Lina
Era la última noche de mis vacaciones y el recuerdo de cada uno de los maravillosos momentos que había pasado en este lugar, rondaban mi mente.
No podía evitar dejar al descubierto una sonrisa tonta al pensar lo alegre que habían sido los últimos días. Irme de fiesta, beber hasta el amanecer y una que otra historia alocada en compañía de un chico guapo, sin duda eran recuerdos que no se borrarían fácilmente.
Era mi último noche en la isla, al amanecer partiría de regreso a casa y quería disfrutar por última vez del paisaje nocturno de aquel paraíso tropical. La luna brillaba intensamente, reflejándose en la inmensidad del agitado mar. Una brisa furiosa hacía que mis alocados rizos bailasen al compás de su movimiento.
Mientras obserbaba todo a mi alrededor, mis pies traviesos me guíaban de un extremo al otro de la playa.
No podía evitar pensar en que aunque los últimos días habían sido inolvidables, no podían borrar mi cruda realidad . En pocas horas estaría de vuelta en mi día a día, una vida sin tanta algarabía, envuelta en una exasperante rutina de trabajo.
Rodeada de gritos y exigencias por parte de mi jefa y con la presión constante de sacar los proyectos en el menor tiempo posible para conservar mi puesto en la oficina.
Y aunque pareciera masoquismo, no podía vivir sin ello. Quizá para otros el trabajo solo era un medio de subsistencia, pero para mí lo era todo. Todo mi empeño y sacrificio se encontraba enfocado en mi trabajo y en sobresalir.
Mi mente divagaba un poco y mis ojos curiosos vislumbraron a los lejos la delgada figura de un chico adentrándose en las profundidades del agua. Quizá otro soñador como yo, alguien que no desea volver a la su cruda realidad. Le resté importancia al asunto mientras me decidía finalmente a volver a mi habitación para descansar.
Mientras mis ligeros pies me llevaban en dirección al hotel, la imperiosa necesidad de observar a aquel bañista nocturno no me dejaba en paz. En obediencia a mi instinto, me di la vuelta para verlo una última vez y en ese instante una señal de alerta se encendió en mi cuerpo. Sus movimientos desesperados enviaron una señal a mi cerebro de que algo andaba mal.
Sin pensarlo dos veces, abandoné mis sandalias en la arena y me lancé de clavado al agua. Como pude fui nadando hacia él con la esperanza de que no fuera demasiado tarde. Tras muchos esfuerzos conseguí alcanzarlo, envolví su cuerpo con uno de mis brazos, y comencé a luchar contra las agitadas olas para llevarlo a la orilla.
Con gran esfuerzo, tiré de él, hasta que logré arrastrar su delgada figura hacia la arena poniéndolo a salvo. Con los nervios de punta por la situación y sin saber qué hacer, empecé a golpear su rostro con intensidad.
—¡Reacciona, por favor! —imploré sintiendo cómo el pánico se apoderaba de mí.
A pesar de la intensidad con la que lo golpeaba, su cuerpo no reacciona. En un último intento por salvarle la vida, me lancé contra su cuerpo para darle respiración de boca a boca y como pude presioné mis manos sobre su pecho.Mi corazón latía a mil por segundo
—No te mueras por favor. —susurré mientras sollozaba y un nudo indescriptible se iba formando en mi garganta.
La posibilidad de que estuviera muerto comenzaba a rondar por mi cabeza. No podía ser posible que mis vacaciones terminaran en tragedia. Mientras observaba el cuerpo inmóvil del chico, de mis ojos comenzaron a emanar un millón de lágrimas. Sin poder contenerme más rompí en un intenso llanto.
Mientras lloraba desconsoladamente, el chico comenzó a expulsar el agua mediante una tos ahogada y tras reaccionar intentó incorporarse. Movida por el impulso, me avalancé sobre su cuerpo y cómo si le conociera de toda la vida, lo rodeé con mis brazos.
—¿Estás bien? —pregunté mientras una tierna sonrisa se dibujaba en mi rostro acompañada de una lágrima.
—¿Estoy muerto? —su voz salió ronca al preguntar.
—Si tonto, estás muerto y yo soy tu ángel guardián. —ante la tontería que acababa de decir, solté una risa un poco más animada.
—Si hubiera sabido que me tocaría un ángel tan hermoso lo habría hecho antes. — Ante sus palabras, mis mejillas se colorearon de un color rosa intenso.
Ya habiendo pasado el susto el chico se incorporó sentándose en la arena con la mirada clavada en mi. El agua aún chorreaba de mis arruinados rizos, y haciendo que el fino vestido que llevaba puesto se ciñera a mi cuerpo dejando al descubierto mis pezones.
Sin poder disimular, el desconocido que se encontraba frente a mi, clavó sus indiscretos ojos en mis pechos, haciendo que la vergüenza quemara mis venas.
—Ya me tengo que ir —dije molesta mientras me cubría con ambas manos.
—Ta-tan pronto —tartamudeó nervioso. —¿y si me pasa algo?
—Ya estás en perfectas condiciones, puedes arreglártelas solo —repliqué enfadada mientras me marchaba del lugar dejándolo solo.
—¿Oye, cuál es tu nombre? —dijo a gritos mientras me alejaba, pero la única respuesta que consigió, fue mi silencio.
“Como todos, tan básico”
Siempre había detestado el instinto carnal de los hombres, pero este chico acababa de superar los límites de mi paciencia. Por suerte era la última noche, así no tendría la penosa suerte de volverme a cruzar con ese capullo. Una leve sonrisa de alivio escapó de mis labios.
#3272 en Novela romántica
#140 en Joven Adulto
romance de oficina, enemies to lovers, autodescubrimiento personal
Editado: 17.04.2026