Corona Pesada
Dicen que la lealtad de un noble dura lo que una copa de vino. Mientras observo la mesa del consejo, confirmo que es cierto: labios que sonríen, ojos que evitan mirarme, dedos que tamborilean con impaciencia como si mi voz fuese un estorbo.
El salón huele a cera derretida y a traición. Los estandartes de mi casa cuelgan orgullosos en los muros, pero hasta el oro bordado parece burlarse de mí. Cada rostro que me rodea lleva una máscara, aunque ninguno de ellos se moleste en ocultarlo bien. Todos creen que soy joven, débil, fácil de quebrar. Quizá lo sea. Pero no lo sabrán hasta que ya sea demasiado tarde.
-Mi rey -dice el duque Varengar, inclinando apenas la cabeza-, las arcas están vacías. El pueblo clama por pan, y el ejército... el ejército no marchará sin paga.
Mentira. No es hambre lo que los mueve, sino ambición. Sé que tras esas palabras se esconde el eco de otra amenaza: un ejército puede cambiar de estandarte tan fácil como un cortesano cambia de amante.
Sonrío, despacio, lo suficiente para que el duque calle antes de terminar su argumento.
-Las arcas se llenarán -respondo, con voz tan fría como el mármol bajo mis pies-. No porque lo digas, Varengar, sino porque así lo ordeno. Y si alguno de ustedes duda de que el ejército marchará... -miro cada rostro, uno a uno, hasta que algunos bajan la vista-, recuérdenle que las murallas del castillo son altas. Muy altas. Y una caída desde ahí suele convencer mejor que una bolsa de oro.
El silencio pesa. Hasta que uno de ellos rompe el aire. El conde Halvar, viejo como la peste y con la lengua más venenosa de la corte, se inclina hacia adelante.
-Con todo respeto, Majestad -su voz es áspera, cargada de veneno disfrazado de cortesía-, las murallas no dan de comer a los soldados. Ni a los campesinos. Y un rey que amenaza a su propio consejo se queda pronto sin reino.
Algunos nobles se enderezan en sus asientos, atentos. Otros sonríen con esa chispa de esperanza que solo un traidor despierta.
Me pongo de pie. El eco de mis botas contra el mármol corta la tensión.
-Conde Halvar -mi voz truena, firme-. Usted dice que un rey que amenaza a su consejo se queda sin reino. Yo le digo esto: un consejo que amenaza a su rey no merece seguir respirando.
Hago una seña con la mano. Dos guardias avanzan como lobos entre los hombres, las armaduras resonando en la sala. Halvar palidece, aunque intenta mantener la compostura.
-Hoy aprenderán todos que las murallas no solo sirven para defender. También sirven para recordar qué pasa con quienes olvidan a quién sirven.
Un murmullo recorre la sala, pero ninguno se atreve a protestar. Halvar me mira con rencor, con esa terquedad de perro viejo que aún no acepta la correa.
Lo dejo vivir. Por ahora.
Porque la muerte pública sirve para imponer respeto. Pero la venganza silenciosa destruye raíces. Y yo no quiero cortar solo al hombre... quiero arrancar la red de traidores que lo sostiene.
Soy Cassius Thalorin. Y he decidido que el conde Halvar será mi ejemplo: no morirá hoy, pero cuando caiga, lo hará de tal forma que su nombre se vuelva advertencia.
Miro ausente expresiones que rodean a la corte y aun asi la mirada de el quiere irradiar fuerza pero nada sale igual que alguno pero todos son iguales de corruptos, no entiendo como mi padre no se dio cuenta de ello o tal vez si pero, ¿porqué no hizo nada?
Me parece un perdida de tiempo, el murmullo sigue en pie sobre la estructura del salón, me levanto de mi asiento y no es hasta este momento que se callan como loros al peligro.
Los miro uno a uno, todos con enigma encima, esperando el primer movimiento de su rey.
Tomo la copa de vino y la levanto dando un brindis.
-Brindo por ustedes, la gran corte-hago un movimiento y ellos me siguieron-la gran corte del rey, por un nuevo inicio y futuros arreglos.
-Salud.
Gritaron al unión.
Me es detestable la situación pero de poco a poco se irá cambiando el destino de este reino y empezaré por la corte, no pienso cometer el mismo error de mi padre.
Tomo la copa y me la empino como si de agua se tratase.
Uno de mis guardias se acerco, el ruido de su armadura sonó en constante unison todos voltearon y esperaron.
-Mi rey, el principe Balthazar Thalorin-pauso y miro a la audiencia-Proclama su presencia con asunto urgente.
Se acomodó en posición dándome una reverencia la cual solo asentí y solo eso fue suficiente para despacharlo.
-Señores hasta aquí llego esta reunión.
Y sin darme cuenta un calvario se vendría encima de mi reino.
Camino con paso firme sintiendo las miradas de todos sobre mi espalda como saco de hierro, pesado, el vaivén de los pensamientos de que podría pasar no me deja tranquilo puesto que mi hermano muy pocas veces requiere de mi presencia.
Doblo unos cuantos pasillos antes de dar con el despacho. Sintiendo una raro presagio me quedo estoico sobre la superficie de las puertas de roble oscuro.
Sin mas que hacer entro con la sensación abarcando todo mi cuerpo, y es ahí cuando lo miro dando me la espalda, al notar mi presencia se voltea.
-Mi rey.
Inclina su cabeza.
-Dime hermano que es lo que aclama mi presencia y cuya atención es requerida por ti.
Su mirada notaba una leve nota de preocupación pero fue fugaz como pequeña estela callendo del cielo.
-Cassius estamos en problemas, el reino del Norte no esta conforme con el tratado que les has impuesto-Levanto su mirada-Proclaman una reunión con usted mi rey.
Siendo mi hermano conozco cada movimiento y gesto de él, en estos momentos esta tenso y algo rígido al parecer, algo ocurrió en ese viaje.
-¿Que fue lo que ocurrió?, Todo estaba bien, habíamos quedado que el norte respetaría las normas que puse sobre su mesa.
Guardo silenció.
-¿Balthazar que fue lo que paso?