El Error de Existir - Ecuaciones de una mentira

26 Los hermanastros

Kalen llevó a Alma hasta la casa de Milo.

Ubicada en la zona baja de un enorme cerro, la construcción de madera resistente parecía más firme que todo lo que la rodeaba.

Golpearon la puerta.

Un par de segundos después, Milo abrió, y el contraste fue inmediato.

Kalen era cabello rebelde, ropa descuidada, alguien que siempre estaba a punto de meterse en problemas… o salir corriendo de ellos. Como un perro feliz, embarrado de lodo, sin intención de limpiarse.

Milo, en cambio…era otra cosa.

Camiseta ajustada, limpia. Jeans en su sitio. Cabello rizado brillante acomodado sin esfuerzo. La postura recta, tranquila. Definitivamente levantaba miradas en esa ciudad de caos.

Milo los miró, extrañado.

—¿Qué pasa?

Kalen habló primero, como siempre, sin filtro.

—Quiere hablar contigo. Negocios.

—¿Qué clase de negocios?

—No te hagas —respondió Kalen, encogiéndose de hombros—. Ella sabe a lo que viene.

Milo lo miró un segundo más… y luego se apartó.

—Pasen.

La casa era pequeña, pero ordenada.

Pisos de cerámica básica. Paredes azules. Un sofá limpio frente a una televisión grande. Pesas acomodadas, no tiradas. Vasos de proteína… en el fregadero, no en cualquier esquina.

Todo tenía lugar. Todo tenía intención.

—No te sientes en mi mueble —dijo Milo, señalando a Kalen sin mirarlo—. Lo vas a ensuciar con tu ropa.

Kalen rodó los ojos.

—Ya empezamos…

Milo sacó una silla de madera y la dejó frente a él.

—Ahí.

Kalen se dejó caer, molesto, cruzándose de brazos como un niño regañado.

Milo giró hacia Alma y su expresión cambió.

—Tú sí puedes sentarte.

Ella se sentó, pensando que estaba realmente incomoda.

—Espero que este idiota no me haya dejado mal —añadió Milo, con una sonrisa ligera.

Alma soltó una pequeña exhalación.

—No creo que puedan quedar peor… aquí nadie.

Milo sonrió. Y fue de esas sonrisas medidas, elegantes, casi peligrosas. Kalen hizo una mueca.

—No vino a que le coquetees.

—Eres un animal. Solo soy amable.

Luego miró a Alma, divertido.

—Nunca ha estado con una chica. Eso afecta a cualquiera.

Kalen se levantó de golpe.

—¡No digas eso! ¡Si he tenido novia!

—Claro —asintió Milo—. En tu cabeza.

Kalen apretó los puños.

—Tú tampoco has tenido muchas.

—Soy selectivo. Una buena mujer vale más que cien deplorables.

Terminó de decir eso cuando el puño de Kalen ya estaba en su espalda. Milo se levantó molesto, dispuesto atacar, pero luego, pero vio la expresión de su hermano, se detuvo.

Alma se puso de pie.

—¿Podemos volver a lo mío? No vine a verlos pelear.

—Sí, claro —respondieron casi al mismo tiempo.

Kalen volvió a sentarse, aun respirando fuerte.

Milo se acomodó la camiseta, como si nada hubiera pasado.

—Seré clara. Mueves apuestas con cartas. Quiero entrar.

Milo la observó.

—No meto a nuevos —dijo.

—Necesito el dinero —respondió Alma—. Y ya le prometí un porcentaje a tu hermano.

—¿Por qué negocias con él? Yo manejo esto.

Kalen sonrió, orgulloso, como si acabara de robar algo.

—Porque necesito entrar.

Milo la evaluó otra vez. Más serio.

—Cinco mil dólares. Eso cuesta entrar.

—No los tengo.

Dice ella pensativa, pero siendo realista.

Kalen habló

—Yo los pongo.

La miró.

—Pero me pagas. Más mi porcentaje.

Alma asintió sin dudar. No era buena idea, pero ya que más daba deberle a alguien más.

Milo exhaló.

—Está bien. Esta noche. Nueve en punto.

Su voz se volvió firme.

—De negro. Con mascarilla.

Miró a Kalen.

—Y tú, limpio.

Kalen bufó.

—Haré lo que pueda.

—Nada de alcohol. Nada de bebidas. Nada de celulares —continuó Milo—. Espero diez minutos. Después cierro la puerta. Y entonces…nadie entra.

Salieron sin decir nada más. Alma sentía un poco de alivio, negociar con estas personas era más fácil que negociar con la Dopple.




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