sueltos, y calcé zapatos de tacón color nude. Me miré al espejo y vi a una mujer digna. Dolida, sí. Pero ya no rota.
Cuando me disponía a terminar, el celular sonó. Era una llamada del hospital. Contesté sintiendo ya una pesadez en el pecho.
—Señora Dahik, buenos días. Le hablamos de la Unidad Coronaria de la clínica Los Valles. Como nos informó que no puede estar aquí al pendiente de su esposo, queremos darle el informe médico sobre el estado de salud de su…
—Señorita… —cerré los ojos y respiré profundo, conteniendo la irritación—. Cuando dejé a ese hombre allí, les dije que una enfermera de mi confianza se quedaría a cargo. Hablen con ella. No conmigo.
—Pero es que…
—A mí no me interesa nada de lo que tenga que ver con ese señor.
Colgué. Y esa desconexión me dio fuerzas. Ya no lo consideraba mi esposo. No era mi responsabilidad. Cambiarme me tomó unos minutos más; cuando terminé, Erika llamó a la puerta.
—Señora Adira… han llegado un periodista y un camarógrafo. La esperan en la sala.
—Diles que ya bajo —respondí con voz firme. Me puse perfume, justo en las muñecas y el cuello, y bajé.
Desde la escalera vi a Susana. Como siempre, estaba allí, atenta, recibiéndolos con naturalidad. Al entrar, Juan Carlos se puso de pie y sus ojos se iluminaron al verme.
—Señora Adira —saludó él.
—Buenas tardes —dije.
El camarógrafo también me saludó.
—Gracias por recibirlos, Susana —dije, girándome hacia ella un instante.
—Para mí ha sido un placer conversar, aunque fuera unos minutos con tan distinguido caballero —respondió ella, mirando a Juan Carlos con una sonrisa amable. Él correspondió.
—El gusto siempre será mío, señora. —Y volvió su mirada hacia mí—. Señora Adira, ¿está lista? Antes quiero agradecerle la deferencia: primero conmigo y luego con el canal.
—Es exclusiva —precisó Susana.
—Lo hago porque confío en su credibilidad —le dije—. Y en la del canal.
—Gracias. Ya hemos trabajado antes en asuntos de su esposo y… mi trabajo habla por sí solo.
—Lo sé —sonreí levemente.
—Bien. ¿Dónde prefiere que empecemos? ¿Aquí o en otro lugar? —preguntó, mirando alrededor.
—¿Le parece bien en el estudio de grabación de la casa? Está preparado y hay más tranquilidad.
—Perfecto. —Bajó la mirada a unas notas que llevaba en la mano y, antes de entrar, me miró serio—. Señora Adira, antes de comenzar, quiero que tengamos algo claro. Será una entrevista breve. Debo encajarla en el espacio político, así que no contaremos con mucho tiempo. Me centraré en lo ocurrido y en las declaraciones del presidente del partido de esta mañana. ¿De acuerdo?
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Editado: 11.09.2026