El Engreído Hijo de mi Jefa

Capítulo 3: Un beso inesperado

Lucas

—¿Si, quién habla? —pregunté intrigado. El número del que me estaban hablando no figuraba entre mis contactos.

—Nos vemos en cinco minutos en el café cerca de la agencia.

—Ahora no puedo verte, estoy trabajando. Te llamo más tarde y quedamos.— de inmediato reconocí la voz al otro lado del teléfono.

—Si que puedes, a menos que quieras que todo el mundo sepa.... —dejó la frase en el aire con total cinismo.

Apreté con rabia el teléfono dejando a la vista mis blancos nudillos. Quería descargar toda aquella rabia que estaba sintiendo de algún modo, pero no podía; no cuando estaba en juego el futuro de la empresa. Sin poder hacer más que callar, tomé una bocanada de aire para calamarme.

—Dame media hora y estaré ahí contigo —intenté ganar tiempo.

—Está bien, en media hora nos veremos; ni un minuto más ni un minuto menos. Te quiero. —colgó sin decir más. Me enfadé, ella ni siquiera conocía el significado de aquellas dos palabras como para estarlas usando a la ligera.

La sangre hervía en mis venas. Solo tenía media hora para intentar solucionar aquel asunto. Decidido a ponerle fin a este asunto, tomé un cheque en blanco de la oficina de mi madre y me decidí a bajar por las escaleras, así tendría más tiempo para buscar el modo adecuado de acabar con esto. Mientras lo hacía, mi mente me transportó a mi último año de universidad.

—¿Lucas, estás loco? —sus hermosas coletas rubias contrastaban perfectamente con su sonrisa y el hermoso vestido rosa que llevaba puesto, la hacía lucir como una princesa.

Si lo estoy —respondí rodeando su cintura con ambas manos dejándonos muy cerca el uno del otro —estoy loco, pero por ti —dejé sobre sus finos labios un apasionado beso.

—¿Te imagina nuestra boda —dijo con los ojos llenos de ilusión.—,yo vestida de blanco, llevando un ramo de gardenias y tú con un hermoso traje negro esperándome junto al cura que va a unirnos para siempre?

Muy pronto Anaí, no solo vas a imaginarlo; vas a vivirlo. Muy pronto entrarás a la iglesia del brazo de tu padre y ese día te haré mi esposa. —sus hermosos ojos azules se llenaron de lágrimas.

Te a tanto Lucas —rodeó mi cuello con sus brazos y me arrulló en un fuerte abrazo.

Y yo a ti mi amor —fue lo último que dije, antes de estampar una vez más mis labios contra los suyos.

Un vistoso cartel con el nombre del Café, daba entrada al acogedor lugar. Con paso firme y una decisión clara en la mente me encaminé hacia el interior. EI lugar lucía acogedor, perfecto para disfrutar una linda tarde en familia; pero el motivo de esta reunión no tenía nada que ver con algún asunto agradable.

Una mano ondeante se levantó en medio del salón para indicarme el lugar justo donde debía sentarme. Sin pensarlo demasiado, fui hasta la mesa señalada y me senté sin decir una sola palabra.

Anaí se encontraba justo frente a mi. Con una sonrisa cínica en el rostro, observaba cada uno de mis movimientos. Permanecí casi inmóvil durante varios minutos con su mirada atenta clavada en mí.
No sabía que decir o cómo actuar. Ella y yo no éramos amigos y ella aún no lo tenía muy claro.

—Demoraste mucho —dijo en voz baja rompiendo el silencio.

—Dime qué quieres —fui seco —pensé que todo había quedado claro entre nosotros en la isla aquella noche.

Con un movimiento sutil de su brazo hizo que el mesero viniera en nuestro dirección. Su amplia sonrisa contrastaba perfectamente con su look veraniego.

—¿Están listos para ordenar? —preguntó sosteniendo su agenda y su bolígrafo entre sus manos, listo para tomar la orden.

—Yo deseo una ensalada por favor. —pidió ella, enrollando su liso cabello entre sus dedos.

—Y el señor, ¿desea ordenar algo?

—Agua está bien —asentí amablemente.

Después de hacer el pedido, el camarero se retiró del lugar dándole nuevamente paso a la incómoda conversación que estaba por venir.

—¿Qué querías hablar conmigo? —pregunté impaciente, con el seño fruncido.

—Relájate, primero acompáñame a almorzar. —dijo en un tono que no me gustó para nada.

Por la forma en la que estaba hablando, estaba seguro de que lo que iba a decirme no iba a gustarme para nada. La persona que estaba frente a mi, no era para nada aquella dulce e inocente chica que había conocido en la universidad. Ahora era una mujer más fría, calculadora y experta en la manipulación.

—No tengo todo el tiempo del mundo. —me quejé.

—Está bien, si insistes en ir directo al grano te diré lo que quiero. —dijo dejando a un lado su ensalada. —Quiero entrar en la empresa. —aquellas palabras hicieron eco en mis oídos.

—¿Estás loca?, sabes que eso jamás pasará.
—Lucas es eso o..... ya sabes. —dijo con total frialdad.
—Me maravillas Anaí. ¿Cómo eres capaz de chantajearme con algo así? —sentí mi estómago revolverse ante la naturalidad con la que me chantajeaba.

—No puedo hacer eso, sabes que no está en mis manos. —apreté los puños con rabia ante la impotencia.

—Se qué vas a ingeniártelas, siempre lo has hecho Lucas. —sentí la sangre caliente recorrer mis venas.
De pronto, sin esperarlo se formó una alboroto en medio del café. Una chica que me parecía conocida discutía en voz alta con un hombre mientras todos los presentes los observaban.

—¿Por qué lo haces? —dijo el chico con la voz quebrada.

—Es qué.... —la chica rascó su nuca, lucía nerviosa.
Tanto Anaí como yo los observamos atentos.

—¿Acaso tienes a alguien más?

Todos esperábamos la respuesta de la chica. A pesar de la tensión existente entre Anaí y yo era inevitable no prestar atención a semejante espectáculo. Sin pronunciar una sola palabra, la chica en cuestión comenzó a caminar en dirección a nosotros.

Parecía buscar una salida y justo cuando mi mirada se clavó fijamente en ella, pareció encontrarla. Sin aviso previo presionó sus labios contra los míos en un salvaje beso, al que no tuve tiempo para responder.




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