El Error Fue Sentir

CAPÍTULO 1 — Las mazmorras

Los primeros días los pasa contando cosas.

No los puntos, aunque esos también los lleva, grabados en algún lugar detrás de los ojos con la misma precisión automática con que antes memorizaba la hora del último metro. Cuenta otras cosas. El número de pasos entre su cabaña y el tablón de anuncios: cuarenta y tres. Las veces que el cielo cambia de intensidad a lo largo del día: ninguna. Los segundos que tarda alguien en apartar la mirada cuando la cruzas por el camino: entre uno y tres, dependiendo de si llevas el uniforme bien abrochado.

Nadie le enseñó a contar así. Lo hace sola, en silencio, porque es la única forma que conoce de entender un lugar nuevo sin tener que preguntarle nada a nadie.

En otro sitio eso la hacía rara.

Aquí todavía no sabe qué la hace.

Las misiones básicas son sencillas. Clasificar suministros, limpiar equipos, registrar inventario. El sistema lo llama "acumulación de base" y le da puntos pequeños por cada tarea completada, suficientes para mantenerse estable pero no para avanzar. Samanta no le da vueltas a eso. Hace lo que hay que hacer y observa mientras lo hace: cómo se mueve la gente, qué expresiones tienen cuando creen que nadie las mira, cómo suenan las conversaciones que no van dirigidas a ella.

Aprende más así que en cualquier briefing.

La primera vez que ve volver a alguien herido de una misión, no aparta los ojos. Observa cómo lo atienden, sin alarmas ni dramatismo, con una eficiencia que le resulta casi reconfortante. El dolor, aquí, tiene procedimiento. Eso es nuevo.

Lo que no tiene procedimiento es Matt.

Lo conoce un martes —si es que aquí los días tienen nombre— cuando los dos intentan coger el mismo contenedor de suministros al mismo tiempo y ninguno de los dos suelta. Se miran. Él sonríe primero, con esa facilidad de quien ha sonreído así toda la vida y nunca ha tenido razones para parar.

—Tú ganas —dice él, soltando el asa—. Yo tengo otros tres pendientes.

—No es una competición —responde Samanta.

—Todo aquí es una competición. —Se encoge de hombros—. Pero no tiene que serlo con todos a la vez.

Samanta no contesta. Coge el contenedor y se va. Pero anota el intercambio mentalmente, como anota todo, y durante los días siguientes nota que Matt es de los que llenan el silencio sin necesidad, que saluda a gente que claramente no recuerda haberle saludado antes, que hace bromas que a veces no aterrizan y las deja morir sin incomodarse.

No le cae mal. Simplemente todavía no sabe qué hacer con alguien así.

El entrenamiento empieza la tercera semana. No porque alguien se lo indique, sino porque Samanta ve que la gente que tiene más puntos también se mueve de otra manera: más rápido, más segura, con esa economía de gestos de quien ha aprendido que el cuerpo puede hacer cosas si uno deja de pedirle permiso. Empieza sola, en el área de práctica cuando hay poca gente, aprendiendo a calcular sus límites con la misma metodología con que antes analizaba datos: prueba, error, ajuste, repetición.

Su cuerpo responde mejor de lo que esperaba.

Eso también lo anota.

Un día aparece en el tablón una misión distinta.

No en el sentido de que sea más peligrosa. En el sentido de que la mira más de una vez, y eso no le pasa con las demás.

MAZMORRA: BOSQUE SUMERGIDO DIFICULTAD: MEDIA TIEMPO DE PREPARACIÓN: 24 HORAS

La imagen que acompaña al anuncio muestra árboles que crecen hacia abajo y agua que cae hacia arriba. Samanta no sabe si eso es decorativo o una advertencia real.

—¿La estás leyendo o solo la estás mirando? —dice una voz a su lado.

Matt. Naturalmente.

—Estoy considerándola —dice Samanta sin girarse.

—¿Cuál es la diferencia?

Samanta sí se gira entonces, porque es una pregunta que merece respuesta.

—Cuando la miro solo veo lo que es. Cuando la considero, intento ver lo que implica.

Matt la estudia un momento, como si estuviera recalculando algo.

—¿Y qué implica?

—Que el terreno cambia según reglas que no se explican de antemano —dice Samanta—. Que la dificultad media aquí probablemente no significa lo mismo que en las misiones de logística. Y que quien la diseñó quería que pareciera interesante antes de que supieras si era segura.

Un silencio.

—Básicamente lo que dijiste tú, pero más largo —dice Matt.

Samanta casi sonríe. Casi.

—La voy a aceptar —dice.

—Yo también —responde él—. Así que supongo que ya somos equipo, aunque no te lo haya preguntado.

No le pregunta. Pero tampoco le molesta especialmente que no lo haga.

El grupo se forma rápido. Cleo, que toma el liderazgo con una naturalidad que no necesita imponerse. Raúl, que confía demasiado en su historial previo y demasiado poco en leer el terreno nuevo. Nina, que tiene el don de hacer que todos bajen la guardia sin que nadie pueda explicar exactamente cómo. Alison, que observa.

Esta última es la que llama la atención de Samanta desde el principio, aunque no sabría decir por qué.

No es que hagan nada en particular. Es que Alison escucha de una manera específica: no asintiendo para dar a entender que sigue la conversación, sino quedándose quieta, procesando, esperando a que la persona termine de verdad antes de decidir si tiene algo que añadir. Samanta reconoce ese hábito porque lo tiene ella también, y en otra gente siempre lo ha interpretado como distancia.

En Alison no sabe todavía cómo interpretarlo.

La noche antes de la misión, tumbada en su cabaña mirando el techo que no proyecta sombras porque la luz aquí no viene de ningún sitio concreto, Samanta piensa en el bosque que crece al revés.

No piensa en el peligro.

Piensa en que mañana va a ver algo que no entiende, y que eso, por primera vez desde que llegó, le parece suficiente razón para levantarse.

El portal se abre sin ceremonia.

El Bosque Sumergido es exactamente como prometía la imagen: denso, húmedo, con la gravedad haciendo preguntas que la física normal no haría. El silencio duele en los oídos, no por ausencia de sonido sino por exceso de él, capas de agua y raíces y algo que no tiene nombre exacto presionando desde todos los ángulos.




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