La luz le quemaba los ojos. Se empezó a reincorporar, completamente desorientada. La camilla fría, esa bata sintética.
Se preguntaba dónde estaba. ¿Qué había pasado?
El techo, la habitación… nada le parecía conocido. Se puso poco a poco de pie; todo el cuerpo le dolía. Se vio en el pequeño espejo del costado de la triste habitación: su rostro estaba marcado. ¿Por qué?
La cabeza le iba a estallar. Sus pies tocaban ese suelo frío, y solo había una pequeña ventana. Al asomarse, vio un enorme caos: calles sucias, gritos que llegaban hasta allí, basura acumulada a montones.
¿Dónde estaba? ¿Cómo llegó allí?
Lo último que recordaba era una conversación con la Dopple. Un trato que le daría libertad, un trato que la sacaría de su triste vida, pero hacer negocios con ella, podría ser peligroso.
Caminó de manera torpe e inestable hacia la salida. Se encontró con un enorme pasillo iluminado con luces blancas, camillas que iban de un lugar a otro. Avanzó hasta una pizarra informativa: “Actividades en La Quebrada”.
¿La Quebrada? Pensó. ¿Qué lugar era ese?
—Señorita, no puede levantarse...
La voz de una enfermera la hizo girarse.
Pero ella estaba en alerta. No sabía qué sucedía, pero no se quedaría indefensa. Apenas la enfermera trató de sujetarla, ella, sin pensarlo, le lanzó un golpe.
La mujer se aterrorizó ante el puñetazo y empezó a gritar.
—¡No me toques!
Le gritó con una voz violenta.
Otras enfermeras llegaron de inmediato a la escena, encontrándola a la defensiva.
—¿Dónde estoy?
Les gritaba una y otra vez.
—¡Tranquila, por favor!
Decía una, tratando de sujetarla. Fue un error. Para ese momento, la empujó de un manotazo salvaje y empezó a gritar:
—¡Dije que no me toquen!
El caos estalló.
—¡Llamen al médico! Hay que ponerle un calmante.
Dijo una de las enfermeras de inmediato, y sin pensarlo, otra fue corriendo obediente.
Axton y Kalen entraban al hospital.
—No entiendo por qué debemos volver —refunfuñaba Kalen.
—Ya te dije: tú firmaste su ingreso, por lo tanto, debes firmar el alta. No es tan difícil de entender.
De pronto, una enfermera corrió a su costado, desesperada. Ellos trataron de no hacerle caso.
—Pensé que estabas de mejor humor. Todo salió bien, tenemos la mercancía y este fin de semana, en la fiesta, se va a vender sola.
De pronto, quedaron paralizados. Frente a ellos estaba Alma, propinando golpes al personal y gritando.
—Creo que la cabeza de chicle es algo agresiva.
Axton miraba perplejo la facilidad con la que empujaba enfermeras.
—¿Tú crees?
Corrió a ayudarlas.
—¡Alma!
Le gritó para hacerla entrar en razón.
Nada. Ella no reaccionó.
Axton avanzó y buscó sujetarla junto con Kalen.
—Profe, ¿está con nosotros?
Dijo Kalen, buscando sujetar sus brazos.
—¡Suéltenme! ¿Quiénes son ustedes?
Ambos se miraron, desconcertados.
—Soy yo, Axton. Sé que no tenemos buena relación, pero…
Lo calló con un golpe en la cara.
Todas las enfermeras quedaron en silencio. Nadie golpeaba a Axton, nadie lo tocaba y, en especial, nadie lo hacía molestar.
—¡¿Qué te pasa?!
Le gritó irritado. El golpe no le dolió, pero le incomodó su reacción.
—¡No te acerques! No me toques. ¿Dónde estoy?
Gritó ella, respirando agitada.
Kalen intentó sujetarla por detrás.
Grave error.
Ella se soltó.
Lo golpeó en el estómago.
Kalen retrocedió.
—¿Por qué no peleaste ayer así?
Le gritó Kalen, dando un salto hacia atrás.
—¡Estas loca!
—¡Alma!
Axton volvió a intentarlo, la sostuvo de los brazos.
—¡Escúchame!
Ella forcejeó, con una fuerza que no encajaba con su cuerpo.
—¡Suéltame!
—¡Alma, cálmate!
Y entonces… ella lo miró, pero no lo reconoció.
—¿Quién… eres?
Axton se quedó quieto.
—¿Qué?
—No me han dicho qué hago aquí o dónde estoy.
Su voz tembló, pero no de debilidad: de defensa.
Axton frunció el ceño.
—Alma…
—No.
Lo interrumpió.
—Ese no es mi nombre. Me llamo Lily.
Kalen la miró.
—Sí, tiene más cara de Lily.
Dijo él, analizando la situación con su típico humor inoportuno.
Axton no soltó sus brazos, pero su expresión cambió.
—¿Qué dijiste?
—¡Lily!
Escupió el nombre.
—Me llamo Lily Klein.
Como si fuera lo único real.
—Y no sé quiénes son ustedes.
Kalen se acercó, confundido.
—Tu nombre es Alma Santander. Das clases desde hace un mes en el colegio público de La Quebrada. Estás aquí porque ayer unos matones te querían matar.
En ese momento, el rostro de ella cambió, como si poco a poco empezara a aterrizar. Miró al techo, luego a ellos. Su expresión volvía.
Su cuerpo se rindió sin fuerza en los brazos de Axton. El silencio cayó pesado.
Ella dejó de moverse, de forcejear. Solo estaba con la cabeza gacha, mirando al suelo.
Axton alzó la mirada.
—No hay nada que ver aquí.
Dijo, dando una orden.
—Kalen, firma el alta.
Él obedeció y fue a la recepción.
Todos se fueron marchando uno a uno. Él seguía con Alma en sus brazos; su respiración estaba agitada.
—Lo siento.
Susurró ella, con miedo.
—No quise golpearte.
Él no dijo nada. Solo se limitó a sostenerla.
Miró sus manos: temblaban.
—Quiero ir a casa.
—¿Te refieres a tu casa aquí, en La Quebrada?
Dijo con una voz áspera.
Ella alzó la mirada y lo vio: esos ojos miel, fuertes y violentos, que no dejaban de cruzarse en su camino. Poco a poco lo recordó, como si la vida le diera un libro que leer.
—Aquí.
Dijo tímidamente.
Esta vez él no respondió, solo la observó más serio que nunca.
Se levantó y la ayudó poco a poco.
—Cámbiate y te llevo a tu casa.
Dijo, casi como una orden.
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Editado: 14.05.2026