El Error de Existir - Ecuaciones de una mentira

1 El trabajo es tuyo

Alma acomodó por tercera vez el saco negro, se sentía incomoda con esa ropa. Demasiado grande en los hombros, rígido en las mangas, ajeno, combinaba con una falda recta del mismo color, era lo más formal y económico que encontró para la entrevista.

Trataba de descifrar si le dolían más los pies con esos tacones negros o la apretada cola de cebolla en su cabello rosado.

Pero supuso que mientras más incómoda se sintiera, más fácil sería recordar que no podía equivocarse.

—Señorita Santander.

Su nuevo apellido la hizo levantar la mirada, era su vida ahora, otro nombre, otra edad, otro país.

Se puso de pie con cuidado, conteniendo el impulso de quitarse los zapatos ahí mismo, y caminó hacia la puerta. Cada paso sonaba más fuerte de lo que debería.

Cuando entró, lo primero que notó no fue el escritorio.

Fue el olor.

Alcohol.

Fuerte. Directo. Sin intención de ocultarse.

La oficina estaba desordenada, con papeles apilados sin orden y varias botellas a medio terminar repartidas como si fueran parte de la decoración.

El hombre detrás del escritorio no se levantó.

—Andrew Wilson —dijo, con voz relajada—. Director del Ministerio de Educación.

Alma se detuvo un segundo.

Eso no encajaba.

—¿El director del ministerio… hace entrevistas para un colegio?

Él sonrió.

No fue una sonrisa amable.

—Es una zona especial, la regula mi ministerio, estoy obligado a hacerle entrevistas a los profesores.

Se recostó en la silla, observándola como si ya estuviera tomando una decisión.

—La zona se llama La Quebrada. Ciudad minera. Produce más dinero del que debería.

Hizo una pausa.

—Y lo pierde igual de rápido.

Alma no dijo nada.

—El Estado la cuida… y al mismo tiempo la olvida. —Tomó uno de los papeles sin mirarlo realmente — Hay un colegio público, es grande por que las personas en esa zona no saben lo que es un método anticonceptivo.

La ve un poco incomoda

—Creo que no debía decir eso, pero la verdad es que el colegio esta lleno de chicos que nadie quiere en ningún otro lugar.

Levantó la mirada.

—Delincuentes. Problemáticos. Viciosos.

Alma sostuvo su expresión.

—Vas a enseñar ahí.

—¿El puesto es mío?

—Así es. El lugar es tan horrible que no importa cuánto paguemos —respondió con simpleza—, nadie quiere ir.

Alma asintió levemente, ahora que lo pensaba era la única en la sala.

—¿Nadie quiere ir?

—Nadie. Ni siquiera con los muchos beneficios —murmuró él, hojeando su currículum.

Su mirada se movía rápido, pero no parecía leer con atención.

Era un hombre difícil de descifrar.

Cabello castaño con canas tempranas, piel marcada por el sol, ojeras profundas… y unos labios demasiado rojos para alguien que claramente bebía demasiado.

—Si necesita validar mi información…

—No —la cortó.

Ni siquiera levantó la vista.

—Me da igual.

Eso la desconcertó.

—Solo necesito a alguien antes de que empiecen las clases, lo cual es en dos semanas.

Pasó otra hoja.

—Darás clases a chicos de doce a diecinueve.

Alma parpadeó.

—¿Diecinueve?

—Últimos años de preparatoria.

Ella dudó un segundo.

En su país, eso terminaba a los dieciséis.

En su caso…a los once.

—No pareces de treinta.

El comentario cayó como una piedra.

Frío.

Instantáneo.

Alma sonrió.

—Nadie parece de su edad hoy en día.

Inclinó ligeramente la cabeza.

—Usted no parece de sesenta.

El silencio cambió.

Se volvió más pesado.

—Tengo cuarenta y dos.

Ah.

Alma sostuvo la sonrisa.

—Era una broma.

Él la miró un segundo más de lo necesario.

—Te salió natural.

Volvió al papel.

—¿Bebes?

—No.

—¿Fumas?

—No.

Ahora sí levantó la vista.




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