Alma cerró la puerta y dejó las llaves sobre la mesa, pero no avanzó. Se quedó ahí, de pie, como si algo la hubiera detenido antes de poder moverse.
El golpe volvió. No como recuerdo. Como sensación.
En la palma de su mano, ese sonido seco. La forma en que el cuerpo de la chica retrocedió. La sangre.
Apretó la mano con fuerza, como si pudiera borrar lo que había hecho.
—No…
Susurró.
Pero no era la primera vez. Y eso era lo peor.
Desde niña. Siempre igual.
Primero la presión, esa sensación de que algo subía por dentro, rápido, caliente, incontrolable. Luego, el estallido.
Manos. Empujones. Golpes. Y después… el vacío.
Cerró los ojos con fuerza.
—No soy esa persona.
Pero su cuerpo no le creyó.
Sus manos temblaban. Su respiración no era estable. Su pecho subía demasiado rápido.
—Contrólate…
Dijo, esta vez más firme, como si pudiera ordenarse a sí misma.
Caminó un par de pasos. Se detuvo. Volvió a sentirlo.
Ese impulso.
Ese segundo donde todo desaparece, donde no hay lógica, donde no hay consecuencia.
Se llevó las manos a la cabeza.
—¡No!
Y entonces se dejó caer al suelo. Apoyó la espalda contra la pared, las rodillas contra el pecho.
Respira.
Uno. Dos.
No.
Otra vez.
Uno.
Dos.
Tres.
El aire no alcanzaba.
—Vamos… —susurró, casi suplicando—. Vamos…
Había escapado de todo. De su familia. De su nombre. De su vida. Se había borrado.
Había fingido su muerte. Tenía dos años construyendo una nueva identidad. Se supone que ahora es otra persona, ¿cierto?
No. Ella seguía sintiéndose la misma niña que busca complacer a todos, que no puede decidir, que tiene miedo de desobedecer.
Una lágrima cayó. Luego otra.
—¿De qué sirvió?
Su voz se quebró.
—¿De qué sirvió huir… si no puedo huir de mí?
El silencio fue absoluto. Al igual que ella, ese llanto sonaba roto. Como si aún le costara llorar en voz alta para no molestar a los demás… los demás.
Siempre pensaba en todos menos en ella: llorar en silencio, hacerse a un lado, sacrificar su comodidad para no estorbar.
Y entonces… un clic metálico rompió todo.
Alma abrió los ojos, para ver la puerta abrirse y dejar entrar a un furioso Axton.
Quien, al verla en el suelo llorando, se detuvo. Por un segundo no dijo nada.
No había burla. No había ironía. Solo desconcierto.
Eso fue lo que la hizo reaccionar. Se levantó de golpe.
—¿Qué haces aquí?
Lo empujó.
—¡Sal!
Otro empujón.
—¡¿No sabes tocar?!
Axton retrocedió un paso. No por fuerza. Por decisión.
—Forcé la cerradura.
Eso la detuvo.
—¿Por qué?
—No abrías.
—No tocaste.
—No me ibas a abrir de todas formas.
—No vuelvas a hacer eso.
Su voz tembló. Pero no de miedo. De algo más peligroso.
Axton la miró fijo.
—Estabas llorando.
—No es tu problema. ¿Qué haces aquí?
Él trataba de recordar por qué estaba allí, cuando de pronto pareció recordarlo.
—No vuelvas a golpear a mi gente. Leti es mi novia. No puedes golpearla.
Alma soltó una risa breve, sin humor.
—Tu novia es una tonta sin personalidad.
Axton la miró con dureza.
—Leti es más hermosa que tú. Si eso te molesta…
Ella hizo una mueca de desagrado.
—No lo hice porque fuera bonita. Lo hice porque no tenía derecho a tocarme.
—La mayoría de las chicas pelean por esas cosas.
—No todos somos tan superficiales y absurdos.
Axton apretó la mandíbula.
—¿Por qué llorabas?
—¡No es tu problema! —le gritó ella, perdiendo la paciencia—. Solo quiero que te vayas.
Él no se movió.
—Si Leti le dice a sus padres, te puedes meter en un buen lío.
Alma alzó el mentón.
—No me interesa. Voy a pedir perdón y listo.
Él no respondió de inmediato. Porque en el fondo sabía la verdad. A nadie le importaba. No realmente. Ni los padres de Leti. Ni los de ninguno.
—No puedes…
Alma lo interrumpió.
—Mira, no me interesa tu relación. No me importa si a tu novia le molestó lo que le hice. Ella no puede jalarme el cabello. Dile que no lo vuelva a hacer y punto.
Señaló la puerta.
—Ahora vete de mi casa.
Axton la miró, como si fuera a decir algo más. Pero no encontró qué. Giró sobre sus talones y se fue.
La puerta se cerró con un golpe seco.
Alma se quedó inmóvil, respirando.
Intentando calmar algo que aún no se apagaba del todo.
Porque lo más peligroso no era Axton. Era ella. Y es que, si se volvía a llenar de ira, no sería nada bonito de ver.
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Editado: 14.05.2026