Llegó preparada para lo peor. Gritos. Sillas volando. Desafíos directos y caos.
Pero al abrir la puerta del salón no sintió si no una brisa de indiferencia.
Entró.
El salón estaba lleno de grafitis, y los pupitres no tenían un real orden.
Los alumnos estaban ahí, pero no como esperaba.
Nadie gritaba ni peleaba.
Pero tampoco estaban en clase. Grupos dispersos en conversaciones bajas.
Uno dormía con la cabeza sobre el pupitre. Otro comía.
Dos fumaban cerca de la ventana.
Uno bebía algo que definitivamente no era agua.
Nadie la miró. Nadie reaccionó.
Era como si no existiera.
Caminó hasta el frente y esperó...nada.
Se sentó y los observó.
Las chicas y los chicos vestían el uniforme.
La parte superior consiste en una camiseta tipo polo de cuello clásico en color vinotinto, de tela suave y corte entallado.
La parte inferior estaba compuesto por un pantalón de corte recto en un tono oscuro, cómodos y genéricos.
Ese salón era intimidante, todos tenían su edad.
A los 15 años ella ya era profesora de matemática avanzada en su país. Si no se hubiera ido, tal vez estuviera dando clases a personas en maestrías o doctorados.
Pero alli estaba, con un montón de vándalos.
Perfecto.
Se puso de pie.
—Tomen asiento, por favor.
Nadie se movió.
—La clase ya empezó.
Nada.
Un chico se le acercó, oliendo a hierba hasta la medula.
—No hables tan fuerte —murmuró—. Me duele la cabeza.
—Lamento interrumpirte —respondió tranquila—. Pero esta es mi clase.
El chico la observó un segundo… y volvió a su lugar.
Como si nada.
Lo peor al caos es la indiferencia. Habia visto cientos de películas de mujeres que llegan a un pueblo y cambian la vida de todos. Pero algo le decía que eso no sería su caso.
La puerta se abrió.
Levantó la mirada, Y lo volvió a ver, el chico molesto frente a su casa.
Entró sin apuro, sin uniforme y como si ella no estuviera allí.
—Benji. Z. Los necesito.
Dos chicos se movieron.
Uno alto, demasiado delgado. Y el otro grande, sólido, intimidante.
Caminaron hacia él.
Ella dio un paso adelante.
—Estamos en clase.
Nadie respondió.
El continúo hablando como si ella no existiera.
—Tenemos un problema con unos mineros, van a pagar bien. Solo hay que sacarlos de la zona.
Alma cerró los ojos un segundo.
Respiró.
—Estamos en clase.
Le dijo molesta.
Ahora sí.
El la miró directo
—¿Por qué me interrumpes?
Su voz era baja, segura y algo rasposa. De seguro por andar sin mascarilla.
—El que interrumpe eres tú.
El caminó hacia ella, lento.
—¿Disculpa?
Alma no retrocedió.
—La clase ya empezó. Ellos no se pueden ir, son mis alumnos.
Él sonrió apenas.
—Yo también soy tu alumno.
Caminó hasta el pequeño escritorio y buscó su nombre en la lista
— Axton Cole.
Alma la miró incredula, pero si, allí estaba.
—No puedes entrar a clases, no tienes el uniforme y ya es tarde. Así que vete a golpear mineros.
Axton soltó una risa baja.
—Eres grosera.
—Y tú estás retrasando la clase.
Señaló a los otros dos.
—Pero ellos se quedan. Estaban antes que tú.
Axton miró a Benji.
—¿Te quieres quedar?
—No.
—No es opcional —dijo Alma.
Axton lo tomo del brazo y jaló con fuerza.
—Se viene conmigo.
—Mira, chico problemático, te vas por las buenas o te sacó por las malas.
Axton la observó, su mirada la evaluaba como si ella fuera un examen.
Luego…se sentó.
—Quiero ver la clase.
Alma negó.
—No.
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Editado: 20.05.2026