La ciudad los recibió como un animal despierto: luces parpadeando, música escapando por puertas entreabiertas, voces mezcladas con motores y risas.
Alma bajó del bus primero.
La última parada era una zona movida y comercial.
—Tenemos 24 horas —dijo sin mirarlo—. Ni una más.
Axton estiró los brazos como si acabara de salir de una jaula.
—Tengo hambre.
—¿Qué quieres? —respondió ella, seca.
Él giró despacio, escaneando todo como si eligiera su próxima jugada.
—Algo… diferente.
Alma alzó una ceja.
—Define “diferente”.
Finalmente señaló con entusiasmo un local.
—Ese.
Caminaron hasta el modelo lugar. Al ingresar no parecía nada llamativo, comida casera, y un menú cambiante dependiendo del animo de la cocinera.
Axton se sentó enseguida de frente a la puerta. Ella se sentó frente de él.
—Esto es bastante básico. Se puede hacer en casa.
Él no respondió, tomó la carta y la inspecciono.
—¿Qué vas a pedir?
—Carne con arroz y ensalada.
Ella lo miró incrédula
—¿Eso es tu “diferente”?
La ignoró como de costumbre.
Finalmente llegó la camarera, ella pidió un arroz con pollo y una limonada, el pidió su carne y una gaseosa.
Mientras esperaban el silencio se volvía tenso entre ambos, Axton no dejaba de mirar la puerta y a ella al mismo tiempo.
Alma no se dejaba intimidar, así que solo miró a la ventana, no era su deber entretenerlo, era un trato y lo estaba cumpliendo. La ciudad vibraba detrás del vidrio. Bares llenos. Gente. Movimiento.
Se preguntaba como se sentía eso, salir con amigos, tener una cita, sentarse con alguien e interesarse en la conversación.
Axton estaba atento a su celular, ella lo miró de reojo, tenía un aspecto más tranquilo, con un sutil brillo en sus ojos, como si por fin pudiera relajarse un poco.
Era peligrosamente atractivo. No era su tipo para nada, a ella le gustaban los chicos correctos. Pulcros. Predecibles. Nada de caos. Nada de rebeldes sin causa, ni pandilleros peligrosos, le gusta el orden, le gusta lo que puede controlar. Y hombres como él, jamás serán controlados.
Axton levantó la mirada y sus miradas se cruzaron.
Él ladeó la cabeza.
—Hay algo raro en ti. Sí pareces una intelectual aburrida. Pero no sé… algo no encaja.
Alma suspiró.
—Este trato se basa en que no haces preguntas.
—No me gusta que me des órdenes. No eres mi madre.
—Si lo fuera —dijo ella, tranquila— no tendrías esas notas, no te vestirías como jubilado en Cancún… y sabrías comportarte en clase.
Axton soltó una carcajada real.
—Sí, señora.
—¿Por qué tan rebelde?
La sonrisa se le apagó apenas.
—No intentes conocerme. Ni pensar que soy bueno en el fondo. Te vas a llevar una decepción.
Alma se encogió de hombros.
—Estás muy a la defensiva para alguien que domina una zona entera.
—¿Sabes cocinar?
Preguntó de manera impetuosa.
—No.
—Yo tampoco. Leti sí. Algún día será mi esposa.
Ella apoyó el mentón en la mano.
—¿La eliges por eso?
—Es la más bonita del colegio. Mi novia desde hace un año. Eso suma puntos.
—Eso no es un criterio para el matrimonio, ¿no crees?
—En La Quebrada lo es, quieres una persona que conozcas, que no te de sorpresas. A Leti la conozco desde que éramos niños, se como es y por eso será mi esposa.
Ella levanto las cejas, sorprendida de esa respuesta.
—¿Qué?
Pregunta él a la defensiva.
—Nada, creo que hacen bonita pareja. Me alegra que lo tengas claro.
Esa respuesta lejos de arroparlo, lo incomodó más.
—¿Tú tienes novio?
—Sin preguntas personales, ese es el trato.
—¿Te gusta Milo?
Ella parpadea confundida.
—¿El profesor de educación física?
—Es hermano de Kalen. Dijo que eras bonita.
Se sonrojó levemente.
—Es guapo… No lo había pensado. Pero no es mi tipo, creo, no lo conozco la verdad.
Axton se inclinó un poco.
—¿Cuál es tu tipo? Te consigo novio.
Lo pensó mejor.
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Editado: 14.05.2026