Los puntos suben así: despacio, con la lógica aburrida y predecible de quien cumple lo que se le pide y nada más.
Samanta lleva tres semanas en el valle y tiene ciento veintisiete. No es una cifra mala. No es una cifra que le importe especialmente. Lo que le importa es lo que encontró debajo de ella mientras la acumulaba: un patrón.
El sistema recompensa la eficiencia, sí. Pero también recompensa la dirección. No solo lo que haces, sino hacia dónde vas mientras lo haces. Las misiones que apuntan al centro del valle dan más puntos que las que bordean los límites. Las tareas en zonas concurridas generan más que las mismas tareas en zonas tranquilas. Nadie lo dice en ningún briefing. Nadie tiene que decirlo.
Samanta lo descubrió contando pasos.
Lo que todavía no entiende es por qué.
Alison la encuentra en el comedor una tarde, sentada con una bandeja que lleva veinte minutos sin tocar porque estaba leyendo los datos de sus últimas misiones con la atención que otra gente le daría a una novela.
—Come —dice Alison, sentándose frente a ella sin preguntar si puede.
—Estoy pensando.
—Puedes hacer las dos cosas.
Samanta levanta la vista. Alison tiene la expresión de alguien que acaba de terminar algo difícil y todavía no ha decidido cómo sentirse al respecto. Tiene un corte pequeño en el dorso de la mano izquierda, reciente, de los que da el metal cuando no te da tiempo de apartarte.
—¿Misión complicada? —pregunta Samanta, señalando el corte con la mirada.
Alison baja la vista a su mano como si la hubiera olvidado.
—Media. El terreno era inestable en el sector norte. —Pausa—. ¿Qué estás leyendo?
—Patrones de distribución de puntos por zona geográfica.
Alison no dice nada durante un momento. Luego coge un trozo de pan de la bandeja de Samanta, sin pedirlo, y lo parte por la mitad.
—¿Y? —dice.
—El sistema prefiere que nos quedemos en el centro —dice Samanta—. No lo prohíbe. No lo dice. Pero lo premia. Cada paso hacia el límite cuesta más de lo que parece.
Alison mastica despacio. Mira la ventana. Fuera, el valle tiene esa luz uniforme que siempre tiene, sin sombras marcadas, sin el tipo de claroscuro que ocurre cuando el sol viene de un sitio concreto.
—¿Has ido alguna vez al límite? —pregunta.
—Todavía no.
—¿Vas a ir?
Samanta la mira.
—¿Tú qué crees?
Alison casi sonríe. Es un gesto pequeño, apenas el borde de algo más grande que decide no terminar de salir.
—Creo que ya sé la respuesta —dice—. Y creo que cuando lo hagas, deberías ir con cuidado.
No le dice que no vaya. Eso también lo nota Samanta.
Se quedan un rato más sentadas, en el silencio cómodo de dos personas que no necesitan llenar el espacio. Alison le termina el pan. Samanta come sin darse cuenta de que está comiendo. Afuera, el cielo sigue siendo el mismo azul de siempre, inmóvil, perfecto, mirándolas desde arriba con la paciencia de algo que no necesita apresurarse.
Cuando se levantan, Alison recoge ambas bandejas sin decir nada.
Es un gesto sin importancia. Samanta lo guarda de todas formas.
Al día siguiente, va al límite.
No lo planea como una expedición. Sale a hacer una tarea de logística en el sector este y simplemente sigue caminando cuando la tarea termina, en la dirección en que el mapa muestra menos actividad, donde los caminos se vuelven menos frecuentados y el césped empieza a perder esa precisión de cosa recién cortada.
El sistema reacciona enseguida.
Un panel aparece a su lado con la cortesía agresiva de algo que no quiere parecer una orden.
NUEVA MISIÓN DISPONIBLE
CLASIFICACIÓN: BAJA
RECOMPENSA: +5 PUNTOS
UBICACIÓN: ZONA INTERNA
Samanta lo cierra con un gesto.
Aparece otro.
MISIÓN DISPONIBLE CLASIFICACIÓN:
MEDIA RECOMPENSA:
+15 PUNTOS
UBICACIÓN: VALLE CENTRAL
Lo cierra también.
Cuanto más se aleja del centro, más frecuentes se vuelven las sugerencias. Limpieza. Transporte. Clasificación de residuos. Todas en la dirección contraria. El sistema no le prohíbe avanzar. Le ofrece razones para no hacerlo, una detrás de otra, con una persistencia que habría resultado casi cómica si no fuera tan sistemática.
—Qué considerados —murmura.
El terreno cambia. No dramáticamente: el suelo sigue siendo sólido, el cielo igual de perfecto. Pero hay menos gente. Menos paneles públicos. Menos ruido de fondo. El silencio aquí tiene una textura diferente al del bosque sumergido. Ese era un silencio vivo, lleno de cosas moviéndose debajo. Este es un silencio administrativo. El silencio de lo que no está en los planos.
Su panel personal se actualiza solo.
ADVERTENCIA: ÁREA DE BAJA ACTIVIDAD EFICIENCIA: REDUCIDA PENALIZACIÓN: -5 PUNTOS
Samanta se detiene. Vuelve a leer.
—¿Me estás castigando por caminar? —dice en voz alta, sintiéndose ligeramente ridícula por hablarle al aire.
RECOMENDACIÓN: REGRESAR A ZONAS ACTIVAS
OBJETIVO: MANTENER RENDIMIENTO ÓPTIMO
Mira su contador. Ciento veintidós.
Así que sí puede quitar puntos. No por fallar una misión. No por romper una regla que alguien se haya molestado en explicitar. Solo por insistir en ir hacia donde el sistema no quiere que esté.
Sigue avanzando.
Otra penalización. Luego otra. El número baja despacio pero con una constancia que tiene algo de conversación, de pregunta repetida esperando que en algún momento ella ceda y responda correctamente.
No cede.
Lo que encuentra al final no es un muro. No hay nada tan honesto como un muro. Hay un punto donde los paneles dejan de aparecer, donde su contador se congela durante unos segundos como si no supiera qué hacer con su ubicación, donde el césped pierde el último rastro de detalle y se convierte en una textura plana, repetida, el equivalente visual de una respuesta genérica.
#114 en Ciencia ficción
#4820 en Novela romántica
ciencia ficcion distopica, misterio psicológico, romance lgbtq+
Editado: 24.06.2026