La semana lejos del colegio había sido un silencio incómodo.
No por la ausencia… sino por lo que había quedado suspendido en el aire.
Alma caminó por el pasillo con pasos firmes. Tacones suaves, espalda recta, mirada al frente. El blazer negro le daba esa coraza que necesitaba. No podía permitirse parecer de diecinueve… no cuando cargaba treinta años en la cabeza y demasiados secretos en el pecho.
No podía ser Lily, ahora era Alma Santander, y debía ser esa persona como fuera. Había bajado al guardia, muchas zapatillas, música de sus bandas favoritas, ahora necesitaba tener 30, y que las personas le creyeran.
Empujó la puerta del salón.
Ruido.
Cartas.
Risas.
Como si nada importara.
Los chicos estaban repartidos en grupos, completamente ajenos a cualquier concepto de “clase”. En una esquina, como un punto fijo en medio del caos, estaba Axton con Kalen, Benji y Z.
Y entonces pasó. Él levantó la mirada.
No fue un vistazo casual. Fue directo. Fijo. Como si quisiera arrancarle una respuesta sin hacer una sola pregunta.
Alma sostuvo la mirada apenas un segundo… y luego la bajó.
¿Dijo algo?
¿Sabe algo?
Caminó hasta su escritorio, dejó sus cosas con cuidado, como si cada movimiento estuviera medido. Su mente, sin embargo, corría en otra dirección: dinero, escape, salida. Necesitaba un plan. Rápido.
—Llegó la profesora.
La voz la atravesó.
Alzó la mirada. Axton seguía mirándola. Esta vez de pie. Pantalón blanco, camisa celeste de flores, chaqueta de cuero. Como si no encajara en ese lugar… y aun así fuera lo único que tenía sentido.
—Presten atención.
El cambio fue inmediato. Las cartas desaparecieron. Las sillas se acomodaron. Todos la miraron.
—Quiero una clase de usted —dijo Axton.
Sin titubeo. Sin permiso. Como un reto envuelto en cortesía.
Alma lo entendió al instante. Me está midiendo.
Se puso de pie. Tal vez no era Alma. Tal vez ya no era Lily. Pero sabía exactamente lo que era cuando se paraba frente a un salón.
—Bien —dijo, tomando un marcador—. Empecemos.
La pizarra se llenó de números, ella empezó a cumplir con el programa académico que le correspondía conforme al año de ellos.
—No entiendo nada —soltó Benji, arrugando el ceño.
Alma se giró lentamente.
—Ustedes están en último año —su voz era firme, casi fría—. Esto deberían dominarlo. Son ecuaciones simples.
Nada.
El vacío en sus miradas no era desinterés… era desconocimiento.
Eso la descolocó.
—¿Qué han visto hasta ahora?
Benji se encogió de hombros.
—Cualquier cosa que se resuelva con calculadora.
Risas.
Alma parpadeó, incrédula.
—¿Solo saben sumar, restar, multiplicar y dividir?
—Bueno… dividir… —dijo Z— depende del día.
Más risas.
Pero Alma no.
—Pero son último año —repitió, más para sí misma que para ellos.
Algo no encajaba.
Nada encajaba.
Axton se puso de pie sin decir nada caminó hacia la puerta… y salió.
Uno a uno, los demás lo siguieron.
Como si él fuera la señal.
Como si ella no existiera.
El aula quedó vacía.
Se quedó inmóvil unos segundos. Luego tomó la hoja, firmó mecánicamente… y salió. Afuera, el mundo parecía demasiado grande. Demasiado incierto.
Axton la vio alejarse desde la distancia.
Apoyado contra una pared, con las manos en los bolsillos, la observó como si estuviera resolviendo un problema que todavía no tenía solución.
Miró a los chicos.
—Ya vuelvo.
Y se levantó.
El aire afuera del colegio era distinto contaminado, como siempre, como todo en esa ciudad.
Alma caminaba sin mirar atrás, pero lo sabía.
Lo sentía.
Ajustó el paso, firme, calculado. Como si cada pisada fuera una declaración: no me afecta.
Pero sí lo hacía.
Giró en una esquina. Luego otra.
Seguía ahí.
La paciencia se le empezó a agrietar por dentro.
Se detuvo de golpe.
Se giró.
—¿Qué estás haciendo?
Su voz salió más fría de lo que esperaba.
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Editado: 14.05.2026