Lo primero que siente no es el dolor. Es el silencio.
No el silencio del sueño, que tiene textura, que respira. Este es otro: plano, limpio, como el interior de un sobre sin carta. Samanta tarda unos segundos en entender que sus ojos están abiertos.
El cielo es azul.
Demasiado azul. El tipo de azul que no existe por casualidad, que alguien tuvo que elegir. Sin nubes. Sin el borde desigual de un edificio cortando el horizonte. Solo ese azul, quieto, mirándola desde arriba como si llevara ahí toda la vida esperando que ella se diera cuenta.
Se incorpora despacio. Le pesa la cabeza, o quizás es el cuello, o quizás es todo el cuerpo recordando de golpe que existe.
El suelo debajo de ella está tibio.
Eso es lo que más la desconcierta. No el cielo falso, no la ausencia de sonido, no el hecho de que no recuerda haberse tumbado aquí. El suelo tibio. Como si supiera que iba a llegar.
Mira sus manos.
Son sus manos. Las mismas uñas mordidas, la misma cicatriz pequeña en el índice derecho que se hizo con unas tijeras a los doce años. Todo está donde debería estar. Y sin embargo algo no cuadra, algo que no sabe nombrar, como cuando llegas a casa y tienes la sensación de que movieron un mueble aunque no puedas señalar cuál.
—Okay —dice en voz alta. Solo para probar.
La palabra suena normal. El aire la recibe sin protestas.
Se pone de pie.
El valle que la rodea se extiende con una lógica demasiado amable: caminos trazados en ángulos cómodos, construcciones bajas de bordes redondeados, gente moviéndose con la calma de quien sabe exactamente adónde va. Nadie corre. Nadie grita. Nadie la mira.
Entonces aparece el panel.
Flota a la altura de su pecho, con letras tan suaves que casi parecen una disculpa.
BIENVENIDA, SAMANTA. ESTADO: ESTABLE. PUNTOS INICIALES: 0.
Lo lee dos veces. Luego mira el cielo otra vez. Luego vuelve al panel.
En otro momento de su vida, en otro cuerpo, en otra versión de sí misma que pagaba el alquiler y llegaba tarde y comía de pie sobre el fregadero, esto la habría asustado. Pero ese cuerpo llevaba mucho tiempo sintiéndose extraño también. Llevaba mucho tiempo despertando con la sensación de deber algo que nadie le había cobrado.
Aquí, al menos, alguien se tomó la molestia de recibirla.
—Cero puntos —murmura para sí misma—. Algo es algo.
Cierra el panel con un gesto que no recuerda haber aprendido, y camina hacia el valle.
No piensa en lo que dejó atrás.
Todavía no.
Editado: 10.06.2026