Habíamos quedado en salir, es su forma de pedir disculpas por el otro día. Y no me pareció nada mal la idea.
Mencionó que llegaría algo tarde, pero si deseaba podía ir pidiendo la comida. Lo esperé.
Pasó alrededor de una hora, envié mensajes. Nada. Dos. Tres. Cuatro. Y nada. Por poco pensé que me dejaría plantada hasta que llegó, qué hombre más guapo.
—Andrés…
—Guapa.
—Pensé que no llegarías.
—Mi vida, mira, en primer lugar vinimos acá tanto por vacaciones como por algunos contratos que tengo que hacer. A veces lamento no poder llegar a esto a las horas, pero he intentado llegar lo más temprano que pueda.
Tomó mi mano y la besó. El camarero no tardó mucho en venir para ver si ya vimos algo. Pedí un Haupia y él un Shave Ice.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —mentí.
No dijo nada más. No era la salida lo que me molestaba, sino algo diferente, algo que no me gustaba mucho.
—No me gusta verte así.
Dudé en decírselo, pero no podía ocultárselo, era mi prometido.
—Ha pasado algo con Enzo.
Su mandíbula se tensó, desvió un poco la mirada. Estaba cabreado en lo absoluto.
—¿Te ha amenazado otra vez?
El tono de su voz fue más agresivo. Asentí.
Hace algunos meses, mi jefe Enzo comenzó a amenazarme de votarme del trabajo si no hacía lo que me pedía. Claramente no me había dejado, pero no me beneficiaba quedarme sin trabajo a estas alturas. Yo también aportaba con dinero en la relación, y no era justo. Se lo comenté a Andrés, que casi lo mata en su oficina, por suerte no llegó a mayores.
—Mientras venía para acá me ha dado hasta las diez de la noche para que le mande a su correo la nueva noticia que tengo que redactar.
El suspiro pesado de Andrés me confirmaba el hecho de estar más que enojado.
En unos minutos llegó nuestro pedido. Comí sin muchas ganas.
Puso su mano sobre la mía, dándome fortaleza. Pagó la comida y salimos directo a su auto. Pusimos música y cantábamos a todo volumen. Me gustaba esto.
Apenas llegué a casa me puse a escribir y redactar. Andrés estaba a mi lado todo el tiempo, dándome besos, leyendo lo que escribía o me traía el café. Se puso detrás de mí y me abrazó como peluche, mientras su cabeza reposaba en mi hombro.
A la mañana siguiente desperté con muchos ánimos. Todo estaba en silencio. Andrés no se encontraba en la habitación. Tal vez preparaba el desayuno. Me quedé mirando el techo un rato. Tenía esa sensación molesta en el pecho acompañada de náuseas.
Me levanté y fui directo a la cocina. Había una taza de café servida. Tibia. Un gesto de él, qué romántico. Me senté en el comedor con la taza entre las manos. Mis manos se tornaron tibias sintiendo esa calidez. Me quedé mirando la pantalla del celular, viendo algunos videos.
Hasta que me fijé en la hora.
¿QUÉ RAYOS? Eran las once y veinte del día.
Pasaron cinco minutos. Luego diez. Tomé la taza y la llevé al lavadero. A los veinte minutos volví a revisar. Nada. Hasta los treinta minutos que me llegó un mensaje de Alba, una de mis mejores amigas. Hablamos un poco, divirtiéndonos en la llamada.
Llegó Andrés. De lejos se le veía cansadísimo. Apenas me vio y me besó.
Fuimos al balcón. Él me volteó para quedar cara a cara.
—Un contrato ha salido mejor que nunca, así que, ¿qué te parece si vamos al cine?
Besó mi cabeza y miles de sensaciones vinieron a mí.
—Me parece bien, con tal de que sea contigo.
Otra vez esa sonrisa. ¿Cómo no podía enamorarme de él si es precioso? Es una estatua hecha de cristales que reflejan cosas tan bonitas que con solo tocarlo te da miedo de romperlo.
Nos arreglamos rápido. No necesitaba mucho. Con él, a veces, bastaba con que me dijera cosas lindas para que me olvidara de todo lo anterior. Durante el camino al cine no hablamos mucho. Él iba manejando, una mano en el volante, la otra sobre mi pierna. Como antes. Cantábamos Deseándote de Frankie Ruiz.
—¿Qué veremos?
—La que tú quieras. Solo no me hagas dormir —respondió con esa sonrisa perezosa que me hacía latir el corazón.
Durante la película me tomó de la mano. Me acariciaba el pulgar con el suyo. Cada tanto me miraba, y yo sonreía como una tonta enamorada.
Cuando salimos del cine, caminamos hacia la playa. El cielo ya se había teñido de naranja. Andrés se sacó los zapatos y metió los pies en la arena.
—¿Te gusta estar aquí conmigo? —me preguntó sin mirarme, como si la respuesta no importara.
—Sí.
Y era verdad.
Me acerqué a él. Nos quedamos en silencio. El mar delante. El atardecer detrás.
Él me miró, acarició mi mejilla y dijo:
—Te quiero, Lía.
Con mucho amor, era un momento grabado en mi cabeza.
Al separarnos, tomó mi mano y la besó.
Nos sentamos juntos en la arena, sin hablar mucho. El sonido del mar llenaba los espacios vacíos entre nosotros.
—¿Te acuerdas de la primera vez que vinimos al mar? —le pregunté.
—Claro que sí. Llovía. Y aun así me arrastraste a la orilla.
—Y tú me seguiste aunque detestas mojarte los zapatos —sonreí.
Andrés rió también, sincero, aunque con los ojos cansados.
—Hacías muchas cosas por ti antes… —dijo en voz baja, con nostalgia.
Me quedé en silencio. No quise preguntar por qué ya no lo hacía.
Nos quedamos ahí hasta que el sol desapareció del todo. Luego volvimos al auto. El viaje fue corto, sin mucha charla, pero con esa falsa paz que a veces se siente después de haber limpiado una herida.
Ya en casa, él se duchó primero. Yo me quedé sentada en la cama, desmaquillándome, ordenando mis pensamientos.
Al salir del baño, Andrés se acercó y me abrazó por la espalda.
—Te amo, Lía —susurró contra mi cuello.
Y lo creí.
O al menos, quise hacerlo.
Me giré, lo abracé fuerte. Nos acostamos juntos, en silencio, y por primera vez en mucho tiempo me dormí entre sus brazos.