El enigma en lo prohibido

Capítulo 1

Había agua tras los muros, o al menos eso creía, porque cuando pegaba mi oído contra la pared, podía oír a lo lejos el mismo sonido que hacía el agua al ser arrojada desde una cubeta contra una superficie plana.

No hacía mucho tiempo había descubierto un hueco en el muro; apenas podía asomar un ojo para ver el exterior. Sin embargo, no lo hacía muy a menudo porque me aterraba ese inmenso azul y su extraño movimiento. Parecía algo demoniaco.

Me daba miedo que ese fuera el lugar al que iban las personas que se portaban mal: las que se levantaban contra los oficiales o las que no estaban en casa a las seis de la tarde, cuando las rejas se cerraban. Mamá me había dicho una vez que ellos eran llevados al cielo, pero cuando le señalé el lugar donde estaban las estrellas, solo negó.

Puse una mano sobre mis ojos para que el sol no nublara mi vista y pensé mucho, pero no se me ocurría nada: nada que hubiera visto antes se parecía a aquello. Frustrada, me alejé del agujero. ¿Era agua, era cielo, o ambas cosas? ¿Llegaría a saberlo algún día?

—Eleonor, ven a darme una mano.

La voz de mi padre me hizo dar un brinco.

Me puse de pie rápidamente, sintiéndome descubierta. Mientras caminaba hacia él, pensaba en cómo explicarme: podría decirle que miraba una grieta o que estaba descansando… con la cara pegada a la pared. Pero en cuanto llegué a su lado, me pidió que sostuviera la madera desde la base, y el espacio que imaginé lleno de preguntas se ocupó con sus gruñidos de esfuerzo mientras clavaba con el mazo.

—¿Sabes de tu hermano? —preguntó, quitándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.

Levanté la cabeza para mirarlo. Sus ojos verdes me observaban con impaciencia.

—Debe estar jugando en algún árbol. Aparecerá antes de que sea hora de volver a casa —respondí atropelladamente.

Él solo emitió un sonido gutural y continuó trabajando hasta que la madera quedó firme.

—¿Para qué es la valla, papá? —me atreví a preguntar.

—Así esos malditos vecinos lo pensarán dos veces antes de robarnos.

Miré hacia la propiedad contigua. Los Bassett eran los únicos que habían decidido vivir fuera del recinto de agricultura y que se les había permitido. Los demás recintos eran horribles: los artesanos, los ganaderos, los costureros, los orfebres… Todos vivían y trabajaban dentro del mismo lugar, sin poder salir jamás, a menos que recibieran un castigo. En ese caso, los sacaban quisieran o no.

Nosotros, los agricultores, éramos los únicos que podíamos salir para trabajar. Y todo porque la tierra dentro de nuestro recinto nunca dio vida ni a un frijol. Aun así, todos creíamos que los Bassett habían enloquecido, porque esa era la única explicación para que los dejaran vivir fuera.

—¿Cómo estás tan seguro de que nos roban?

Papá arqueó una ceja. Ese simple gesto bastó para que me arrepintiera de haber abierto la boca.

—Solo lo sé. Y no lo harán más.

Se rascó la barba, señal de que empezaba a molestarse. Preferí guardar silencio el resto del tiempo.

Aún faltaba mucho para que la valla tuviera alguna utilidad. No teníamos los boms suficientes para comprar toda la madera necesaria. Tras comprar la despensa del mes, tan solo bastaba para comprar cinco tablas. Del terreno que trabajábamos, solo habíamos logrado levantar una línea, y ya no podíamos seguir comprando más madera.

Una prioridad mayor crecía día a día: un cuarto hijo. Pero papá parecía negarse a enfrentarlo.

Mamá decía que él había enloquecido de felicidad cuando nació Nathaniel, un varón al que podría enseñarle todo lo que sabía y que ayudaría a cuidar a mamá cuando envejecieran. Luego llegué yo y, cuando vio que heredé sus ojos, nunca había visto tanta ternura en su rostro. Durante once años, todo estuvo en equilibrio… hasta que llegó George, y papá aseguró que sería el último.

Y ahora, seis años más tarde, otro más venía en camino.

La preocupación lo había vuelto más agrio, pero lo entendía por completo. A duras penas alcanzaba la comida para nosotros cinco, un nuevo hijo era algo inconcebible. Así que cuando las menstruaciones de mamá se detuvieron y sus pies volvieron a hincharse, la casa se sumió de nuevo en las penumbras.

—¿Qué mirabas en el muro? —preguntó de repente.

Sentí la garganta seca.

—No lo sé…

—¿Cómo que no sabes?

Pensé en decirle la verdad, pero su ceño fruncido no me daba confianza para contarle mis teorías.

—De verdad no sé qué es —murmuré.

Frunció más el entrecejo, confundido.

Entonces un grito rompió el momento. Nathaniel corría hacia nosotros a toda velocidad. Su cabello desordenado y su expresión dejaban claro que algo pasaba. Papá corrió hacia él y yo lo seguí por inercia.

—¡Tienen que venir a casa ahora!

El sudor hacía que su cabello luciera más oscuro y que su camisa se pegara a sus abdominales.

—¿Está bien mamá? ¿El… bebé? —pregunté, con voz temblorosa.

—Todo está bien. Es algo bueno —respondió Nathaniel, con una inmensa sonrisa. Papá y yo nos miramos entre sí—. Unos oficiales llevaron a uno de ellos a casa. Hubo un accidente en uno de los recintos. Mamá lo está atendiendo.




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