Adela llegó a la oficina con una sonrisa que había fabricado frente al espejo esa misma mañana. No era natural, pero era una máscara impecable. El edificio, con sus muros de cristal que devolvían una imagen distorsionada de la ciudad, le resultaba familiar. Seguro. Una fortaleza de cristal que ella misma había ayudado a construir.
O eso creía.
Llevaba en la mano la carpeta de Lumina Corp. Su trofeo. El cierre de semanas de una presión que le había dejado el alma en carne viva. Mientras avanzaba, notó que el aire se espesaba. Las miradas de sus colegas no eran directas; eran cuchicheos que se cortaban al verla pasar, como si su sola presencia fuera contagiosa. Una incomodidad helada comenzó a trepar por su columna.
Cuando llegó a la sala de juntas, la atmósfera no era de éxito, sino de funeral. El silencio era gélido, casi sólido.
Su jefe, el Sr. Garrison, estaba al fondo. A su lado, dos hombres con trajes que parecían uniformes de verdugo y la mujer de Recursos Humanos, con una carpeta que parecía contener una sentencia de muerte.
—Adela, siéntate. — dijo Garrison.
No hubo cortesía. No hubo café. Solo una orden que sonó como un mazo golpeando madera. Adela tomó asiento; el cuero de la silla se sintió más frío de lo normal, o tal vez era su propia sangre retirándose hacia el corazón.
—¿Pasa algo con los diseños? — preguntó ella, obligando a su voz a no romperse.
—Pasa algo con tu lealtad. —
Garrison giró la laptop con un movimiento violento.
—Esta mañana, la competencia lanzó una campaña idéntica a la nuestra. Al rastrear la fuga… encontramos esto. —
Adela miró la pantalla y el mundo se detuvo. Su dirección de correo. Su firma. El envío realizado a las tres de la mañana, mientras ella intentaba no ahogarse en sus propios sueños.
—Yo… yo no envié esto. — Su voz fue un susurro desesperado, buscando una grieta de duda en aquellos rostros de piedra. No la encontró. —¡Estaba durmiendo! Alguien entró en mi cuenta… tienen que creerme. —
La mujer de Recursos Humanos intervino con una voz mecánica, desprovista de toda humanidad.
—El acceso se realizó con tu token de seguridad personal, Adela. Nadie más tiene esa clave. — Deslizó un sobre sobre la mesa. El sonido del papel contra la madera fue ensordecedor. —Estás despedida por causa justificada. No hay liquidación. Y el equipo legal está evaluando una demanda por daños y perjuicios. —
Adela sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Tienes diez minutos para recoger tus cosas. —
Diez minutos para borrar una vida entera de esfuerzo.
Salió de la sala como una sonámbula. El pasillo, que antes era su territorio, ahora era un corredor de ejecución. Las miradas ya no eran discretas; eran voraces. Satisfechas al ver caer a la reina.
Entonces la vio. Sandra.
Estaba allí, con una expresión de horror tan perfecta que resultaba obscena. Sus ojos brillaban con una humedad que simulaba el llanto.
—¡Ade! ¿Qué pasó? ¿Por qué seguridad está en tu escritorio? — preguntó Sandra, acercándose con una rapidez depredadora.
—Dicen que vendí información… Sandra, yo no fui. Tú sabes que yo nunca… —
Sandra la rodeó con los brazos. El abrazo no fue un consuelo; fue una captura. Una presión firme que le recordó a Adela la fuerza de una serpiente constrictora.
—Shhh… tranquila. — murmuró Sandra al oído de su víctima, saboreando el aroma de su derrota. —No tienes que explicar nada ahora. —
Se separó un poco para tomar el rostro de Adela entre sus manos, con una suavidad que ocultaba garras invisibles.
—Ven. Vámonos de aquí antes de que todos empiecen a hablar. —
Ya estaban hablando. El aire estaba saturado de su nombre arrastrándose por el fango.
—Yo te saco de aquí. — continuó Sandra, lanzando una mirada de fingida lástima a los espectadores. —Rodolfo te está esperando en tu departamento. Ya le llamé… le dije que algo no estaba bien. —
El nombre de Rodolfo fue el único anclaje que Adela encontró en medio de la tormenta. Asintió, dejándose guiar por la mujer que acababa de clavarle el puñal en la espalda. Sus pasos eran automáticos, vacíos.
No vio la chispa de triunfo en los ojos de Sandra cuando se dio la vuelta. No entendió que ese "refugio" que la esperaba no era más que la siguiente fase de su destrucción.
NOTA DE AUTOR – JUICIO #1:*
Desconfía del abrazo que llega justo cuando estás rota.
Sandra abrazó a Adela… y le contó las costillas.
A veces en refugio solo estaba midiendo dónde clavar el cuchillo.
¿Quién fue su 'Sandra'?*
Los leo en comentarios. Y sí… estoy tomando nota. ⬇️*
P.D.: Si no comentas, el silencio te hace cómplice de Sandra.*
– Kelevra 💚*
