¿Él era el indicado?

Ryan.

Por instinto habría cerrado la puerta, pero lo conocía a la perfección; hacerlo solo empeoraría las cosas. Me mantuve firme. No podía dejar que viera mi desesperación ni mi miedo. No. Ya no.

Andrés

—Bien, nos vemos —me despedí de la chica. Era una clienta que conocía desde hace algunos años. A pesar de que no me llevaba del todo bien con ella, intenté mantener la calma y actuar como una persona razonable, aunque a veces me daban ganas de romperle el cuello lo antes posible.

Llegué a mi auto y subí, cerré la puerta con un portazo. Qué rabia. Conduje hasta el departamento y, mientras subía las escaleras, escuché voces. La de Lía… y otra más. No. No podía ser él.

Aceleré el paso. Apenas lo vi, pasé por su lado y me planté frente a Lía. No pensaba permitir que le volviera a hacer daño como hace dos años. Era un maldito. ¿Había salido de la cárcel?

—¿Qué quieres?

Lía abrazó mi brazo derecho con suavidad. Sabía que no quería causar problemas, pero joder…

—Pensé que te emocionarías más al verme, Benetti. Qué lástima, ¿no? Pasaba por aquí, vi la luz prendida de tu departamento y pensé: “Wow, Lía ha vuelto. ¿Por qué no darme una bienvenida cordial?”

—Tú no tienes por qué darle ninguna bienvenida a mi prometida. Así que te pediré que salgas antes de que llame a la policía.

Su gesto dejó de ser gracioso. Pensó que podría intimidarme como lo hacía con Lía, pero no.

—Ya capté, Benetti…

—Vete. No lo repetiré.

—Está bien. Me iré si así lo deseas. Buenas noches.

Nos dio una última mirada y se fue. Hijo de puta.

—Ya se ha ido —dije, girándome hacia Lía. La analicé de pies a cabeza, buscando cualquier herida—. ¿No te hizo nada, verdad?

Negó con la cabeza. Estaba asustada. La abracé. De pronto, nuestro propio hogar ya no se sentía seguro. Al abrir y cerrar los ojos, Alba apareció en mi mente. Me estremecí. La mayoría del tiempo la ignoraba o apenas la saludaba; no me apetecía verla nunca. A su esposo, menos.

—No…

Noté que mi mirada se había quedado fija en un punto. Lía se giró, aún abrazándome.

—Alba vino a verme un rato… hasta que llegó Iz…

—Ni siquiera menciones ese nombre, por favor.

Alba se acercó un poco, evitando mirarme. Solo observaba a Lía.

—No entiendo quién es él ni qué ha pasado.

Lía desvió la mirada. Prefería evitar el tema, pero la expresión de Alba, confundida, pareció darle el valor que necesitaba.

—Bien, ya vuelvo. Y a ti, pequeño —le di un beso a mi bebé—. Cuida a mamá, ¿sí?

Salí a trabajar como de costumbre. En esos meses me había estado esforzando más que nunca para darle a Lía y al bebé una vida mejor. Durante el tiempo que estuvimos comprometidos y de novios no pude darle lo que necesitaba; vivía con lo justo, el trabajo no rendía. ¿Quién tomaría en serio a alguien en Ingeniería de Software? Luego, gracias a algunas influencias de amigos, conseguí trabajo remoto internacional, pero no duré mucho hasta que decidí estudiar Administración de Empresas.

Aun así, me exploté a mí mismo. Mientras más horas trabajaba, más ganaba. Lía decía que con lo necesario bastaba, que ella ganaba un poco más vendiendo su primer libro y ejerciendo el periodismo. Para mí, no era suficiente.

Eran las once y treinta de la noche cuando recibí una llamada de un número desconocido. No solía contestar, pero algo me dijo que lo hiciera.

Apenas escuché a un doctor decir que Lía estaba internada, salí corriendo sin escuchar nada más.

Lía

Andrés salió y decidí preparar mi ensalada de frutas, como todos los días. Vi algunas películas. Todo parecía normal… excepto las llamadas.

Hacía años que había terminado con Izan y lo había bloqueado de todo. Me engañó con muchas chicas; al final supe que todas eran de su trabajo. Siempre conseguía mi número y llamaba todos los días. Por eso mantenía el celular apagado.

Tocaron la puerta. Eran las cinco de la tarde. Andrés siempre llegaba más tarde.

Abrí.

Izan.

Retrocedí. Intenté agarrar un fierro; Andrés estaba construyendo el cuarto del bebé, aún faltaban detalles, todo estaba en obra. Intenté llegar hasta él, pero Izan…

—¿Por qué, Lía? —su voz estaba apagada, cargada de resentimiento—. ¿Por qué me hiciste esto?

Me giré despacio. Estaba llorando. Las lágrimas no llegaban a caer. Sentí una mezcla de miedo, tristeza y culpa. Quise hablar, pero no encontré las palabras.

Entonces todo se volvió confuso. Bastó un segundo para que el mundo se detuviera. Un suspiro, un temblor, un instante de silencio absoluto. Sentí que algo en mí se rompía para siempre.

Izan me miró con esos ojos negros. Ojos de venganza. Ojos sin aliento.

Cuando caí de rodillas, comprendí. Todo se volvió oscuro. El eco de su nombre quedó suspendido en el aire. Me había apuñalado en el abdomen. No pensé en nada más que en mi hijo. Ryan.

No hubo tiempo para razones. Todo se volvió borroso. No sentí dolor. Solo pensé en mi familia.

Desperté en el hospital. Una vecina del tercer piso me había encontrado y llamó a la ambulancia. Vi a Andrés, desesperado, mientras el doctor le explicaba algo. No escuché nada. Miré mi abdomen.

Mi bebé.

No necesitaba explicaciones. Él ya se había ido. Lloré.

—Dime que no es verdad… por favor.

Andrés me abrazó. Él también lloraba. Hizo la denuncia y encontraron a Izan. Nuestro bebé tenía seis meses. No eran muchos, pero eran suficientes para acostumbrarme a sentirlo, a sus pataditas, a los antojos. Éramos uno.

Me prometí que le daría todo, que lo llenaría de amor. Mentí. Me sentía culpable. Si no hubiera abierto la puerta…

Alba me consolaba. Fuimos a terapia y poco a poco comenzamos a mejorar. Ambos.

Le prometí que cuando se sintiera preparada volveríamos a intentarlo. Nuestra vida siguió, con cuidado, con protección.

—Lía, cálmate —dije, tomando su rostro—. No permitiré que vuelva a hacerte daño.




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