Alma llegó al colegio como siempre.
Modo sigilo activado. Rutina en piloto automático. Cero expectativas, cero sorpresas, cero… dignidad en el outfit.
Pantalón ancho que parecía haber perdido una pelea con una plancha. Camiseta negra basica. Gorra negra calada hasta las cejas. Tenis listos para huir de cualquier responsabilidad académica.
Perfecto.
Hoy sería un día invisible.
Caminó directo al salón, a su rutina de siempre. Empujó la puerta y la vida decidió hacer comedia.
El salón estaba lleno.
Pero no lleno caóticamente, no. Lleno ordenado. Todos sentados. Espaldas rectas. Miradas al frente. Como si alguien hubiera presionado un botón de “modo alumnos ejemplares”.
Alma se quedó en el marco de la puerta, congelada, como si pudiera deshacer la escena cerrándola lentamente y fingiendo que nunca existió.
Cuarenta cabezas giraron al mismo tiempo hacia ella como una coreografía macabra.
Alma inhaló. Largo. Profundo. Ese tipo de respiro que uno usa antes de tomar decisiones cuestionables.
Entró.
Con la dignidad de alguien que claramente no había sido informada de que hoy… sí había clase. Más que profesora, parecía la estudiante nueva que se había equivocado de salón… y de vida.
—Ok —murmuró para sí—, improvisar también es enseñar.
Dejó el bolso sobre el escritorio con un golpe seco que sonó más valiente de lo que se sentía. Tomó el marcador.
—Buenos días —dijo al fin, girándose hacia el salón con una sonrisa que no estaba en el guion.
Un par de risas escaparon. Discretas, pero lo suficientemente vivas como para hacer eco en su alma.
Y ahí estaba él.
Axton.
No adelante. No atrás.
En el centro. Como si el salón fuera un sistema solar y él hubiera decidido ser el sol sin pedir permiso. Relajado. Observando. Demasiado consciente de todo. Y, peor aún, de ella.
Alma evitó mirarlo más de lo necesario. Error. Porque ahora sabía que estaba ahí, y eso lo hacía imposible de ignorar. Se giró hacia la pizarra, decidida a fingir que tenía el control de absolutamente nada.
—Saquen sus cuadernos —dijo, escribiendo algunas ecuaciones.
—Cabeza de chicle…una duda real.
Las risas explotaron como palomitas mal portadas, ella no tuvo que girarse para saber quien era, aunque ese apodo le incomodó más de lo que quería admitir.
—¿Qué pasó con el bonito saco negro?
Ella lo ignoró por completo.
—¿Así te vistes cuando no trabajas? ¿Por qué los profesores son tan mal vestidos?
Alma siguió escribiendo.
—Me lo dice alguien que se viste con bermudas y camisas horrendas.
Murmuró en voz baja, pero no le daría el gusto, su técnica era sencilla, había visto psicología a los 11 años, sabía lo narcisista que eran las personas como Axton, solo debía ignorarlo y restarle importancia.
Aunque, por dentro… ya estaba diseñando diez formas distintas de estamparle la cara contra el pupitre.
Él ladeó la cabeza.
—¿Me estás ignorando? ¿Nueva técnica educativa?
Alma se giró pero no lo miró.
Señaló a otro alumno.
—Tú. Pasa.
El chico dudó y miró a Axton, quien le negó con la cabeza.
—Pasa.
Le vuelve a ordenar, pero él no se movió, provocando la risa de todo el salón.
—Nadie se levanta.
Dice en voz alta a todos.
—Nadie le hace caso.
Se recostó en la silla.
—Puedes ignorarme, pero mi gente no.
El ambiente cambió.
Alma lo miró por fin.
Caminó directo hacia él sin dudar, se inclinó sobre su pupitre.
Quedando cara a cara con él.
El olor a humedad en su ropa era evidente, su cabello estaba todo alborotado mojado por el sudor, su rostro lleno de un poco de tierra. Traía otra camisa de flores y unos bermudas negros.
Alma por el contrario era lo opuesto, su cabello olía a un shampoo de coco, su ropa estaba limpia, y rostro brillante como el sol.
El quedo un poco intimidado de la cercanía y de ese olor a limpio y nuevo al cual no estaba acostumbrado.
—Si vuelves a interrumpir mi clase…
Su voz fue baja. Fría. Precisa.
—Te voy a mandar a matemática básica. Con los de doce años.
El salón contuvo el aire.
Axton no sonrió.
—¿Eso es una amenaza?
—No. Es una decisión. No solo no vas a graduarte, vas a tener que ver nuevamente todas las matemáticas, y esta vez me voy a asegurar que no puedas hacer trampa.
Dicho eso se enderezó.
Ambos se quedaron viéndose un momento, ninguno cedería y ella no se dejaba amedrentar.
Alma volvió al pizarrón.
—Abran cuadernos.
Axton no apartó la mirada de ella. Era un juego de poder. La dejó tener un poco de ventaja, y seguir con sus clases. Pero vio que algunos estaban tomando nota, y eso le incomodó.
—Saquen sus celulares. Y no le hagan caso.
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Editado: 14.05.2026