El Error De Dejarme Viva

Capítulo 1: La Cima del Mundo

El salón de eventos del Skyline Center brillaba bajo una luz dorada que parecía cuidadosamente diseñada para glorificar cada instante. Los candelabros colgantes proyectaban destellos cálidos sobre el mármol pulido, pero para Adela, el exceso de brillo empezaba a sentirse como una jaula de cristal. El murmullo de conversaciones elegantes se entrelazaba con el tintinear delicado de las copas, un sonido que, si cerraba los ojos, se parecía demasiado al de las cuchillas afilándose.

Todo en ese lugar parecía construido para celebrar el éxito… y esa noche, ese éxito tenía nombre. Adela.

A sus veintiocho años, sintió que por fin las piezas de su vida habían encajado. No había sido suerte. Habían sido noches de café amargo y soledad, decisiones calculadas al borde del abismo, sacrificios que habían dejado cicatrices que su vestido de seda ocultaba perfectamente. —¡Un brindis por la nueva Directora Creativa! —exclamó el CEO.

Adela elevó su copa. El cristal estaba tan frío que le dolió la yema de los dedos, un recordatorio punzante de que el hielo siempre es el precio de la cima. Sonrió. Lo hacía bien. Había aprendido a mentir con los ojos antes de aprender a caminar con tacones.

—Te lo mereces tanto, Ade —susurró Sandra a su lado, rodeándola con los brazos.

Adela se permitió recibir ese afecto, pero el olor del perfume de Sandra —demasiado dulce, casi empalagoso— se le instaló en la garganta. Sintió la presión de los dedos de su amiga. No era un abrazo; era un anclaje. Sandra no la estaba sosteniendo para que no cayera, la estaba sujetando para no dejarla ir.

Entonces, la multitud se abrió como si el aire mismo le tuviera miedo a quien venía. Rodolfo.

Él no caminaba, colonizaba el espacio. Su calma era una advertencia. Cuando llegó frente a Adela, no dijo nada. La observó con esa intensidad que siempre la hacía sentir como una pieza de arte en una subasta privada: valiosa, pero propiedad de alguien más.

Se arrodilló. El silencio fue absoluto, pesado como una losa de mármol.

—Adela —dijo su voz, firme, carente de la vulnerabilidad que se espera de un hombre enamorado.— Hoy has conquistado el mundo profesional. Déjame ser el hombre que esté a tu lado mientras conquistas todo lo demás.

Abrió la caja. El diamante capturó la luz y la devolvió en destellos que, por un segundo, le parecieron a Adela ojos diminutos observándola.

—¿Te casarías conmigo?

El corazón de Adela golpeó contra sus costillas, un pájaro enjaulado intentando escapar. Todo era perfecto. Demasiado perfecto. La perfección siempre es una máscara para algo que está roto.

—Sí.

El estallido de aplausos la aturdió. Rodolfo deslizó el anillo en su dedo. El metal estaba gélido, una pequeña soga de platino que le recordaba que las promesas también pueden ser cadenas.

Mientras se abrazaban, Adela buscó a Sandra. La encontró a pocos metros, grabando cada segundo con el teléfono. Sonreía, pero cuando bajó el dispositivo, la máscara se resbaló.

En sus ojos no había luz. Había un abismo negro, una envidia tan antigua y profunda que Adela sintió un escalofrío recorriéndole la columna. No era el rostro de una amiga; era el de un verdugo que acababa de poner en marcha el cronómetro de la ejecución.

“Son los nervios”, se mintió a sí misma. Y las mentiras, cuando son hermosas, son fáciles de tragar.

No tenía idea de que, en la mente de Sandra, la cuenta regresiva ya estaba en marcha. Y el tiempo para Adela... se estaba agotando.

Nota del Autor:

Toda historia empieza con alguien que decide quedarse... aunque a veces, quedarse es el peligro más grande. Gracias por ser tú quien me acompaña en esta oscuridad.




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