El Error de Existir - Ecuaciones de una mentira

3 La clase

Alma llegó preparada para lo peor. Gritos. Sillas volando. Desafíos directos y caos.

Pero al abrir la puerta del salón no sintió si no una brisa de indiferencia.

Entró.

El salón estaba lleno de grafitis, y los pupitres no tenían un real orden.

Los alumnos estaban ahí, pero no como esperaba.

Nadie gritaba ni peleaba.

Pero tampoco estaban en clase. Grupos dispersos en conversaciones bajas.

Uno dormía con la cabeza sobre el pupitre. Otro comía.

Dos fumaban cerca de la ventana.

Uno bebía algo que definitivamente no era agua.

Nadie la miró. Nadie reaccionó.

Era como si no existiera.

Alma cerró la puerta.

Caminó hasta el frente.

Esperó.

Nada.

Se sentó.

Los observó.

Las chicas y los chicos vestían el uniforme.

La parte superior consiste en una camiseta tipo polo de color vinotinto, de tela suave y corte entallado. El cuello es clásico, en un tono ligeramente más oscuro con un fino borde claro, y las mangas cortas repiten ese detalle, aportando uniformidad. En el pecho, del lado izquierdo, lleva un escudo bordado en tonos sobrios que refleja la identidad de una institución prestigiosa.

La parte inferior está compuesta por pantalones de corte recto en un tono oscuro, cómodos y bien estructurados, con una línea lateral clara que añade un toque deportivo.

El conjunto se completa con zapatillas blancas sencillas, logrando un uniforme pulcro, moderno y funcional.

Demasiado grandes. Eran de su edad, los del último año de preparatoria, 19 años.

A esa edad ella ya era profesora de matemática en la universidad Nacional de su país.

Perfecto.

Se puso de pie.

—Tomen asiento, por favor.

Nadie se movió.

—La clase ya empezó.

Nada.

Un chico se le acercó.

Olor fuerte a hierba.

—No hables tan fuerte —murmuró—. Me duele la cabeza.

Alma lo miró.

—Lamento interrumpirte —respondió tranquila—. Pero esta es mi clase.

El chico la observó un segundo… y volvió a su lugar.

Como si nada.

Alma respiró hondo.

No era caos.

Era peor.

Indiferencia.

La puerta se abrió.

Ella levantó la mirada, Y lo volvió a ver, el chico molesto frente a su casa.

Entró sin apuro, sin uniforme y como si ella no estuviera allí.

—Benji. Z. Los necesito.

Dos chicos se movieron.

Uno alto, demasiado delgado. Y el otro grande, sólido, intimidante.

Caminaron hacia él.

Alma dio un paso adelante.

—Estamos en clase.

Nadie respondió.

El continúo hablando como si ella no existiera.

—Tenemos un problema con unos mineros, van a pagar bien. Solo hay que sacarlos de la zona.

Alma cerró los ojos un segundo.

Respiró.

—Estamos en clase.

Le dijo molesta.

Ahora sí.

El la miró directo

—¿Por qué me interrumpes?

Su voz era baja.

Rasposa.

Alma sostuvo la mirada

—El que interrumpe eres tú.

Silencio.

El caminó hacia ella, lento.

—¿Disculpa?

Alma no retrocedió.

—Nada.

Señaló a los otros.

—Ellos se quedan. Son mis alumnos.

Él sonrió apenas.

—Yo también soy tu alumno.

Caminó hasta el pequeño escritorio y buscó su nombre en la lista — Axton Cole.

Alma la miró.

Sí.

Ahí estaba.

—No puedes entrar a clases, no tienes el uniforme y ya es tarde. Así que vete a golpear mineros.

Axton soltó una risa baja.

—Eres grosera.

—Y tú estás perdiendo mi tiempo.

Señaló a los otros dos.

—Pero ellos se quedan. Estaban antes que tú.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.