El Error de Existir - Ecuaciones de una mentira

29 Confía en tu profesora

Alma llegó al punto de siempre. Esta vez no iba sola. Kalen caminaba a su lado… y Axton también.

Tres sombras subiendo por el mismo camino.

—¿Por qué tú puedes ir sin mascarilla? —preguntó Alma, mirándolo de reojo.

Axton ni la miró.

—Porque hago lo que me da la gana.

Alma rodó los ojos.

—Eres un pesado.

—Sí, lo soy —respondió él, tranquilo.

—Ya, ya —intervino Kalen—. Tranquilos los dos.

Se inclinó hacia Alma, bajando la voz.

—Milo te va a meter directo en la mesa pesada hoy. Tengo los siete mil quinientos listos… pero si los pierdes…

—Sí, Kalen, entiendo —lo cortó ella.

Llegaron a la terraza, estaba más llena que la noche anterior. La noticia de que el ministro estaba se corrió como pólvora. Pudo sentirlo, había más dinero.

Milo los esperaba.

—Ustedes dos —señaló a Kalen y Axton— se mantienen al margen, hay más mineros que de costumbre y no quiero problemas.

Kalen alzó la mirada para hacer una mueca de desagrado.

—¿Qué hace él aquí?

Milo miró en dirección a la mesa.

—Sé que tu padre y tú no se llevan bien, pero aquí solo basta tener plata, los conflictos familiares no son mi asunto.

La llevó a una mesa y a los otros dos les ordenó sentarse en una esquina sin estorbar.

Se sentó.

—¿Cuál es el límite de pérdidas antes de que me levantes?

Milo la miró con cautela, no era una pregunta habitual.

—Son cuatro.

Le dijo al oído. Ella asintió y aceptó la mano de cartas.

El ministro la vio y sonrió.

—¿Otra racha de suerte?

Alma levantó la mirada, con una sonrisa tranquila.

—Es un vicio. No se suelta tan rápido.

El hombre río y pidió otra bebida.

En la esquina, Kalen y Axton observaban.

—¿Vas a beber, guapo?

Axton levantó la mirada y vio a Aurora.

—No bebo nada que haya pasado por tus manos.

Aurora hizo un puchero.

—Eres algo rencoroso, Axton.

—Solo lárgate.

Ella se encogió de hombros y se fue.

Kalen la miró acercarse a la mesa donde estaba su padre y sentarse en sus piernas.

—No sé ni para qué mis padres siguen juntos. Entre mi mamá y este perdedor, me están volviendo loco.

—Tienen de eso que se llama relación abierta —dijo Axton, viendo la mesa donde Alma estaba.

—Abierta… ni se hablan. Mi mamá llega a la casa y, si lo ve, duerme en la sala con nosotros o se va a casa del vecino. Y mi papá, si ve a mi mamá, empieza a beber hasta desmayarse.

—¿Te has preguntado por qué no nos vamos? Somos mayores de edad, tenemos dinero. ¿Por qué seguimos viviendo con ellos?

Kalen lo pensó mejor.

—No lo sé. Por alguna extraña razón los odio, pero al mismo tiempo, si algo les pasa, me sentiría responsable.

Axton asintió, él se sentía igual que con su madre.

—¿Estás bien? —preguntó Kalen de pronto—. Por lo de Leti.

Axton chasqueó la lengua un poco antes de responder.

—Leti hace siempre lo mismo. Se acuesta con otro… y luego vuelve a llorarme que me ama cuando el otro no la quiere para algo serio.

—Milo dijo que el tipo con el que estaba era policía —dijo Kalen.

—Todos buscamos salir de aquí a nuestra manera —añadió Axton.

Miró el suelo un segundo.

—Ella quiere su propio garante —continuó, esta vez más bajo—. A diferencia de nosotros… Leti nunca ha salido de aquí.

Alzó la vista.

—No la puedo culpar por buscar algo más.

Kalen siguió su mirada, iba directo hasta Alma, quien jugaba completamente seria.

Pasaron unas horas. Ellos no se acercaban a la mesa, pero veían cómo Milo se estresaba. Luego fijó su mirada en Kalen y caminó directo a él.

—No sé qué le pasa hoy —dijo Milo, conteniendo su rabia—. Ya ha perdido tres manos.

—¡Qué! —gritó Kalen—. ¡Mi dinero!

—¿Por qué le confías tu dinero a ella? —le reclamó a Axton—. Te lo dije, es una extraña.

Milo respiraba agitado.

—Solo tuvo una racha de suerte. Es claro que una chica de cabello rosa no iba a ganarle a todos…

—¡Gané!

Se escuchó un grito de victoria. Los tres se giraron y vieron a Alma sonriendo en la mesa, juntando el dinero.

—¿Ganó?




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