El Error de Existir - Ecuaciones de una mentira

32 El patrón oculto

Volvió a la mesa sabiendo que tenía las probabilidades en contra. Aun así, empezó con lo único que nunca fallaba: su conteo.

Sus ojos siguieron las manos del repartidor. El ritmo del barajado. La forma en que las cartas se deslizaban unas contra otras.

Normal para cualquiera. Pero no para ella.

En una baraja completa hay cuatro reyes, cuatro reinas y cuatro jotas. Doce cartas que, en una mesa de cinco jugadores, deberían aparecer tarde o temprano. No siempre juntas, no siempre ganadoras… pero sí visibles.

Y no lo estaban.

Ni una sola vez.

No solo en su mesa. Alma lo comprobó de reojo: en las otras mesas tampoco aparecían.

Entonces lo entendió., las cartas habían sido retiradas. Pero, no siempre se puede perder, eso es sospechoso, entonces…alguien debía ganar, alguien que jugaba para la casa.

Recorrió la mesa con la mirada, evaluando:

Una mujer borracha, riendo sin control.

Un chico joven, pálido, sin ánimos en la vida.

Un hombre mayor, aburrido.

Y otra mujer… llamativa, hermosa, demasiado relajada.

Sonrió apenas.

La respuesta era obvia.

El repartidor comenzó a repartir: dos cartas por jugador.

El juego avanzó, no miró sus cartas de inmediato. Miró a su objetivo.

No observaba al repartidor. Primera señal.

No miraba a los demás. Segunda.

Pero, para ganar debe haber una ventaja, y ella sabía que esa ventaja estaba en el reverso de las cartas.

Afinó la vista, ahí estaba.

En el reverso, donde el diseño debía ser perfectamente simétrico, había una variación mínima: un tercer punto blanco, casi imperceptible, en la parte inferior.

Alma tomó una de ellas. Su objetivo se enderezó apenas, confirmando sus sospechas.

Ella siguió como si nada.

El flop cayó sobre la mesa y empezó a contar.

Si las cartas estaban marcadas, entonces el barajado también estaba controlado.

Las apuestas subían y bajaban. Gestos exagerados. Sonrisas falsas, malos intentos de poker face.

Pero no estaba jugando contra ellos, estaba jugando contra el sistema.

Llegó otra carta, y otra.

El patrón era claro.

Esas cartas no solo estaban marcadas… habían sido fabricadas así.

Tomó otra carta sin alterar su expresión.

Su objetivo tragó saliva.

Ahora sí.

El conteo era clave.

Sin figuras en el mazo, las escaleras eran raras, pero no imposibles. Y el color seguía siendo una opción sólida.

Alma miró sus cartas.

10♠, 9♠, 8♠, 7♠.

Necesitaba un 6♠.

Uno solo.

Siguió el conteo.

Las cartas estaban manipuladas, eso significaba que su carta… no estaba al azar, estaba colocada, y probablemente… al final.

Dejó pasar turnos.

—Paso

—Paso.

—Paso.

Paciencia.

El juego se alargaba justo como estaba diseñado.

Hasta que llegó.

La carta.

Marcada.

Ella la vio.

Su objetivo también.

Por suerte su ubicación le permitía tomarla de primero.

6♠.

Sonrió.

El repartidor y uno de los jugadores se miraron.

Algo no estaba bien, lo sabían, pero ya era tarde, Soltó sus cartas sobre la mesa.

—Escalera de color.

El silencio cayó como un golpe.

Las fichas comenzaron a deslizarse hacia ella.

Sesenta mil dólares.

Respiró hondo, había ganado con precisión y lo pudo ver en la cara del repartidor y el joven pálido.




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