El dinero corría rápido… pero nunca se quedaba con él.
Axton terminó la venta con la misma calma de siempre. Estudiantes, policías… todos compraban. Nadie hacía preguntas.
A su lado, Kalen casi brillaba.
—Hoy rompimos —dijo, contando billetes con una sonrisa ansiosa.
Axton no respondió. Solo guardó silencio y se fue.
Siempre igual.
Nunca llevaba el dinero encima, no confiaba en nadie, en especial en los que vivian con él.
La puerta crujió al abrirse.
El sofá lo recibió con ese polvo viejo que ya parecía parte de él. Se dejó caer, mirando el techo, con la mente lejos… demasiado lejos.
En ella.
En Alma.
En Lily.
En lo que fuera que estaba ocultando.
—¿Tienes plata?
La voz lo arrastró de vuelta.
Su madre.
Valeria.
Axton no la miró. No necesitaba hacerlo, sabía cómo lucía. Pasaba días, semanas, hasta meses con la misma ropa.
Desordenada, ropa rota y sucia, jeans ajustados que no soportaban el tiempo. Era una mujer de unos 35 años, pero aparentaba mucho más. Sus ojos miel estaban llenos de tristeza y cansancio. Pero era ese olor… ese olor el que le partía el estómago.
—¿Tienes dinero? —repitió, más fuerte.
—No tengo nada.
—Dicen que vendiste mucho con Kalen estos días.
Axton exhaló.
—Dicen muchas cosas. Pídele a tus novios… a ver si alguno sirve.
Ella se acercó.
—Podemos hacer más dinero… pero tienes que ayudarme.
Axton giró la cabeza por fin, la miró, y por un segundo… recordó a alguien que ya no existía.
—¿Qué quieres?
—Vamos a las apuestas. Siempre nos fue bien. Con ese dinero podríamos...
—No voy a apostar contigo —la cortó—. Ya sé cómo termina eso. Yo trabajo… y tú te quedas con todo.
Valeria se tensó.
—¿Por qué necesito el dinero? ¡Eres un pésimo hijo! Nunca me ayudas… eres malo conmigo…
Las lágrimas aparecieron rápido como siempre, el mismo discurso, la misma escena.
Axton se puso de pie, incómodo.
—No llores. Me molesta cuando intentas manipularme. Trabaja… como todos.
La cachetada sonó seca.
—¡Es tu deber darme dinero!
Axton ni se movió.
—No. No te voy a dar dinero para que te vayas con esos tipos a consumir más. Si quieres vicios, te los pagas tú.
Señaló la nevera.
—Compré comida.
Y salió.
Odiaba eso.Ser el adulto. Ser el que sostenía una casa que nunca lo sostuvo a él. Y aun así… nunca se iba.
Nunca la dejaba caer del todo. No entendía: siempre la cuidaba y estaba allí, aunque ella no le devolvía con amor, sino con más reproches.
Empezó a caminar cuando su rostro lo detuvo: era Alma, frente a frente, sin miedo. Su vestido blanco desentonaba con lo sucio del ambiente. Pero lo miraba con seguridad, como si, aunque supiera que podía lastimarla, no le importara.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, irritado.
Ella miró alrededor.
—Quiero hablar contigo.
Axton la sostuvo con la mirada. Por un momento dudó, pero terminó cediendo y la tomó del brazo, llevándola a un lugar que pocos elegían por voluntad propia.
La “oficina”.
Una casa sin techo, con un terrible olor a orina, excrementos por doquier, moscas, jeringas, paredes que suplicaban piedad.
—¿Aquí arrojas tus penas? —preguntó ella, observando.
—Es mi oficina —respondio él, apoyándose en la pared.
Ella asintió con una media sonrisa.
—Todo un ejecutivo.
—Soy un hombre de negocios. Mis clientes… no son los mejores, pero es lo que hay, ¿qué quieres?
Alma respiró. Había ensayado esto. Pero tenerlo enfrente… lo arruinaba todo.
—Quiero que no le digas a nadie lo que escuchaste en el hospital.
Axton se enderezó.
—¿Por qué? ¿Quién es Lily Klein?
—No es tu problema.
—Lo es. Si vienes a mi ciudad a vivir una mentira…
—No es una mentira —replicó, firme—. No te estoy afectando.
Axton se acercó un paso.
—Me molesta. ¿Quién eres?
—Soy profesora de matemáticas. Eso no es mentira. Sé enseñar.
—Mentira eres enfermera, conforme a tus registros...
—¿Me estas investigando? ¿Qué te pasa?
Le grita.
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Editado: 14.05.2026