Aunque de mis labios no saliera ni una sola palabra, por dentro estaba gritando de pánico. Aquel hombre era el retrato mismo de la furia: las cejas fruncidas hacia abajo, los labios apretados, que abría de tanto en tanto para soltar palabras irrepetibles. Parecía de otra época. No quedaba ni rastro del hombre sereno que había visto minutos antes.
Mamá me miró a los ojos. En los suyos no había miedo, solo una intensidad que intentaba decirme algo que no lograba descifrar. Tal vez me pedía que no hiciera nada imprudente… o que actuara de inmediato.
Los labios me temblaron, pero aun así conseguí decir:
—No es… No es lo que usted piensa, oficial.
—Calla. Y retrocede —ordenó, afianzando el agarre en el cuello de mi madre. Ella se quejó, contrayendo el rostro.
Tomé la mano de Chad, de reojo vi su mandíbula tensa y sus ojos desorbitados.
—La mujer a la que piensa cortarle el cuello es la misma que sanó sus heridas. No fuimos nosotros quienes le hicieron eso —dije.
Su mirada se suavizó apenas. Dudó, lo supe. Pero su mano no cedió, y noté el dolor en el rostro de mamá.
—No somos sus enemigos, solo queremos ayudarlo. ¿Podría soltarla, por favor? —insistí.
Negó con la cabeza. La desesperación comenzó a crecer en mi pecho.
Evalué, en un segundo, todas las formas posibles de obligarlo a soltarla —ninguna sin riesgo de mi propia vida—, pero antes de tomar una decisión, escuché los pasos y las voces de Nathaniel y papá.
—¿Qué sucede? —preguntó papá al llegar. El hombre soltó el cuello de mamá solo para apuntarnos con el cuchillo—. Oficial, veo que ya ha despertado.
—Los van a depurar por esto. Yo mismo me encargaré —dijo con una lentitud que me erizó la piel. No era una amenaza. Era una promesa.
—¡Suéltala, cabrón! —gritó Nathaniel.
Papá lo detuvo antes de que se abalanzara sobre él, aunque no pudo contener la furia en su mirada.
—Tú serás el primero, niñato —escupió el oficial. Los puntos de la herida de su mejilla se abrieron y la sangre volvió a brotar. Y empezó a señalar a cada uno de nosotros—. Luego tú… tú… y tú.
Su mirada se posó finalmente en mí.
El odio en sus ojos cayó sobre mí como una losa. No pude apartar la mirada, aunque el miedo me paralizaba.
—No le hemos hecho nada. Si no nos cree, pregúnteles a sus compañeros —dije, rompiendo el contacto visual.
El silencio se extendió. Sentí el peso de mi error: estaba invitando a más oficiales a nuestra casa.
—Bien. Nathaniel, ve por uno —dijo papá con calma.
—Ni hablar…
—¡Ve! —ordenó, esta vez sin espacio para discusión.
Mi hermano se marchó, furioso.
—Espero que no sea un truco —gruñó el oficial—. O les juro que la mato.
—No lo es. Solo debemos esperar —respondió papá, con una tranquilidad que me desconcertó—. Disculpará, pero deseo entrar en mi casa.
Avanzó con cautela. Chad y yo lo seguimos. El oficial retrocedió apenas, analizándonos uno a uno.
—¿Podría… soltarme? —susurró mamá.
No respondió.
—Está embarazada —añadí.
Entonces, tras unos segundos eternos, la soltó, aunque no dejó de apuntarnos. Mamá respiró con dificultad.
—¿Podemos sentarnos mientras esperamos? Debe estar débil —propuse, suavizando la voz.
Asintió.
Nos acomodamos alrededor de la mesa. Él mantuvo el cuchillo en la mano.
—Sin cuchillos, ¿podría ser? —intenté.
—No —respondió, con falsa cortesía.
El tiempo se volvió espeso. Su mirada nos mantenía a todos con los ojos bajos, salvo papá, que no retrocedía.
—El chico tarda demasiado —murmuró, haciendo girar el cuchillo—. Tal vez deba empezar a ejecutarlos… Creo que comenzaré contigo, mechudo.
Chad comenzó a temblar. Su respiración se volvió errática.
—Y-y-yo… p-por favor… —balbuceó, cerrando los labios y los ojos con firmeza, como si en su interior se estuviera castigando por no conseguir hablar sin tartamudear.
—No será necesario. Mi hermano volverá pronto —dije, sosteniendo su mirada.
—Empiezo a hartarme —replicó.
—Entonces tendrá que aprender a ser más paciente —respondí, sin medir las consecuencias.
—¡Eleonor! —me reprendió papá.
Bajé la mirada, mordiéndome la lengua.
—Discúlpela, oficial, todo esto nos tiene a todos bastante nerviosos, no sabe lo que dice. —Mamá abogaba por mí, haciendo que mi mirada se crispe.
El silencio se volvió cortante.
El resto de la espera fue un abismo… hasta que:
—¡Hemos llegado!
Nathaniel apareció, acompañado de dos oficiales. Papá y mamá se pusieron de pie para recibirlos, sin embargo, mi amigo y yo permanecimos en nuestros lugares. El aire se había vuelto incluso aún más pesado.