Alma llegó vestida de negro. Pantalón ancho. Camiseta sencilla. Mascarilla cubriéndole medio rostro.
Kalen ya la estaba esperando en el punto acordado, al parecer le hizo caso a Milo y se baño, por que olía bien.
—Pensé que no vendrías —dijo.
—No tengo esa opción.
—Estas metida en un buen lío.
No fue una pregunta, sabía que estaba diciendo.
La hizo pasar. Subieron por un pasillo solitario, largo, con luces que parpadeaban como si tampoco quisieran estar ahí.
A cada paso el ruido empezó a recibirlos. A lo lejos se escuchaba risas y música.
Cuando llegaron a la terraza del colegio, el ambiente explotó.
Estudiantes.
Mesas.
Cartas.
Botellas.
Todo en un equilibrio peligroso entre fiesta y negocio.
Dos chicos los detuvieron.
—Revisión.
Kalen levantó las manos, Alma lo imitó. Los revisaron rápido.
—Orden de Milo —añadió uno.
Y los dejaron pasar. Kalen se inclinó hacia Alma.
—Seré claro y rápido —dijo—. Aquí no se vende nada. Ese es negocio de Aurora y Marta.
Señaló una esquina. La hija y la madre, cerveza en mano, observando todo con ojos atentos.
—La mesa donde se mueve más dinero es esa.
Alma siguió su mirada. Y se detuvo.
—¿Ese es el ministro de educación?
Kalen asintió, como si fuera lo más normal del mundo.
—Así es. Es el que más apuesta y más bebe. Cuando él está… esto se llena.
—Llevame a una mesa.
Dice ansiosa.
—Tranquila, debes...
—No vine a hacer amigos, no vine a ver el ambiente. Quiero hacer dinero e irme a mi casa a ponerme mi pijama y comer frente a la televisión. Así que llevame a una mesa.
Kalen habla con Milo y este la sienta inmediatamente en una mesa.
Apuestas pequeñas, de unos 50 o 100 dólares.
—¿Profe?
Le preguntan los estudiantes de la mesa.
Ella veía sus cartas.
—Hoy no soy su profesora, si mi ganan les paso la materia a todos. Si yo gano...
Los ve de manera intimidante.
—Más les vale estudiar.
Los chicos sonrieron, la apuesta ahora estaba siendo interesante.
—Empieza —dijo Kalen.
Minutos después...ganó.
Los chicos estaba animados. Apostaron otra ronda. 100 dolares cada uno.
Ganó.
Otra más.
Ganó.
Una tras otra.
Como si las cartas ya supieran a dónde tenían que ir.
Kalen empezó a sonreír.
—¡Eso! —susurró—. Ya hicimos mil.
Tomó el dinero.
—Esto cubre parte de mi inversión principal.
Alma extendió la mano.
—Dame cien.
Kalen la miró, sorprendido.
—¿Qué? No seas codiciosa. Ya ganaste bien.
—No vine por mil dólares —respondió—. Puedo ganar más.
Kalen dudó.
—Toma doscientos. Pero bájale.
Alma no respondió.
Siguió jugando.
Y en poco tiempo…duplicó.
Luego triplicó.
Las miradas empezaron a quedarse más tiempo de lo normal.
Sus manos no temblaban.
No dudaban.
Era… natural.
Demasiado natural.
Más tarde, Alma se levantó y buscó a Milo.
—Quiero entrar a la mesa del ministro.
Milo ni lo pensó.
—No.
—Están apostando más de 10000 mil —insistió—. Quiero ganar dinero.
—Ahí se sientan los pesos pesados —respondió—. No te conviene.
—Hay mineros, policías… gente que no pierde —añadió Kalen—. No seas tonta.
—Ya vieron de lo que soy capaz. Llevame allí.
Luego volvió a Milo.
—Confía en mí.
Los hermanos se vieron, y Milo encogió los hombros.
—Veré si te puedo meter.
Kalen la llevó a la barra y le pasó una cerveza.
—Cálmate —dijo—. Estás llamando demasiado la atención.
Alma no bebió.
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Editado: 14.05.2026