Empujó la puerta para quedarse sin aliento. El contraste fue… absurdo.
Sillones amplios. Uno de ellos… de masaje.
Un televisor enorme con una consola conectada, maquinas de gaseosa, una cafetera italiana humeando en una esquina, mesas de billar.
Todo limpio, nuevo y moderno. Lo contrario a lo que había allá afuera.
—Esto es… —murmuró, sin terminar la frase.
—Bienvenida al único lugar limpio de este colegio.
Alma giró.
Un hombre se acercaba, extendiéndole la mano.
—Roberto. Física.
Le apretó la mano con firmeza y le regalo una enorme sonrisa.
—Alma. Matemática de secundaria.
—¿Quieres algo de comer?
Dudo un poco.
—¿Comer?
—Tenemos chef.
Ella no salía de su asombro.
—¿Cómo es eso posible?
Roberto sonrió.
—Pasa… y no hagas preguntas.
Caminó más adentro.
Dos profesoras estaban en los sillones de masaje, con los ojos cerrados. Otros hablaban en voz baja alrededor de una mesa.
—Siéntate —le indicó Roberto.
Un chef se acercó con una libreta.
—¿Qué desea?
La carta era variada y bastante completa. Estaba segura que la cafeteria del colegio no servia esos platos.
—Pizza.
—Enseguida.
Se sentó observandolo todo con atención. En la mesa estaban tres personas más.
—Marta —dijo una mujer delgada, de unos cincuenta años. Cabello marrón recogido, rostro cansado—. Literatura de secundaria.
—Aurora —añadió la más joven, con una sonrisa rápida. Cabello cobrizo, ojos vivos—. Primaria. Soy su hija.
—Ella es la nueva, Olivia nos habló de ti —dijo Roberto.— Nos dijo que estabas teniendo problemas con Axton Cole.
—Si, creo que les pidió a mis alumnos que no fueran a mis clases.
El ambiente cambió, y como una brisa sutil todos suspiraron.
—Todos hemos tenido problemas con ese chico. Es un pendenciero — expresa agotada Marta.
—Es complicado —añadió Roberto.
—Es culpa de su madre.
La voz vino desde atrás, todos giraron, para ver a un hombre acercarse a la mesa con una taza de café.
—Esa mujer lo ha abandonado más veces de las que puedo contar.
Se apoyó en la mesa.
—Lo deja a su suerte. Siempre.
Marta asintió.
—Es cierto. Pero igual es chico es conflictivo. No respeta a ningún profesor.
—Nunca fue a sus partidos de fútbol. Tampoco a sus obras. Ni a reuniones de padres —añadió el hombre —. Nunca apareció.
—Trabaja desde los cinco años —dijo Roberto.
Alma levantó la mirada.
—¿Cinco?
—Para sobrevivir —continuó él—. Porque a ella le gustaban más las fiestas… que su hijo.
Ella estaba quieta escuchando.
Algo en su pecho se tensó, conocía ese tipo de abandono. Lo había visto. Lo había vivido… de otra forma.
—Es difícil —murmuró.
Más para sí que para ellos.
—Pero, no sé como lidiar con él.
—Es una pregunta compleja —dijo el hombre del café sentandose con el grupo.
—Axton es el centro de todo aquí.
Bebió un sorbo.
—Los chicos lo siguen. Las chicas lo quieren.
—Y es peligroso —añadió Marta.
—No te conviene pelear —dijo el hombre— solo ignóralo.
—Tiene el poder que tiene.
Se encogió de hombros.
—No hay nada que puedas hacer.
Mientras hablaban de su experiencia con Axton, ella comía su pizza y escuchaba con atención. Para ellos él era un caso cerrado, algo desechable que no tenía arreglo. Se habían rendido con él y le pedían que ella hiciera lo mismo.
—
Cuando salió, el contraste volvió.
Se acercó a una ventana mientras se ponía su mascarilla.
Allí estaba él, en una losa rota con unas latas que asemejaban una portería, jugaba futbol con sus amigos como si fuera un niño feliz.
No había tensión en su rostro, ni rabia. Estaba corriendo detrás de un balón como si la vida pudiera esperar.
Alma lo observó en silencio. Sin apartar la mirada.
No quería ser esa persona. La que cree que puede cambiarlo. La que se engaña. La que termina rompiéndose.
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Editado: 14.05.2026