La camioneta no se detuvo por completo. Solo bajó la velocidad lo suficiente.
—Aquí es —dijo el conductor.
Alma miró alrededor.
No parecía una ciudad.
Parecía algo que había sido abandonado… y luego obligado a seguir existiendo.
Bajó.
El aire le golpeó la cara.
No era solo polvo. Era más denso. Más pesado. Como si tuviera algo más mezclado.
Se llevó la mano a la garganta.
Le ardía.
Alrededor, casi todos llevaban mascarillas.
Ella entendió por qué.
Sacó la suya del bolso y se la colocó, ajustándola con torpeza.
El mundo no mejoró… pero al menos dejó de raspar.
La camioneta se fue sin más.
Y Alma se quedó ahí.
En medio de La Quebrada.
Las calles no eran calles.
Eran caminos de tierra aplastada, con basura acumulada en las esquinas, bolsas rotas, latas, restos que nadie se molestaba en recoger.
El olor era peor al avanzar
Químico.
Dulce.
Incorrecto.
Alma apretó el paso.
Las miradas no tardaron.
Primero una.
Luego otra.
Después todas.
No eran curiosas.
Eran evaluadoras.
Como si estuvieran decidiendo algo sobre ella.
Se ajustó la mochila al hombro.
Había cometido un error. No tenía suficiente ropa formal y pensó que llegar con su ropa de diario la delataría, pero era imposible caminar con esos tacones y el polvo estaba ensuciando el único saco que tenía.
Se dijo que debía cambiarse, al menos lo zapatos.
Se detuvo un segundo, se agachó sin pensarlo demasiado y se los quitó.
Los guardó y se puso sus zapatillas viejas.
Mientras avanzaba un extraño frio llegó, era extraño por que el sol quemaba.
Leyó el papel con su dirección, no tenía ni idea donde estaba y las personas la veían como si fuera una criminal. Entró a un establecimiento para preguntar, pero no ayudó para nada.
Siguió caminando, preguntando, pero no obtenía respuesta. La ignoraban como si no estuviera ahí.
Como si hablar fuera un riesgo, o una pérdida de tiempo.
Después de casi una hora, alguien respondió.
Un policía.
Cansado.
Con la voz gastada.
—Sigue esa calle. Giras en la tercera. Luego bajas.
No fue amable.
Pero fue suficiente.
—Gracias.
No respondió.
Le tomó dos horas más.
Cuando por fin llegó, ya no estaba segura de querer hacerlo.
Se detuvo frente a la casa.
Si es que podía llamarse así.
Vieja, y descuidada como todo en ese lugar.
Sacó la llave.
La puerta se abrió con un sonido seco.
Adentro…el silencio.
El olor a humedad fue lo primero.
Luego el resto.
El piso de madera crujía bajo sus pasos, como si se fuera a romper en cualquier momento.
Las paredes…¿blancas?
Tal vez alguna vez lo fueron.
Ahora eran un gris sucio, manchado por el tiempo.
No había muebles.
No había cama.
Nada.
Solo un espacio vacío que parecía más un abandono que un hogar.
La cocina era una línea de estantes viejos de madera húmeda.
El baño… funcional, al menos.
Abrió el caño.
Agua.
Caliente.
Alma soltó el aire lentamente, eso era algo bueno.
Pero el ruido…Las máquinas.
Era claramente una zona minera, de seguro los trabajos no paraban, odiaba el ruido en exceso, de donde venia todo era callado y calmado, se preguntaba si se acostumbraría.
Dejó la mochila en el suelo.
No había traído mucho.
No quería.
Todo lo que tenía valor… podía venderse.
Todo lo que tenía significado…lo dejó atrás.
Un extraño sonido la hizo girarse hasta la ventana sin cortinas.
Se encontró con unos ojos curiosos y juguetones, asomados sin disimulo.
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Editado: 25.04.2026