UN TRATO
"La fotografía es un secreto de un secreto. Cuanto más te dice, menos sabes".
—Diane Arbus.
VENUS
Lo primero que hago una vez dentro es ponerme la capucha y encender la cámara, entretanto, me pregunto por qué motivo no habré tropezado con ningún individuo de seguridad que estuviera al pendiente para cobrarme el ingreso. Y como si lo hubiera invocado, defino a un gigante vestido de negro que me señala sobre la muchedumbre. Mi rostro pierde color al contemplar a otros dos dirigirse a mí.
Cuando entré debí pasar por al lado y no los noté, pero claramente uno de ellos sí que logró verme.
¿Qué diablos comen esos superhombres? Seguramente, cuando niños, no solo acabaron con el plato de sopa que su madre les sirvió, sino con la cacerola entera.
De inmediato corro a refugiarme entre la multitud, pensando en la razón que los llevó a perseguirme cuando no detuvieron a Anthony. Sin embargo, las tres veces que lo vi ingresar en el bar a lo largo de esta semana, me esclarece que ya debían conocerlo.
Mientras evado a todo el que se me cruza por el frente, advierto que las instalaciones son amplias. Está repleto de jóvenes que fuman, beben, bailan y, por lo que logro distinguir bajo las deslumbrantes luces de colores que cuelgan del techo y ciertas columnas, consumen píldoras redondas un poco más pequeñas que la uña de un meñique.
A mis oídos les cuesta trabajo acostumbrarse al volumen elevado del ritmo latino. No suelo frecuentar lugares así, principalmente porque me recuerdan el motivo que arrastró a mi padre al fondo del estanque: el abuso de alcohol.
Pero una vez encontrándome dentro, no puedo simplemente echarme para atrás. No me resulta posible. Los gorilas bloquean mi salida.
Veo de cerca cuando una chica —que aparenta más o menos mi edad— coloca en la boca de su compañera una de esas píldoras amarillas con un Emoji impreso, poco después ambas se empiezan a besar y de inmediato me concentro en buscar la silueta atlética por la cual me encuentro en este sitio en primer lugar, sintiéndome como una fugitiva peligrosa que escapa de la policía.
—¿Qué es lo que te traes entre manos nadador? —Siento mayor curiosidad mientras me invade el miedo por ser atrapada, pero a quién voy a engañar, ¡también es muy emocionante!
Pierdo a los de seguridad cuando me escondo cerca del escenario sobre el cual un DJ se encuentra tocando.
Desplazo la vista a través de todo el lugar, y al fondo del todo distingo la espalda ancha de Anthony saliendo por la puerta trasera del bar. Pienso que no está solo cuando la única mujer del lugar que aparenta sobrepasar los treinta, disimula atender una llamada telefónica después que éste le hace una señal.
Cinco minutos más tarde ella cruza esa misma salida.
—Y bien niño rico, ¿cuánto trajiste esta vez? —La escucho preguntar con cierto aire de reserva mientras que, agachada, termino de cruzar ese umbral, ocultándome detrás del sinnúmero de botellas apiladas en el interior de cajas de cartón, manteniendo de este modo la puerta a mis espaldas por si me descubren y tengo que huir.
La mujer teñida de rubio luce ruda. Tiene cada una de sus marcadas facciones tan rígidas, que resaltan ciertas arrugas prematuras en sus ojos verdes muy abiertos y alrededor de la pequeña boca cerrada con fuerza. Luce recia, y aunque también es un poco baja de estatura, de algún modo consigue emanar cierta clase de presencia aplacadora. Es impresionante. Y si acaso debo elegir, definitivamente le temo más que a los bravucones de seguridad.
Cuando la veo sacar un fajo de billetes de su delantal, rápidamente intuyo que es la dueña del bar.
Pero, por otro lado, ¿niño rico lo había llamado?
Me doy cuenta de dos cosas gracias a esa pregunta. La primera, no conozco nada acerca de Anthony, y la segunda, no soy la única. Nadie en la universidad ha imaginado siquiera que frecuenta un lugar así, que lleva píldoras consigo y, por sobre todo lo demás, que es un niño rico.
¡Esto se pone cada vez mejor!
Preparo mi cámara y en esta ocasión sí que calibro el ajuste en manual, lo que me hace perder un par de segundos importantes. Aún no descubro el truquillo de cómo controlar la luz, usualmente las fotografías durante horas de la noche me salen terribles gracias a la sensibilidad ISO y la apertura diafragma, pero por suerte ellos se encuentran bajo un farol, así que no debía presentarme ningún tipo de problema.
Me apoyo sobre una de las cajas y enfoco la mano de Anthony cuando, del bolsillo de su pantalón, extrae una bolsa transparente con zipper. No es muy grande, sin embargo, en su interior consigo reconocer muchas de esas píldoras con caras felices impresas.
Quién es el verdadero contrabandista aquí, ¿eh?
De inmediato le saco una foto a la bolsa, y cuando tuerzo la muñeca con el anillo del objetivo entre mis dedos para alejar el zoom, de repente alguien abre la puerta con tanta energía que esta última golpea mi espalda, arrojándome hacia adelante en tanto presiono el disparador y me estrello contra la pila de cajas con botellas en las que yacía apoyada, cayendo sobre ellas, armando tal alboroto que tanto Anthony como la mujer voltean a verme sobresaltados.
—¿Quién demonios eres? —Escucho preguntar al muchacho que ha terminado de salir, el mismo por quien ahora me encuentro gimoteando ya que puse los codos para soportar gran parte de mi peso corporal, mis manos estaban ocupadas protegiendo a Nik.
¡Nik!
Sintiendo pavor le doy vuelta entre mis manos, presionando el disparador para que la pantalla se encienda en señal de bienestar, pero de pronto lanza un flash directo a mi cara, dejándome ciega durante un corto instante.
—¡Eres tú! —Anthony musita.
No logró definir mi rostro, ¿cierto?
Otro flash.