El Error de Existir - Ecuaciones de una mentira

6 Lo normal

No se sorprendió. Entró a sus salones y como supuso todos estaban vacíos.

Asintió para sí misma.

—Bien.

Firmó la lista, anotó la ausencia y se fue.

Disfrutaría su día libre pagado. Se fue al supermercado, el único que había en ese lugar, lo tenía todo y al mismo tiempo nada parecía servir.

Pero le bastaba para resolverse. Había electrodomésticos, ropa, comida, muebles, pintura… como si alguien hubiera comprimido una ciudad entera en un solo lugar.

Tomó un carrito. Compró lo esencial, y lo no tan esencial.

Una refrigeradora, pintura, cortinas, utensilios, una cama.

Siempre ha sido una compradora compulsiva, amaba comprar, en su casa dejó cajas que ni le dio tiempo de abrir y cosas que jamás usó, conocía el trasfondo emocional. Comprar era la único que podía controlar en su vida, lo demás estaba en manos ajenas, pero, aunque supera la psicología detrás de esto, no podía evitarlo.

Pagó sin pensarlo demasiado.

—¿Envío? —preguntaron.

—Sí.

—Se puede ir con el carro de envió, y le indica la dirección.

Perfecto.

Pasó la tarde trabajando.

Pintando las paredes que ya no parecían ni blancas ni grises. Debian estar en un tono de blanco perfecto, odiaba las paredes de colores fuertes, le daban dolor de cabeza.

Limpió, colgó las cortinas, hizo lo que pudo. Trataría de vivir lo más cómoda posible, aunque fuera algo temporal, definitivamente ese no era un lugar para vivir, pero si trabajaba dos años, tendría mucho dinero ahorrado y podía irse a otro lugar.

Cuando terminó, estaba agotada. Miró el reloj.

5:00 p.m.

Su estómago respondió antes que su mente. Tenía hambre.

Decidió tomarse un descanso y salir.

La Quebrada era extraña. Silenciosa y ruidosa al mismo tiempo. Siempre había algo sonando, pero la gente no hablaba.

No con ella.

Las miradas volvieron, como siempre. Pesadas. Incómodas.

Caminaba con sus jeans desgastados, su camiseta oversize, sus zapatillas gastadas y su cabello en una cola alta. Mucho más cómoda. Mucho más… ella. Libre del disfraz de Alma.

Lo que le recordó que Axton tenía algo de razón, su ropa era horrenda, tal vez algo de ropa formal más estética no le haría daño, como mañana de seguro no daría clase podía ir a comprar ropa.

El olor la encontró primero.

Papas fritas. Grasa caliente.

Se movió en esa dirección sin pensarlo.

El lugar era pequeño. Y cuando entró…Otra vez. Todos la miraron de reojo, sin disimular demasiado.

Se acercó al mostrador.

—Una hamburguesa con papas y una gaseosa.

La chica que atendía apenas la miró.

—Ajá.

Le entregó la comida sin interés.

—¡Alma!

Se giró para conseguirse con una Aurora y Marta que le hacían señas desde una mesa.

—Ven —dijo Aurora.

Dudó un segundo y luego se acercó.

—Hola.

—Siéntate —añadió Aurora—. ¿Cómo vas?

Dejó la bandeja.

—Sobreviviendo.

Aurora sonrió.

—Eso ya es mucho aquí.

—Nadie fue a mis clases.

—No irán hasta que Axton lo ordene—dijo Marta.

Pequeña sonrisa. Sabía que tenían razón, ese chico parecía controlar a todo el colegio. Pero al mismo tiempo, no quería ganarselo, no era el tipo de persona que se esforzaba en caerle bien a los demás, no era su fuerte. Por lo tanto había perdido esa guerra antes de librarla.

—Tenía hambre.

Dijo cambiando el tema. Ambas movieron la cabeza y siguieron comiendo.

De pronto un estruendo rompe el silencio.

Eran...¿balas?

Se dice a ella misma sin comprender que pasaba.

La reacción fue inmediata, pero no caótica. Todos se lanzaron al suelo en silencio, como si fuera rutina.

Alma se quedó congelada, no entendía por que nadie gritaba.

—¡Abajo! —gritó Aurora, jalándola con fuerza.

El suelo estaba frío. Los disparos eran ensordecedores.

Y en fracción de segundos…no se escuchó nada.

La gente empezó a levantarse como si nada y volvieron a sus mesas. A su comida. A sus conversaciones.

Ella en cambio seguía en el suelo.

Sin poder moverse.

—¿No vas a subir? —preguntó Aurora, mordiendo su hamburguesa.

Levantó la cabeza, confundida, y se incorporó lentamente.




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