El Error de Existir - Ecuaciones de una mentira

35 La sombra del rubio

Fueron a un centro comercial enorme. Por una vez, no miraron precios.

Axton eligió una camisa mostaza, un jean oscuro y unas zapatillas blancas. Alma se probó varios vestidos hasta quedarse con uno color lacre, con lazos en los hombros y caída en A.

Después fueron al restaurante más caro que encontraron. Pidieron todo lo que quisieron. Entrada, fondo, bebidas, postre. Sin pensar. Sin medir. Como si el dinero no fuera a acabarse nunca.

Cuando terminaron, Axton miró el reloj.

—Debemos irnos.

Alma negó suavemente. Se inclinó hacia él y le da un beso, que el no rechazó. Y esta vez no dudó en regresarlo.

Luego asintió.

—Está bien.

Salieron riendo, con esa ligereza que no les pertenecía… pero que por esa noche podían fingir.

Fueron al hotel más lujoso.

La habitación parecía irreal.

Demasiado limpia. Demasiado perfecta. Como algo sacado de un sueño que no les correspondía.

Apenas entraron, Alma se dejó caer en la cama.

—Es… suave —murmuró, hundiendo el rostro en las sábanas.

Axton la imitó. Se dejó caer a su lado y cerró los ojos, sintiendo el colchón ceder bajo su peso.

Un silencio distinto.

—¿Te cuento un secreto? —dijo él.

Alma giró la cabeza, apoyada en la almohada, y asintió.

Axton tardó un segundo.

—Nunca he dormido en una cama.

Ella lo miró.

—¿Por qué?

Axton soltó el aire, como si al decirlo ya no pudiera detenerse.

—Mi padre era adicto. Conoció a mi madre… ella trabajaba en la calle vendiendo. La embarazó. Ella nunca me quiso. Cuando nací, me dejó con él. Pero él tampoco podía cuidarme por sus vicios, aunque a su manera lo intentaba.

Miró el techo.

—Crecí solo.

Su voz no temblaba. Pero había algo más profundo.

—Cuando mi madre necesitó dinero, volvió por mí. Tenía cinco años. Me llevó a La Quebrada… y le pidió dinero a mi padre.

Hizo una pausa.

—La vida con ella era un infierno. Sus novios me golpeaban… o simplemente no existía para ellos. A veces llegaba drogada y se quedaba tirada en el suelo, sin siquiera mirarme.

Cerró los ojos un momento.

—El único que se preocupaba por mí era El Ratón. Él me bañaba, me llevaba al colegio, me daba de comer.

Alma no dijo nada. Solo escuchó.

—Mi abuelo… —continuó— El Rubio ese… quería que me fuera con él. Pero mi madre no soltaba la custodia. Cuando cumplí diez años, podía elegir.

Sonrió, pero sin alegría.

—Ella me dijo que todo iba a cambiar.

La miró, apenas.

—Y yo le creí. Me quedé.

Bajó la mirada.

—Pero nada cambió. Mi padre murió de una sobredosis… y yo me quedé atrapado ahí. Robando. Haciendo lo que fuera para sobrevivir. Y luego entendí que ella solo quería la herencia de mi padre. Pero mi abuelo la puso a su nombre, para que de esa forma Valeria no pudiera tocarla.

Apretó la mandíbula.

—Y cuando cometes delitos… el sistema no te deja salir. Por eso sigo ahí.

Alma miró el techo.

—Eso es cruel, Axton.

Giró la cabeza hacia él.

—¿Por qué sigues con ella?

Axton negó levemente.

—No lo sé.

Alma respiró hondo.

—Yo creo que sí —dijo, suave—. O al menos… lo entiendo.

Se acomodó un poco más cerca.

—Duele que no te quieran. Que las personas que te trajeron al mundo no te amen.

Su voz no temblaba. Era tranquila. Segura.

—Es como si las bases de tu vida no existieran. Y haces todo por complacerlos… aunque nunca sea suficiente. Porque, para ellos, nunca lo eres.

Axton la miró.

Algo en sus palabras encajó demasiado bien.

Se acercó, La atrajo hacia su pecho.

—Creo que a ti también te dejaron sin hogar.

Alma se aferró a él.

—Nunca tuve uno.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Fue… suave, como la cama.

Como esa pausa en sus vidas que no sabían cuánto duraría. y, sin darse cuenta, se quedaron dormidos, abrazados.

1:00 am

Alma se despertó con una sensación extraña en el cuello.

Abrió los ojos de golpe.

Una sombra cruzó la habitación… y desapareció por la puerta.




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