El Error Fue Sentir

CAPÍTULO 2 — La entidad

Dicen que el silencio antes de una pelea pesa más que la pelea misma.

Samanta solía pensar que era una frase bonita. Ahora entiende que era una advertencia.

El aire del Bosque Sumergido cambia antes de que la entidad aparezca. No es un cambio que se vea, sino uno que se siente en el pecho, como cuando la presión atmosférica baja antes de una tormenta y el cuerpo lo sabe antes que la mente. La humedad se condensa. Las luces bioluminiscentes del suelo parpadean con una irregularidad que no tiene ritmo, como si alguien estuviera buscando el interruptor correcto a tientas.

Alison ajusta el agarre de su arma sin decir nada.

Samanta lo nota y no lo comenta. Hay gente que habla cuando tiene miedo y gente que se vuelve más precisa. Alison es del segundo tipo. Eso, por alguna razón, la tranquiliza.

Lo que aparece frente a ellas no tiene forma concreta, o más bien tiene demasiadas formas a la vez: humo con silueta de sombra, reflejo sin superficie que lo explique, voz que parece salir del interior de las cosas en lugar de llegar desde fuera.

—Infractora del equilibrio detectada —dice la voz, y las palabras no suenan en el aire sino dentro del pecho, como si el sonido hubiera saltado el paso de los oídos—. Ingreso condicionado. Resolución pendiente.

—¿Eres el guardián? —pregunta Alison.

El humo vibra. Cambia de color: azul, blanco, algo que no tiene nombre en ningún idioma que Samanta conozca.

—Soy la pregunta que antecede a toda respuesta —dice la entidad—. Para salir, deben responder. Una sola vez.

Del suelo emerge un círculo de símbolos. El aire huele a metal caliente. Samanta mira las letras que se forman y las lee dos veces antes de pronunciarlas en voz alta, no para Alison, sino para ordenarlas dentro de su propia cabeza.

No respiro, pero soy vida. No me ves, pero me sientes. Nace cuando eliges, muere cuando callas. ¿Quién soy?

Silencio.

No el silencio incómodo de no saber. El silencio de dos personas pensando en la misma dirección sin haberse puesto de acuerdo para hacerlo.

—Esperanza —dice Samanta, casi para sí misma.

—No —responde Alison, sin dudarlo—. La esperanza no muere cuando callas. Cambia de forma, se esconde, pero no desaparece.

Samanta la mira. Tiene razón.

—¿Voluntad? —prueba.

—Más cerca —dice Alison—. Pero la voluntad existe aunque no la uses. Esto es algo que necesita ejercerse para existir.

El humo se agita, como si tuviera prisa, como si el tiempo de espera también tuviera un límite que ellas no ven.

Samanta piensa en el tobillo. En el momento en que el grupo se fue y ella eligió seguir de todas formas. En Alison quedándose sin que nadie se lo pidiera.

—La elección —dice Samanta, despacio—. Nace cuando eliges. Muere cuando dejas de hacerlo.

Alison no responde. Pero asiente, una vez, con la clase de asentimiento que no es cortesía sino confirmación.

Samanta mira al aire donde la entidad espera.

—Eres la elección —dice.

El círculo se ilumina de golpe. Un sonido agudo corta el silencio y por un segundo Samanta está segura de que fallaron, de que el sistema va a castigarlas de alguna forma que todavía no comprende. Pero el humo retrocede. La entidad se disuelve, aunque algo de su presencia permanece en el aire como el olor después de un rayo.

—Respuesta aceptada —dice la voz, más lejana ahora—. Pero el sistema no tolera lo incierto.

El suelo tiembla. Un mapa holográfico aparece entre ellas, mostrando rutas que se abren y se cierran.

—Solo las que aún poseen puntos pueden cambiar su destino.

Se miran. Sus contadores parpadean, tenues pero presentes.

—Tenemos que volver —dice Samanta.

—Sí —responde Alison. Y su voz no suena calculadora. Suena indignada, que es diferente, que es más honesto—. Tienen que escucharnos.

El bosque las suelta cuando decide hacerlo, sin previo aviso, como si hubiera perdido el interés. La luz del valle llega de golpe y Samanta tiene que parpadear varias veces antes de que sus ojos acepten el cambio.

El grupo las está esperando.

Raúl es el primero en reírse, un sonido nervioso que no sabe exactamente qué significa.

—Pensé que no volverían —dice.

—Pensaron mal —responde Alison.

Samanta da un paso al frente. No lo planea; simplemente ocurre, el cuerpo moviéndose antes que la decisión.

—Nos dejaron —dice. Sin rabia en la voz. Sin dramatismo. Solo el hecho, puesto en el centro, donde no se puede ignorar.

Cleo cruza los brazos. Su expresión es la de alguien que ya ha ensayado la respuesta.

—Era la decisión lógica. No podíamos arriesgar la misión entera por una lesión de movilidad.

—Era la decisión cobarde —dice Samanta.

El silencio que sigue no es incómodo. Es el tipo de silencio que ocurre cuando alguien dice algo verdadero en voz alta y todos los presentes tienen que decidir si están de acuerdo o si van a fingir que no lo oyeron.

Nadie finge.

Nina mira al suelo. Raúl se pasa una mano por la nuca. Cleo mantiene la expresión, pero algo en su postura cede un milímetro, lo suficiente para que Samanta lo note.

Matt no dice nada durante un rato. Cuando habla, lo hace en voz más baja, como si estuviera pensando en voz alta más que dirigiéndose a alguien en concreto.

—¿Alguna vez han visto a alguien sin puntos?

Samanta lo mira, confundida por el cambio de tema.

—¿Qué?

—Sin puntos —repite Matt. Tiene una expresión que Samanta no le había visto antes. No es culpa, exactamente. Es algo más parecido a una incomodidad que lleva tiempo instalada y que acaba de encontrar palabras—. El sistema siempre marca algo. Cero, uno, cien. Pero cero sigue siendo un número. Es algo que puede subir. ¿Alguien ha visto alguna vez a alguien que el panel simplemente no marque nada?

Silencio.

Samanta mira a Alison. Alison la mira a ella.

—No —dice Alison, despacio—. ¿Por qué?




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