El Error de Existir - Ecuaciones de una mentira

13 Los intentos de consejos

Alma entró a la sala de profesores sin mirar a nadie.

Caminó directo. Hasta el baño.

Cerró la puerta.

Y entonces…se rompió.

El llanto salió sin permiso.

Silencioso.

Contenido.

Odiaba eso.

Odiaba llorar.

Desde niña había sido igual. Siempre rodeada de personas mayores. Siempre fuera de lugar.

Cuando lloraba…se burlaban. Sus compañeros. Sus profesores. Sus padres, le decían: “Deja de actuar como una niña.” Pero ella…era una niña.

Apretó los ojos.

—Lo odio…

Susurró.

Odiaba ser inteligente. Si no lo fuera…todo sería diferente.

Habría tenido amigos.

Habría ido a clases normales.

Habría vivido una vida normal.

Ahora…enseñaba a chicos de su edad.

Pero no lo eran, y ella tampoco.

Se secó las lágrimas con la manga.

Respiró.

—¿Estás bien?

Alma alzó la mirada.

Un hombre estaba frente a ella.

Parpadeó confundida.

No escuchó a nadie entrar, y por el descuido no había cerrado la puerta del cubículo del baño.

—Este es el baño de mujeres.

Se limitó a decir.

Él señaló hacia atrás.

—No. Es el de hombres.

Alma miró el cartel.

—Lo siento. Tuve una mala clase.

El hombre no dijo nada. Solo se giró. Tomó papel. Y se lo extendió.

—No pasa nada.

Sonrió.

—Es normal.

Lo tomó.

—¿Fue tan mala?

Se inclinó un poco. Quedando a su altura. Sus ojos marrones tenían un brillo extraño.Tranquilo y cálido, ajeno a ese lugar.

Ella empezó a secarse las lágrimas. Sin responder.

—Me llamo Milo. Soy el profesor de educación física.

Lo miró de reojo. Por primera vez…Un profesor de educación física parecía uno.

Cuerpo atlético.Camisa blanca ajustada. Cabello marrón rizado en media cola.

—¿Te puedo invitar un café?

—Es gratis.

Él sonrió.

—Entonces puedo comprarlo y traerlo… si eso te hace sentir mejor.

—No.

Se puso de pie y respiró.

—Es solo que…Fueron crueles. Bueno… solo Axton lo fue.

Milo alzó una ceja.

—¿Axton Cole?

—Sí.

Negó como si el nombre trajera consigo problemas.

—Es un chico cruel. No suelo tener problemas con él. Lo dejo jugar fútbol siempre. Pero sé que es complicado. ¿Cómo te llamas?

—Alma.

—Alma…

Repitió, como probando el nombre.

—Cuando era niño y me sentía mal…comía. Claro que por eso desarrollé obesidad temprana.

Se encogió de hombros.

—No sé por qué dije eso. Es un pésimo consejo.

Ella lo miró esta vez fijamente, y, sin querer…rió.

Suave.

El se sintió tranquilo al ver su sonrisa.

—Eres nueva.

No fue pregunta.

—Te voy a dar un consejo. Estos chicos vienen de vidas crueles. Pocos tienen padres que merezcan ser llamados así. Yo me crie aquí desde los diez años. No te tomes en serio lo que hacen. Aunque duela. Ellos están rotos. Y quieren que tú también te rompas.

Eso la golpeó.

—¿Y tú?

Levantó la mirada.

—¿Cómo haces para no romperte?

Milo sonrió.

—Recuerdo que vivir roto…es peor que vivir ofendido.

Alma frunció el ceño.

—Es lo mismo. Sigue siendo un pésimo consejo.

Milo rió.

—Lo sé.

Se pasó la mano por la nuca.

—Por eso soy profesor de educación física. No sé cómo resolver estas cosas. Siempre arreglo heridas…pero externas. Me llevo bien con la sangre.

Se detuvo.

—No es que sea un asesino. Es que…lo físico es más sencillo que lo emocional.

Se quedó callado al ver que la expresión de ella era de confusión.

—Tampoco soy bueno hablando.




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