El Tratado de Arvendal
En la lejanía, rodeado de bosque frondoso y espesa vegetación un pequeño conjuro se alza sobre brazas brillantes, un hombre con sed y hambre de poder pide lo inevitable una corona, un trono y algo más que joyas brillantes y monedas de oro, quiere ser alguien que ni con el conjuro más oscuro podrá obtener, segado por la ira y la creencia de que algo que no tiene le pertenece por ideas que se le fueron inculcadas.
—¿Cuánto tiempo más vas a tardar?, no tengo tiempo para seguir esperando.
La mujer sentada frente del hombre solo entrecerró los ojos, sus ojos ámbar detallaron con precisión la cara del hombre, alto e imponente, ella solo sonrió, su desesperación le daba gracia.
—Acaso te burlas de mi Caiyá.
—Para nada Baljash mío.
El hombre relajo su semblante y con paso firme se acercó a la mujer, quien lo miraba con un brillo de deseo, la tomo de la mano y la alzo así el, dejándola parada frente su cuerpo, paso su mano izquierda por su espalda, la cual era suave, termino de recorrer y coloco su mano en aquella cadera que por momentos lo enloquecían de un vago deseo.
—Mujer no me hagas perder el tiempo, sabes lo valioso que es para mí, recuerda que tu vida depende de un hilo—El hombre la tomo de la barbilla para que lo mirara—Mírame cuando te hablo, quiero que entiendas eso querida mía, recuerda que entre más rápido hagamos esto, el asqueroso de Cassius se ira al carajo y tu junto conmigo gobernaremos todas las tierras de Thalorian, el tiempo es tan valioso como tu querida, entre más rápido mejor.
Caiyá bajo la mirada cuando sintió que el hombre se alejaba de ella, tenía los ojos fijos en el suelo pensando una y mil maneras de salir de aquel lugar confinado, se sentía presionada pero que podía hacer, todo se reducía a nada por él. Todo porque el decía amarla y ella porque sin complicaciones callo en sus redes, se enamoró y aquello la ato de manos, su amor por el no la deja pensar, él le da promesas y ella solo asiente como cachorro obediente ante su amo.
Cree que el será su salvador, su alma está atada a aquel hombre, levanto la mirada y lo único que tenía enfrente de ella era su propia imagen reflejada sobre el espejo que colgaba sobre la puerta que ya se hallaba cerrada, su fuerza y valentía ya se reducía a nada.
Se hacía pensar y creer que era fuerte, pero cuando aquel hombre le tocaba se reducía a nada, la drenaba con tan solo mirar aquello ojos oscuros como la misma noche.
~° ♤ °~
Todos en el Salón de los Estandartes estaban impacientes. La corte de Briteren murmuraba entre sí, incapaz de ocultar la tensión que flotaba en el aire. Ese día llegaría el nuevo rey de Thalorian, un monarca joven que apenas llevaba un año con la corona, pero cuya reputación ya había recorrido todo el continente de Bakhashta como un viento oscuro.
Cassius, el predestinado, el heredero del reino más grande y temido del continente. Algunos lo comparaban con su padre, un rey legendario. Otros aseguraban que no era más que un muchacho arrogante. Pero quienes realmente lo conocían sabían la verdad: Cassius era imponente, recto… y cruel con todo aquello que consideraba inútil. En un solo año había doblegado a nobles, sometido a ciudades rebeldes y amenazado incluso a su propio consejo.
Por eso, el rey Mattius Calser, soberano de Briteren, se encontraba inquieto. No aceptaría ningún tratado si Cassius no se presentaba en persona. No firmaría nada enviado por carta, ni aceptaría a un príncipe como representante.
Si Thalorian quería un tratado, el rey debía presentarse ante él.
Mattius caminaba de un lado a otro, con el ceño fruncido.
—¿Por qué no ha llegado? —gruñó—. ¿Acaso no se toma en serio la puntualidad?
Sus consejeros guardaron silencio. Nadie se atrevía a responderle. Pero entonces, el sonido retumbante de los cerrojos resonó en el salón. Las dos enormes puertas de roble sólido se abrieron de par en par. Un viento frío entró primero. Después, un hombre alto, de porte imponente, cruzó el umbral con paso firme. Su mirada estoica, de un azul penetrante, atravesó la barrera de guardias y cayó directamente sobre Mattius, haciéndolo sentir un escalofrío que no recordaba haber sentido jamás.
Cassius había llegado.
—Rey Mattius Calser —dijo con voz profunda—, un gusto al fin conocerlo.
Cassius inclinó ligeramente la cabeza. No era una reverencia completa, pero tampoco una falta de respeto. Era… lo justo. Lo suficiente.
Mattius, sorprendido por la presencia del joven rey, respondió con una reverencia más marcada. Se puso de pie y caminó hacia él. El eco de sus botas resonó en todo el salón. Cuando llegó frente a Cassius, extendió la mano.
—Cassius, es un gusto tenerlo ante mí.
—Rey Cassius —corrigió él, con una sonrisa apenas perceptible—. Y no estoy aquí para teatro ni formalidades tontas que no me interesan. Vine porque quiero cerrar el tratado de una vez por todas. Pediste mi presencia… pues aquí la tienes, rey.
El ceño de Mattius se frunció.
Jamás, en sus cuarenta y ocho años, alguien le había hablado con tanta confianza… y tanta arrogancia. Ni siquiera el antiguo rey de Thalorian había sido tan directo. Pero tragó su orgullo.