La semana pasó sin resistencia.
Estaba aburrida. Ya no había nada más que hacer en su casa. Era absurdo. Había pasado toda su vida resolviendo problemas imposibles, compitiendo, trabajando, siendo útil. Ahora no tenía nada que hacer, y eso la incomodaba más que cualquier reto.
Se repetía lo mismo: tenía derecho a descansar. Había trabajado toda su vida. Ya era suficiente.
Pero algo dentro de ella no estaba de acuerdo. Algo le decía: eres inútil.
Caminó por los pasillos del colegio. Sus estudiantes estaban ahí, sentados, jugando cartas, riendo entre ellos. Ignorándola.
Nadie entraba a clase. Nadie desafiaba a Axton.
Suspiró y siguió caminando. La sala de profesores era otro mundo. Entró, dejó el bolso y respiró profundo. Debía aprender a no hacer nada.
Decidió aprovechar esa especie de club privado para docentes.
Dos horas después… era otra persona.
Había usado las máquinas, se había bañado en el spa, se había sentado en el sillón de masajes y había comido bien.
Nueva. Ligera. Casi feliz.
El problema es que ahora… seguía sin tener algo que hacer. No tenía amigos. No tenía familia. Nadie la miraba bien. Era como si ella fuera la intrusa.
Caminó. Y entonces lo vio.
Axton.
Estaba discutiendo con una chica.
—¡No entiendo! —gritaba ella—. Tienes el dinero, ¿por qué no me lo compras?
—Es caro —respondió él.
—¡No es tu dinero! Es de todos los chicos. Ellos hacen lo que tú quieras. Yo quiero esos zapatos.
La chica usaba el uniforme del colegio, pero no recordaba haberla visto en ninguna clase.
Axton negó con la cabeza.
—No.
En ese momento, él levantó la mirada y la vio.
—¿Tú qué quieres? —le gritó la chica a Alma.
Alma se detuvo. La miró con calma.
—Están en medio de mi camino.
La chica soltó una risa sin humor.
—Vieja chismosa.
La observó de arriba abajo. Era bonita, de esas que saben que lo son, de las que convierten a chicos como Axton en trofeos, de las que generan envidia sin esfuerzo.
Ella no reaccionó. No le interesaba.
Siguió caminando.
—¡Estoy hablando contigo!
Pero no se detuvo.
—Pero yo no contigo.
La chica se giró, furiosa. Se acercó rápido, demasiado, y le jaló el cabello.
Ella reaccionó sin pensar. Un movimiento seco. Un golpe directo a la nariz.
La chica gritó de dolor y desesperación al ver la sangre.
Nadie habló. Nadie se movió.
Alma se quedó quieta, mirando, sin preocuparle las consecuencias.
La chica gritó:
—¡Axton, haz algo!
Pero él no hizo nada. Estaba perplejo, analizando lo que había pasado.
—¡Haz algo! —repitió ella, desesperada.
Alma inclinó ligeramente la cabeza.
—No va a hacer nada.
Dio un paso hacia ella, tranquila, demasiado tranquila.
—Tampoco te va a comprar esos zapatos.
La chica la miró, entre lágrimas.
—¿Sabes por qué?
Alma no alzó la voz.
—Porque es un idiota narcisista.
La respiración de la chica se volvió errática.
Alma sostuvo su mirada, fría, precisa.
—La próxima vez que me jales el cabello… no solo te voy a romper la cara. Te voy a hacer la vida un infierno.
Se enderezó y se fue.
Nadie la detuvo. Nadie habló.
El pasillo quedó en silencio.
Axton no apartó la mirada de ella ni un segundo.
No le gustaba su actitud, pero en especial…
—Me llamó idiota narcisista. ¿Cuántas veces me va a ofender?
—¡Axton!
Se giró y vio a la chica llena de sangre.
—Claro, ya te ayudo.
Se acercó con su chaqueta y empezó a limpiarla.
—¿Por qué no hiciste nada?
—No me meto en problemas de mujeres. Resuelve tus dramas.
—Eres…
—Cuidado, Leti. No me ofenden dos veces el mismo día.
Ella se calló inmediatamente y se fue molesta de allí.
Él seguía viendo a Alma alejarse. No le tenía miedo, no le tenía respeto, y al parecer el sentimiento era mutuo. Él se preguntaba hasta dónde aguantaría una mujer como ella en un lugar podrido como La Quebrada.
Tal vez debía enseñarle cómo eran las cosas allí.
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Editado: 14.05.2026