Alma iba camino al colegio, con el sol todavía indeciso entre calentar o mirar desde lejos. El celular vibró en su bolsillo.
Número desconocido. Siempre una mala historia empieza así.
Aun así, respondió.
—¿Hola?
Una respiración se escuchó del otro lado… y ella supo que eso no era bueno.
—Hola, hija.
Se quedó helada, esa voz...¿su madre?
Analizó un poco la situación, cuando negó.
—No… tú no puedes ser ella —dijo finalmente.
—¿Quién quieres que sea, Lily?
Cerró los ojos, ahora sí tenía sentido.
—No puedes hacerme esto. No puedes usar la voz de mi madre…
—Tampoco creo que la quisieras mucho —respondió la voz, mutando—. La pobre no deja de llorar a una hija no muerta que anda de profesora en un asqueroso pedazo de basurero.
—¿Cómo conseguiste este número?
Una risa. Cambió a mitad de sonido, como una radio mal sintonizada.
—Soy yo —respondió, ahora con un tono más agudo—. Podría encontrarte, aunque te escondas en el fondo de la fosa de las Marianas.
—No tengo el dinero.
—Claro que no —otra voz, más suave, casi burlona—. Porque si hubieras sido una buena amiga… esto no estaría pasando.
—¿Qué más quieres?
—Me gusta cuando te tensas...es la única vez que recuerdo que soy más inteligente que tu.
La voz cambió otra vez. Más lenta. Más pesada.
—Eres una descarada, me diste la identidad de una enfermera —dijo—. Y aquí ya lo saben.
Una risa breve, que se transformó en otra cosa antes de terminar.
—¿Y? —respondió… con la voz exacta de Alma.
—Deja tus juegos.
—No estoy jugando.
Dijo mientras usaba la voz de su padre ahora. Eso fue peor que cualquier amenaza.
Alma odiaba esos juegos de la Dopple. Los cambios de voz, de rostro… podía ser cualquiera, y nadie sabría que estaba siendo engañado. Su inteligencia superaba a la de muchos, y eso era lo verdaderamente peligroso.
—Ese no fue el trato —replicó, tratando de no parecer afectada —. Tú tenías que darme una identidad nueva, era tu trabajo.
—¿Tú crees que tomar identidades es fácil?
La voz volvió a cambiar. Ahora sonaba como Alma de nuevo.
—No funciona así.
—Entonces explícame cómo funciona.
—La identidad que tienes… —la Dopple bajó la voz, casi en un susurro— es de alguien que murió.
El mundo perdió un paso.
—Estás mintiendo.
—Siempre —respondió la Dopple, ligera—. Pero no en esto.
—¡No! —la rabia le subió de golpe—. Eso no fue lo que acordamos.
—Acuerdos… —la voz mutó otra vez, ahora dulce, venenosa—. Qué palabra tan optimista.
Apretó los dientes.
—Me metiste en la vida de alguien real.
—Muerta —corrigió, seca—. No te emociones.
—Sácame de esto —exigió—. Arréglalo.
La Dopple soltó una risa corta.
—¿Arreglarlo? No me des órdenes, pedazo de traidora. ¡Quiero mi dinero! Y ahora lo quiero con intereses.
—¿Cuánto?
La respuesta cayó sin prisa.
—Cien mil dólares.
El número se sintió irreal.
—Eso es demasiado.
—Haz lo que mejor sabes hacer —continuó—. Mentir.
No respondió, porque sabía que era cierto.
—O…te recojo yo misma y te regreso de tirones a tu antigua vida. Con tus padres —añadió—. Con todo el caos. No tienes mucho tiempo.
Y entonces, como si aún no fuera suficiente, la Dopple susurró:
—Porque si no pagas… terminas igual que la verdadera Alma.
La llamada se cortó, dejándola sin aire por un segundo.
Luego guardó el teléfono, y siguió caminando.
Porque detenerse… ya no era una opción.
Un reloj invisible estaba corriendo.
Y cuando se trataba de la Dopple,
la muerte…era casi un alivio.
Debía tener más información, le dio la identidad de una persona muerta, no creó una nueva como lo habían acordado, entonces, ¿Quién era ella? ¿Quién era Alma? Sabía quien podía ayudarla.
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Editado: 14.05.2026