Él era un gato ayer!

Capítulo Seis: La salida de compras

Capítulo Seis: La salida de compras
Maya esperaba que llevar a Rowan de compras fuera difícil.

No esperaba que fuera difícil antes de que salieran del edificio.

—Sostén bien el paraguas —dijo.

—Lo estoy sosteniendo bien.

—Lo sostienes como si te hubiera ofendido personalmente.

Rowan bajó la mirada hacia el paraguas que tenía en la mano.

—No deja de moverse.

—Es un paraguas.

—Tiene demasiadas piezas.

—Así funcionan los paraguas.

Rowan lo miró con profunda sospecha.

Estaban en el vestíbulo del edificio de apartamentos de Maya mientras la lluvia resbalaba por las puertas de vidrio en líneas plateadas. Rowan llevaba la sudadera de Maya, sus pantalones deportivos demasiado cortos, los calcetines de fresas y un par de tenis viejos que ella había encontrado al fondo de su armario.

Los tenis eran técnicamente de Maya.

También eran técnicamente demasiado pequeños para él.

Rowan había intentado ponérselos de todas formas.

El resultado no era elegante.

Maya bajó la mirada hacia sus pies.

—¿Estás seguro de que puedes caminar con esos?

—Puedo caminar.

—Eso no respondió la pregunta.

—Puedo caminar con cuidado.

—Rowan, parece que tus propios zapatos te están castigando.

Él cambió el peso de un pie al otro.

Los tenis chirriaron.

Maya intentó no reír.

Fracasó.

Rowan la miró con los ojos azules entrecerrados.

—Esto te parece divertido.

—Tu confianza me parece divertida.

—Tengo mucha confianza.

—Tu zapato izquierdo apunta en una dirección diferente al derecho.

Rowan miró hacia abajo.

El zapato izquierdo, de hecho, se había girado ligeramente hacia un lado.

Lo acomodó con la concentración seria de alguien desactivando una bomba.

Maya se rio aún más.

Rowan la observó por un momento.

Luego, para sorpresa de ella, sonrió.

—¿Qué? —preguntó Maya.

—Nada.

—Me estás mirando raro.

—Me gusta cuando te ríes.

La risa de Maya desapareció de inmediato.

El vestíbulo de pronto pareció demasiado cálido.

Rowan pareció darse cuenta de lo que había dicho en el mismo instante.

Su sonrisa se transformó en una expresión tímida.

—Oh —dijo.

Maya miró hacia la puerta.

—Deberíamos irnos.

—Sí —respondió Rowan rápidamente—. Deberíamos.

Ninguno se movió.

Entonces Maya extendió la mano hacia la puerta.

Rowan también.

Sus manos chocaron.

—Perdón —dijo Maya.

—Perdón —dijo Rowan al mismo tiempo.

Los dos retiraron la mano.

Después, la mano de Rowan volvió a rozar la de ella mientras sostenía la puerta abierta.

Esta vez, ninguno se alejó de inmediato.

El contacto fue pequeño.

Casi nada.

Aun así, Maya lo sintió hasta el pecho.

Entonces el paraguas se volteó al revés con el viento.

Rowan hizo un ruido de sorpresa.

Maya estalló en risas.

El momento desapareció.

—Tu paraguas me está atacando —acusó Rowan.

—La lluvia está cayendo de lado —dijo Maya, intentando arreglarlo—. No es culpa del paraguas.

—Eligió la violencia.

—Todo elige la violencia contigo.

—Eso no es cierto.

Una paloma pasó volando demasiado cerca de la cabeza de Rowan.

Él dio un salto hacia atrás.

La paloma aterrizó en la acera y lo miró.

Maya levantó una ceja.

Rowan la señaló.

—Esa sí lo hizo.

La tienda de ropa más cercana estaba a solo tres cuadras, pero Rowan trató el viaje como una expedición hacia territorio hostil.

Miró cada automóvil que pasaba como si pudiera convertirse de pronto en un depredador.

Miró los semáforos.

Miró a una mujer paseando a dos perros con impermeables amarillos iguales.

Miró a un bebé en una carriola.

El bebé le devolvió la mirada.

Luego sonrió.

Rowan dejó de caminar.

—¿Por qué me está mirando?

—Porque los bebés miran a las personas.

—Sabe algo.

—Tiene siete meses.

—Es muy observador.

El bebé estornudó.

Rowan dio un salto.

Maya suspiró.

—Por favor, deja de tenerle miedo a los bebés.

—No le tengo miedo al bebé.

—El bebé hizo un ruido mínimo y casi te subiste a un buzón.

—Me sorprendí.

—Has dicho eso sobre la alarma de humo, la paloma, el paraguas y ahora un bebé.

Rowan la miró.

—He tenido una semana difícil.

La expresión de Maya se suavizó.

—Eso es justo.

Siguieron caminando por la acera.

Unos momentos después, Rowan miró hacia la panadería al otro lado de la calle. En la ventana había bandejas de cruasanes, rollos de canela y pequeños pasteles cubiertos de glaseado rosa.

Él redujo el paso.

Maya lo notó.

—¿Quieres algo?

Rowan intentó parecer casual.

—No.

Sus ojos siguieron fijos en la panadería.

Maya sonrió.

—Sí quieres.

—No sé qué son esas cosas.

—Cruasanes.

—Huelen a mantequilla.

—Son principalmente mantequilla.

Rowan pareció profundamente conmovido por esa información.

Maya se rio.

—Podemos comprar uno después de conseguir ropa.

Rowan la miró.

—¿Un pastel de mantequilla?

—Sí.

—¿Después de la ropa?

—Sí.

Toda su postura se iluminó.

—Entonces estoy listo.

La tienda de ropa era brillante, cálida y estaba llena de gente.

Rowan se detuvo apenas entraron.

Sonaba música por los altavoces. Las personas se movían entre estantes de camisas y chaquetas. Un maniquí de exhibición cerca de la puerta llevaba un abrigo largo negro y un rostro de plástico sin expresión.

Rowan lo miró fijamente.

Maya se dio cuenta.

—No te preocupes —dijo—. No está vivo.

Rowan se inclinó más cerca de ella.

—¿Cómo lo sabes?

Maya lo miró.

—No tiene cabeza.

Rowan volvió a mirar al maniquí.



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En el texto hay: fantasia, romance, transformar

Editado: 10.08.2026

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