Alma estaba sentada sobre el escritorio del hotel mirando las pantallas llenas de números mientras Alfa terminaba los últimos detalles del golpe.
La habitación estaba iluminada por el sol brillante que entraba a la elegante habitación con dos camas matrimoniales, y detalles en madera.
Alfa sonrió divertido sin apartar la vista del monitor.
—Los ricos son absurdamente fáciles de manipular.
En la pantalla aparecía el comunicado enviado a los clientes VIP de Casinos Trébol alrededor del mundo.
Invitación exclusiva para clientes seleccionados.
Mónaco. Las Vegas. Macao. Dubái.
Miles de correos enviados.
Miles de egos activándose al mismo tiempo.
Alfa soltó una risa.
—Míralos. Están aceptando.
Alma apenas levantó la vista.
—Porque quieren sentirse más inteligentes que el sistema.
—Y técnicamente sí lo son —respondió Alfa orgulloso—. El sistema lo hicimos nosotros, y nosotros los estamos guiando a ellos.
Alma observó otra pantalla llena de grabaciones del casino.
Su expresión cambió apenas.
—Vladimir modificó el patrón.
Alfa giró la silla.
—¿Aun puedes contar?
—Sí.
Ella empezó a mover videos rápidamente.
—Pero esta vez sentaron jugadores de la casa en todas las mesas importantes.
La pantalla mostró distintos rostros entrando y saliendo.
—Ya no se quedan fijos como antes —continuó Alma—. Ahora rotan cada veinte minutos para distraer a los contadores de cartas.
Alfa sonrió apenas.
—Eso es inteligente.
—No suficiente.
Alma pausó el video.
—El patrón sigue ahí. Juegan tres veces. Pierden. Se levantan. Luego entra otro.
Las imágenes avanzaron otra vez.
—Además alteraron la distribución para que las cartas necesarias para hacer escalera terminen casi siempre en manos del jugador de la casa. Ya no las quitan como antes.
Alfa silbó impresionado.
—Vladimir no nos quiere cerca.
—Yo diseñé ese sistema a los ocho años —respondió Alma seca— Puedo con lo que inventé Vladimir o el nuevo genio que este explotando ahora.
Se quedó observando las cartas unos segundos más.
—Ahora ganan con premios pequeños cada ciento veinte jugadas. Treinta dólares. Cuarenta. Lo suficiente para mantener a los jugadores sentados sin notar el patrón real. Los premios más grandes lo están llevando los jugadores de la casa.
Alfa la observó en silencio. A veces olvidaba que Alma veía los casinos como una relojera experta. Analizaba a cada persona como parte de un todo, cada uno, siendo piezas de un engranaje que para ella siempre estaba allí.
La puerta se abrió de pronto.
Minerva entró empujando un carrito de limpieza mientras llevaba el uniforme e identidad de una empleada del hotel, la cual recibió un correo privado de que tendría 4 días libres con paga por un premio que ganó. Un correo perfecto cortesía de Alfa.
Se dejó caer dramáticamente sobre la cama.
—Es oficial. Nos están investigando.
Alfa levantó una ceja.
—¿Quiénes?
—Interpol. Hay agentes dentro del hotel.
El silencio cayó pesado.
Alma levantó lentamente la mirada.
—¿Cuántos?
—Conté seis. Tal vez más. Dos en la recepción. Uno en ascensores. Y otro fingiendo ver su celular desde hace una hora, mientras pasea a un muñeco realista en un coche. Bastante mediocre, honestamente.
Alfa empezó a pensar rápido.
—¿Qué hacemos?
Minerva miró a Alma.
Pero Alfa negó antes de que ella hablara.
—Nos quedamos.
Las dos lo miraron.
—Si nos vamos ahora sabrán que descubrimos la vigilancia —continuó—. Eso los pondrá en alerta.
Tenía razón.
—Es mejor que crean que vamos a repetir el golpe de la última vez —dijo Alma finalmente—. Ese movimiento ya lo conocen.
Alfa asintió.
—Y mientras miran el patrón viejo… hacemos uno nuevo.
Minerva se quedó jugando con una de las almohadas.
—Por cierto…
Alma levantó la vista.
—Axton está en el hotel.
Eso hizo que el ambiente cambiara apenas.
—Lo vi hablando con un agente de Interpol.
Silencio.
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Editado: 20.05.2026