Lía:
desperté y me di cuenta del espacio a mi lado, el gran espacio que quedaba…no quedaba rastro de él. Ni su aroma, ni el peso de su cuerpo, y en parte lo agardecí
Me quedé mirando el techo durante varios minutos. Pensé en levantarme, en preparar café, en seguir con el día como si nada. Y lo hice. Andrés apareció más tarde, ya vestido, con el teléfono en la mano y la atención puesta en otra parte. Me dio un beso rápido en la mejilla, casi automático, más obligación que por cuenta propia, y parece que eso fue lo que más me dolió del día.
—¿Te vas? —pregunté al verlo tomar la chaqueta.
—Sí. Llego tarde —respondió, sin explicaciones, y en parte tampoco las quería
Antes, Andrés se despedía con calma. Antes, me decía a dónde iba. Antes…
Durante el día, sentí una inquietud constante. No era tristeza exactamente, era algo más parecido a una presión en el pecho, como si mi cuerpo supiera algo que mi mente aún se negaba a aceptar. Intenté distraerme, pero fue inútil, cada cosa que intentaba hacer me recordaba a la discusión, pareciera como si no hubiera tenido una vida antes de él, o como si la hubiera olvidado.
Le escribí un mensaje al mediodía. Algo simple.
¿Cómo vas?
Pasaron horas antes de que apareciera el doble check azul. La respuesta fue corta.
Bien. Ocupado.
Sostuve el teléfono entre las manos, esperando algo más. Una pregunta de vuelta. Una señal. Nada. Lo dejé sobre la mesa, sin querer saber nada más
Por la tarde, cuando Andrés regresó, intenté acercarme. Por suerte no fue descortés esta vez, no buscaba arreglar las cosas, buscaba una respuesta, una señal de que si esto tenía alguna solución. Él escuchaba, pero no realmente. Asentía, miraba el reloj, respondía con monosílabos.
No era grosero.
Eso era lo peor.
Sólo parecía vivir en su mundo
—¿Te pasa algo? —pregunté
Andrés me miró, sorprendido, como si la pregunta no tuviera sentido.
—No, ¿por qué?
Negué con la cabeza.
—Nada. Olvídalo.
Y otra vez el silencio.
Esa noche, mientras me preparaba para dormir, un recuerdo vino a mí. Andrés, sentado en el borde de la cama, hablándome con una sonrisa suave, prometiéndome que siempre estaría ahí, .En ese recuerdo, me sentía segura. Vista. Elegida. Y en parte…ingenua
Abrí los ojos. El presente era distinto. Andrés estaba a mi lado, sí, pero parecía haber una distancia entre ambos, una pared que ninguno se animaba a nombrar.
Me levanté y fui al baño. Me miré en el espejo más tiempo del necesario. Mis ojos parecían cansados, como si llevaran semanas sin dormir o semanas sin comprender. Apoyé las manos en el lavamanos y respiré hondo.
No era que Andrés me tratara mal.
No era que ya no estuviera.
Era que ya no estaba de verdad.
Volví a la cama y tomé mi celular. Escribí un mensaje que nunca me atrevería a enviar.
Te extraño, incluso cuando estás aquí.
Y lo borré antes de que pudiera arrepentirme. Era extraño, que hacía yo en la noche escribiendole a mi “prometido” que lo extrañaba sabiendo que estaba en la sala, aunque él dejó de estar en casa hace mucho tiempo
Se acostó a mi lado, dándome la espalda, y cerró los ojos. Por primera vez, una idea incómoda se me formó en la mente, clara y persistente.
Tal vez no era que él hubiera cambiado.
Tal vez era que yo no era la única que seguía esperando.
Y con ese pensamiento, en parte entendí que en algo se había quebrado, aunque todavía no supiera cómo nombrarlo.
Me levanté sin hacer ruido. Preparé café solo para mí. Antes hacía dos tazas por costumbre, incluso cuando él no tenía tiempo. Esa mañana no. Me di cuenta tarde de que ese pequeño gesto decía más de mí de lo que quería admitir.
Mientras el café se enfriaba entre mis manos, pensé en cuántas veces había justificado su distancia. El trabajo. El cansancio. Los problemas. Siempre había una razón que lo explicaba todo, o más bien, siempre habían excusas. Cuando Andrés despertó, me saludó como siempre últimamente.
—¿Todo bien? — preguntó.
—Sí —respondí.
Salimos juntos, cada uno rumbo a su día, y por primera vez no sentí esa urgencia de escribirle apenas nos separamos.
Durante la tarde empecé a notar cosas que antes pasaba por alto. Comportamientos que tal vez muchas hoy en día no habrían soportado y por primera vez sentí…como si el amor fuera algo que ya no necesitaba cuidar porque daba por hecho que yo no me iría, que me quedaría estancada
Esa idea me dolió más de lo que esperaba.
Pensé en todas las veces que había cambiado planes por él. En las veces que me tragué palabras para no incomodarlo. En lo mucho que me esforcé por ser comprensión, paciencia, hogar. Y por primera vez me pregunté cuándo alguien había hecho eso por mí últimamente.
Esa noche, cuando regresó, no corrí a su encuentro. Me quedé sentada, fingiendo estar ocupada. Quería ver si él se acercaba solo. Lo hizo… a medias.
—¿Qué tal tu día? —preguntó.
—Normal —respondí.
Hubo una pausa. Sentí que esperaba algo más. Que yo continuara. No lo hice.
Nos miramos unos segundos, como si ambos supiéramos que había algo pendiente flotando entre nosotros. Andrés fue el primero en apartar la mirada.
Y ahí lo entendí.
No es que no se diera cuenta.
Es que no sabía qué hacer con lo que yo sentía… y prefería no enfrentarlo.
Más tarde, sola en la habitación, me senté en la cama y respiré hondo. Me sentí triste, sí, pero también algo distinta. Más alerta. Como si una parte de mí hubiera dejado de dormirse para sobrevivir.
No quería irme.
Todavía no.
Pero tampoco quería seguir desapareciendo en una relación donde yo era la única que luchaba.
Esa noche no lloré. Y eso fue lo que más me asustó.
Porque entendí que cuando el dolor deja de desbordarse, es porque está empezando a transformarse en otra cosa. Algo más firme. Más peligroso.